La vida de los gatos (II)

Vivo en el imperio de los gatos, ya lo dije a comienzos del curso. Sin embargo esto dista de ser una alegría para convertirse en una tragedia cotidiana. Es un dolor salir cada tarde para bajar la cuesta hacia el maravilloso mar que se encuentra ahí tan cerca pero con la expectativa de posiblemente contemplar a algún gato atropellado. Y es que no me puedo encariñar de ninguno. No tengo tiempo ni espacio para adoptar uno y atenderlo en casa. De vez en cuando voy para dejarles algo de comer. Una minucia. No me puedo encariñar de ningún mínimo. Hace meses estaba “Campeón”, al que se notaba que lo habían abandonado, con un pelaje brillante digno de un animal de competición. Sin embargo, deprimido, todos los días lo encontraba en el mismo sitio, como si no se moviera, alimentándose de las sobras que le dejaban, hasta que desapareció. Después estaba “Carey”, una tricolor carey, huidiza, esquiva, temerosa, al que mis hermanos cuando vinieron la reconocieron como demasiado parecida a nuestra gata “Ciruela”. Veinte días duró el idilio, cuando bajé y la vi en medio de un charco de sangre en la calzada. O los pequeños, una pareja de gatos chicos completamente negros, y las ganas que daban de llevárselos a casa. Pero una tarde de finales de invierno resultó que uno de ellos apareció aplastado y el otro sin señales de vida. O el último ayer. No le puse nombre. Es que ya no quería destacarle de los demás, es que sencillamente se trataba de un acto supersticioso, como si un demonio maligno fuera detrás de los mininos que me caen bien. Negro, con el pelaje largo, supongo que mezcla de persa, de cuerpo alargado, fibroso, y que ayer agonizaba sobre la hierba con la cabeza destrozada de un topetazo. La vida de los gatos, dan ganas de adoptarlos a todos, de encerrarlos en una casa para protegerlos de los energúmenos que van a setenta por hora en una vía residencial. Sin embargo, ¿no son más felices libres? O los amantes de los animales que aconsejan que lo mejor es caparlos y esterilizarlos. Como si no fueran animales salvajes, seres de la naturaleza que buscan reproducirse. Pienso en mis gatas esterilizadas y me da no sé qué, una ansiedad, por sus genes que dejaran de perpetuarse, su animalidad que desaparecerá de la faz de la Tierra.

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