Lugares comunes

Lo fácil que tenía que ser pelear conmigo, sobre todo cuando empleabas lugares comunes, cuando regurgitabas sin ton ni son frases hechas y trilladas de la filosofía oriental y los libros de autoayuda.

Fíjate que te lo dije, y si no lo hice te lo dejé entrever, lo nuestro no era común, no era normal, que no trataras de categorizarlo, no intentaras encuadrarlo dentro de un lugar común. Si habrá de ser será novedoso, nunca te habías juntado con una persona como yo, ni por mi parte lo había hecho con alguien como tú. Lo nuestra estará lleno de complejidades, te comenté, o traté de hacerte saber un montón de veces. Te dije: no trates de resolverlas todas, hazlo sencillo, que no simple, déjate llevar, que vayan solucionándose bajo su propio peso. Pero no. Hablar, hablar y hablar. Porque en el fondo te resultaba más fácil que a mí. Te basabas en lugares comunes, en lugares conocidos, por tu lado sacabas diez frases porque te las sabías de memoria, porque las habías repetido anteriormente en incontables ocasiones hasta la saciedad, mientras que yo, que investigaba, que experimentaba, que tenía claro que todo me venia de nuevas, trataba de cavilar nuevas frases para una realidad sin precedentes que se aparecía ante nuestros ojos, y como resultado me costaba indeciblemente argumentar una o dos oraciones. Así claro, parecía que ganabas. Pero te quedabas frustrada porque en verdad no lo hacías, porque esos lugares comunes no funcionaban a la hora de explicar o contener lo nuestro. Y de este modo llegaban las ironías, todo estaba lleno de ironías. Como dijiste en alguna ocasión toda broma guarda un resquicio de verdad, y las tuyas eran como agujas pinchantes. Ciertamente la expresión de una inquietud, de un deseo insatisfecho, porque lo nuestro, y permíteme que lo llame lo nuestro, no se avenía a ningún lugar común. Como no tenías una manera de denominarlo, de clasificarlo, te ponías nerviosa. Hablar, hablar y hablar. Y si no, venían las ironías. El aire se llenaba de ironías. Yo también las lanzaba, pero eran mi manera de ser afable, dado mi semblante serio e hierático. Sin embargo, eras experta en ironías, a cada instante, lo cual era como decir que fueras una experta en todo lo que nos pasaba. Por ejemplo, por mucho que desconozca de tu pasado porque no me lo quisiste contar, intuyo que te convertiste en una estudiosa en infidelidades ante la claridad meridiana con la que delimitabas los protocolos de actuación que tendría que haber seguido, la manera metódica de obrar que según tú ha de cumplir alguien infiel, enrabietándote de mi confusión y desconcierto. Hasta en esto albergabas lugares comunes. Sin darme un respiro, sin ser consecuente ante la inexperiencia. O más allá, debías ser experta en que terminaran por no soportarte, porque aquel fatídico domingo, junto a un acantilado en el lugar más bonito del mundo, sin embargo con la cabeza que me daba vueltas ante el ambiente sobrecargado de sarcasmo, el cerebro embotado ante tanta ironía, la vena que me latía en la sien, el párpado que me temblaba, de tal manera que en un momento dado no pude menos que expresar: “Cuando termine esto me meteré en un convento”. Desde luego, yo también traté de ser irónico. Pero lo hice para aliviar la tensión, como diciéndote: “Para ya”. Ahora bien, tu respuesta: “Pues si estás harto de mí dime que no quieres volver a verme y punto”. Para colmo lo esbozaste con una sonrisa. ¿Es que nunca te cansabas? ¿Es que tan fácil era, cortamos y ya está? Sonreías, no te vi más alegre ni radiante en aquel día que en ese instante, y por mi parte con la cara de circunstancias que no sabía si tirarme por el precipicio o volver corriendo a la civilización. Para colmo ahora me achacas que no te conté nada, que no te hice partícipe de mis dudas y cavilaciones. De acuerdo, pero mi pregunta es: ¿cómo haberlo hecho? ¿Cómo querías que me atreviera a confesarte sobre estos términos con esas respuestas tan tajantes? Con el riesgo inherente de que a la mínima que yo me quejara se nos calentara la boca y termináramos echándolo por tierra todo. ¿Es que tan sencillo era? Porque me lo volviste a repetir cuando definitivamente nos despedimos: “Si estabas amargado de mí haberme dicho que no querías verme y listo”. Es que fue como para sentir lástima de tu persona, los lugares comunes que has tenido que conformar en esa cabeza para pensar de ese modo. Desde luego que era sencillo. En el fondo no éramos nada, el pacto que habíamos firmado nos convertía en unos desconocidos de tal manera que en el momento en que me fuera y volviera a mi hogar en la otra punta del país, nos diríamos adiós y allí se acabaría el contacto. Pero… el tiempo que nos quedaba. Pienso que merecía la pena, un buen recuerdo con que llevarnos a la tumba, una estrella de fulgor rutilante y breve. Me tiré una semana cavilando, tratando de afinar una respuesta, una solución, a ver si a mi mente terminaba por llegar a una epifanía. Mas finalmente acabé ahogado y abotargado por los lugares comunes.

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