Un perro negro

Uno de esos hechos fortuitos a los que se da más importancia de la debida. Voy a cruzar la calle por un paso de peatones. Es de noche, con las farolas, las luces de los bares, y el trasiego de los autocares. La avenida tiene cuatro carriles y una mediana en el centro. Es decir, es ancha. Pero ya casi antes de disponerme a cruzar el paso de cebra, desde el otro lado un perro negro se me pone a ladrar. El dueño le reprende, pero la criatura no puede contenerse. El hombre tiene a otro chucho consigo, el cual se mantiene impertérrito, no acompaña a su colega, es el perro negro el único que me azuza. Trato de no ponerme nervioso, hago como que me da igual. Al arribar al otro lado el animal hace ademán de abalanzarse hacia mí. El cuidador le reprime, le riñe, no mucho, pero al hacerlo el perro es como si se encogiera sobre sí mismo. Como no le dejan ladrar, gime, se revuelve. Se nota que está asustado, no se calma, no es capaz de controlar los nervios que le acogotan ante mi presencia.

Nada más. Me voy y ahí se acaba todo. En principio otro perro de los muchos que hay en el mundo que a diario la toman con alguien. Para una persona racional punto y final. Y me tengo por ente racional. Pero como el verdadero escepticismo es no negar ni afirmar de primeras, sino hasta que se tengan pruebas, mi mente comienza a elucubrar en todas las posibles opciones, incluidas remitirme a lo que opinarían algunas de las personas que son importantes en mi vida, como ese amigo harto fantasioso que sin importarle una miaja mi cordura o mi sensatez, diría: “Eso es que la muerte te acompaña”. Oh, que gracioso, una sombra tenebrosa vaga a mi lado, se comporta como mi doppelganger, y como es invisible se esconde, pero los perros la huelen, la siente, y la temen. Aunque no todos los cánidos, únicamente ese. Porque todos los demás están tranquilos y a su plim.

Sin embargo, da qué pensar. Es una opción, no está comprobada. Muerte, o no muerte, sea el espíritu de la guadaña, o cualquier otro, me tienta a cavilar que da igual lo que haga, lo malo o lo peligroso que sea. Imagina que en tres años estás muerto. Si lo supieras de antemano, si estuvieras al corriente de cual va a ser tu final, ¿no harías locuras? ¿No irías a donde tuvieras que ir ni te acostarías con quien quisieras acostarte? ¿A qué vienen tantas precauciones? El perro negro lo indica, el futuro no importa, si la muerte te tiene por compañera que en la hora del juicio se encuentre con un cadáver exquisito. En el fondo el perro negro no temía a la parca sino a la incertidumbre que me acompaña. La infinidad de posibles caminos que se abren ante mí.

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