El conflicto II

La base sobre la que un hipotético lector habrá de partir es que no se halla ante el relato de una persona convencional. De aquí surge el primer conflicto que al protagonista se le plantea, la dificultad que presenta a ser comprendido, la tendencia a juzgarle y a criticarle bajo el prisma del comportamiento típico, de una manera habitual y común de hacer las cosas. Como ese espectador que dice: “Pues yo haría las cosas de otro modo”. O más grave: “Ay que ver, qué tipo más pringado”. Esto es lo que particularmente le daña, la acusación más grave que siente que podría hacérsele. Aunque claro, este conflicto no surgiría si no se diera a conocer, si a resultas que de ver acercarse la fecha de su regreso no hubiera decidido confesarse y contarle sus penas a un extraño.

El principal conflicto que le queda, comienza a hablar, es el de la añoranza. Y eso que todavía no ha regresado. En otras palabras, lleva nueve meses aquí, deseando volver a su casa, contando las semanas y los meses, pero como consecuencia ahora que está a punto de irse resulta que comienza a echar de menos todo esto. El paisaje se le estiraza en la piel, la esencia del desierto, de la costa, de la luz brillante se le ha impregnado. Antes no le concedía valor alguno, o al menos la importancia que tenía. Amanecía cada día con la portentosa vista de la bahía de Almería con la ciudad que se adentraba como una flecha en el mar, la silueta del Cabo de Gata al fondo, y la combinación de colores que la naturaleza decidiera otorgarle esa mañana, y se decía a sí mismo que eso era lo acostumbrado desde que el mundo es mundo. Sin embargo, esa experiencia tiene los días contados. Eso es lo que le pasa en la terraza del café. Súbitamente, todo se precipita, tantas cosas que hacer y en tan poco tiempo.

No obstante, pensar que ese es el único conflicto que le queda a estas alturas, también supone un alivio. Las veces que ha pensado en abandonar, en dejarse hundirse y zozobrar, en tirar lo que había conseguido por la borda. Ese sucedáneo de idilio que tristemente a sus treinta y cinco años es lo más cercano que ha vivido a una relación de pareja. La larga soledad, los conflictos con las amistades, la falta de amistades propiamente dicha, los devaneos con diversos submundos, y ese conflicto permanente, vivir en la pelea y lucha constante que supone su trabajo.

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