Empatía

No me conocías. Nunca llegaste a hacerlo. No creo siquiera que te importara. Tenias la imagen de lo que querías de mí y eso te bastaba, lo cual no dejaba de llenarme de incertidumbre en cuanto que no sé si conmigo pretendías una mujer, una compañera, o una mera muñeca hinchable.

Resultaba agotador estar contigo, cumplir con tus expectativas. Tú, tan sesudo y racional, tan cerebral de común. Buscabas en mi persona a una adulta, pero te equivocabas en concebir que ser adulto es tender a la perfección. No puedes saber lo desquiciante que era tener que adivinar lo que pensabas que tenía que ser a cada momento. Quizás ese fue el problema. Tonta que fui en pretender ser tan complaciente siempre. Tuve que ser yo y nada más que yo. Pero la ansiedad que de repente despertaras y te encontraras con una desconocida, y que no te gustara lo que vieras. En otras palabras, la falta de seguridad en mí misma, ahí radicaba el dilema. La necesidad de agradar para ser correspondida o, en el lado opuesto de la balanza, la tendencia a negar la evidencia de lo que deseaba para darme a valer. Como respecto al sexo, especialmente en ese aspecto. Me molestaba que en ocasiones fuera tan evidente, y ser tratada como una cualquiera, como un simple ser de carne.

Ahora bien, me retracto, más acuciante y enervante suponía tu incapacidad para contemplarme como mujer, dado tu entendimiento de lo que debía ser una mujer. Ya lo dijiste varias veces. Teniendo en cuenta tu inexperiencia, lo nuestro, aunque tuviera fecha de caducidad y estuviera destinado a morir, llegaba a ti como un aprendizaje. Asumiendo las pocas relaciones que habías tenido en tu vida, conmigo acudías a probarte, a enjuiciarte. Venías a comprobar si estabas hecho para tener pareja, si podías amar a alguien, si eras capaz de encariñarte con alguien, si en el futuro habría un momento en que fuera plausible que pudieras tener una relación. En definitiva, un entrenamiento. No sabes lo insultante que se me venía este hecho a la cabeza, la incomodidad que rebosaba en mis adentros. Aunque en el fondo dijera que me convenía. Viniste a mí como un tsunami, a destrozar la inestable plataforma sobre la que me había asentado. Después de superar las cumbres borrascosas de mi pasado, creía que había llegado a estabilizarme. Estaba en mi momento, sin complicaciones, sin plantearme el pasado o el futuro, sencillamente salir con el coche por la tarde con mi bikini a dorarme al sol de la playa. Exenta de pensamientos, aunque suene a encefalograma plano, recostarme sobre la grava de mi lugar favorito en el mundo y someterme al silencio del rumor del oleaje. Pero viniste a remover mi mundo, y lo conseguiste. Con aquello que dijiste, en el fondo en aquel comienzo me convenía. Durará solo hasta junio, únicamente hasta junio. Ninguno de los dos estaba dispuesto a una relación a distancia. En sustitución un extraño pacto de amigos con derecho a roce, salir los fines de semana, al cine, de cena, de senderismo, y un poco de cariño entre medias. Parecía sencillo, pero no lo fue. Resultó que me gustabas, y que me hacía daño pensar que te marcharías. Las veces que te lo traté de comunicar, y las veces que me contestaste: “Pero somos adultos, lo tenemos asumido”. Lo que me hubiera gustado saber qué era para ti ser adulto. O aunque fuera simplemente lo que significaba según tú ser mujer. Porque claro, si no habías tenido muchas relaciones de pareja, si te habías mantenido en tu soledad y aislamiento agazapado en tu cubil, no podías entender en qué consistía el universo femenino. Más grave aún, te creaste un modelo de mujer, y lo hiciste en el peor escaparate donde podías haberlo hecho: en el feminismo. Peor todavía, en las radicales feministas. Todas esas teorías que me contabas que habías oído y leído, todas esas conversaciones que habías mantenido con adalides del movimiento. Desde luego resultaba honroso que un hombre las conociera y las tuviera en cuenta. No obstante, la exageración de esas soñadoras, lo exacerbado que se pide y se exige de nosotras. Una mujer tiene que ser fuerte, autosuficiente, no debe depender de nadie, tiene que dejar de lado la feminidad, todo lo que supuestamente la distingue de un hombre, la sensibilidad, la conmiseración, el anteponer el bienestar de los demás a una misma. Tiene que hacer lo mismo que un hombre y hacerlo mejor. Esto es, según tú jugar a rol, ser una entendida en cómics, una crítica cinéfila de primera línea, aunado con la condición de fanática de la Guerra de las Galaxias. Sencillamente perfecta, lógica, no contradecirse, tener claro en todo momento y lugar lo que quiere y lo que debe ser. Pero, demonios, ¿y qué pasa si no es así? Como los hombres las mujeres tenemos limitaciones. ¿No crees? Como mi fracaso al intentar no encariñarme, que esto no significara algo. ¿No eras capaz de concebirlo? ¿Es que te extrañaba entonces que acabara alejándome, que inconscientemente (por lo que, como puedes suponer, lo negué en nuestras discusiones de esa época) tratara de poner obstáculos entre tu persona y la mía? Como las escusas que inventaba para irme los fines de semana, o para no subir a tu apartamento. Porque estaba agotaba, cansada, exhausta, de ser perfecta, según tus cánones de feminidad. En estas condiciones, pues claro que me alejaba, que intentaba poner tierra de por medio. ¿Es que te resultaba inconcebible?

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