Infelicidad

La reacción de una niña que de repente se pone farruca por algo que sabe que está prohibido en clase, pero que por sus ovarios tiene que hacerlo, es suficiente para desatar el drama. Por el malestar que genera con posterioridad, por el enfrentamiento, por el conflicto que aún no he conseguido que deje de quedárseme enquistado. Porque los malos momentos atraen otros malos momentos. No tanto ocurre con los buenos. En teoría es plausible. El malestar busca aliados para medrar en el organismo, para provocar una crisis generalizada, una rotura en el sistema, una catástrofe. El principio es sencillo, hay que provocar el conflicto para incitar la necesidad de una resolución negociada y llegar a un nuevo equilibrio. Sé que mañana me encontraré mucho mejor. Pero de momento me hallo inserto en el drama. ¿Quién sabe si este blog sobrevivirá al envite? Si no me hartaré y lo borraré. Porque, ¿de qué me sirve? Para alentar la esperanza, una vana sensación de que a lo mejor todo esto algún día se arregla, de que obtendré la recompensa que pienso que merezco. Porque a fin de cuentas, ¿qué es lo que hago aquí? Dando clases a adolescentes solipsistas y respondones en vez de a universitarios. Si es que tendría que estar allá, profesoreando a gente de tercero o cuarto de carrera, en vez de a tercero y cuarto de ESO, si no de un Máster o de un doctorado, investigando y escribiendo libros sobre teorías hipercomplejas acerca de la ciudad, la vida y el universo. Pero lo de siempre, el recuerdo que se repite, acerca de cómo me echaron de mala manera del ámbito universitario. La sensación de una vida frustrada, una existencia fracasada, abotargado por la falta de lectores, con la sensación de que escribo únicamente para mí mismo, para mi autocomplaciencia. Con la creencia de que ya no me queda talento, que lo perdí hace mucho, si es que acaso alguna vez lo tuve. Ya no soy tan original como antaño, no se me ocurren esas lúcidas perversiones de los tiempos de universo cinocuo, esa etapa ya pasó y voy encamino recto hacia el rumbo de la defunción. En definitivas cuentas, la infelicidad, una palabra que se repite desde hace mucho, así como una pregunta en la que ciertas personas insisten: ¿Eres feliz? No es bueno revolver las aguas, desde luego. Ninguna niñata ni niñato, por necesario que me sea trabajar, merece estos desvelos.

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