Mientras el viento azota la costa como una premonición del fin del mundo, me voy despidiendo de aquello a lo que me he acostumbrado. La última vez que circulo por determinada rotonda, el último vistazo al instituto. Las palmeras amenazan con doblarse y romperse, sus hojas decoran el pavimento de las calles, conforme voy diciendo adiós con la mano y con la mirada. El edificio en construcción, el supermercado, el triángulo verde de chalets con piscinas y frondosas arboledas que se ve desde el balcón. Hace un año no me planteaba venir a Almería. Ahora que he estado sé que probablemente volveré.

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