Kant y la complejidad

La moral de Kant es uno de los grandes hitos de la historia de la filosofía en cuanto a ética se refiere. Uno tiene que hacer lo que debe hacer porque debe hacerlo. Dicho con otras palabras, ante la pregunta cómo habremos de actuar moralmente, Kant responde: Obra tal como debes. No como creas que has de actuar, o dejándote llevar por la piedad y la conmiseración, o cómo te indica la sociedad y el grupo de amigos, parientes, compañeros de trabajo…, sino únicamente como debes. Uno debe actuar siguiendo el criterio: Obra con los demás tal como te gustaría que se comportasen contigo. Esto es, a nadie le gusta que le asesinen, que le roben, que le engañen, que le torturen. Por lo tanto, no mates, no mientas, no sustraigas, no provoques daño de manera intencionada. Por ejemplo, el caso de mentir es el más paradigmático, ante ciertas situaciones como aliviar o amortiguar el sufrimiento de alguien ante una verdad, mentimos. Sin embargo, Kant nos señala: Haz lo que debes, independientemente de las circunstancias. Por lo tanto si tu debe es no mentir, no engañes nunca, aunque creas que lo haces por consideración hacia esa persona.

La moral de Kant, tal como la definía, es una moral de liberación, porque independiza a la persona de la sociedad en la que vive, de las normas de protocolo, de la propia manera de ser del individuo, más o menos corrupta, que se deja llevar hasta cierto punto por las pasiones y por los sentidos. Simplemente, atente al deber, y en la media en la que cumples con tu deber, te separas de lo que en un momento dado dicta el grupo social, las reglas del decoro, lo que tu cuerpo o tu mente libidinosa te pide.

Ahora bien, Immanuel Kant, filósofo del siglo XVIII, vivió y murió dos siglos antes de que apareciera el paradigma de la complejidad. La sensibilidad a las condiciones iniciales, el efecto mariposa. El sistema cuenta con tantas variables e interconexiones, es tan intricando, que cualquier acción que acometamos conlleva efectos inesperados, en ocasiones catastróficos. En otras palabras, no nos vislumbramos capaces de anteceder las consecuencias de nuestros actos, por mucho que hayamos obrado pensando en lo que debemos hacer. Ayudamos a un niño del tercer mundo, pero con el dinero que se le envía sus padres conciben a dos hermanos, la población crece, el hambre se incrementa. O para proteger un lugar natural lo damos a conocer para que la gente lo ponga en valor, pero resulta que lo que hacemos es alentar la actividad turística en la zona. Según Kant, habremos de actuar de acuerdo con lo que debemos hacer. Pero, sin ser capaz de vislumbrar las consecuencias de nuestros actos, ¿no será esta una moral para lo inmediato? Se nos presenta una disyuntiva, por lo tanto respondemos tal como debemos, y eso supone un consuelo. Al menos he actuado como debo. Sin embargo, un triste consuelo, una moral de resignación, hago lo que debo porque no sé a dónde voy, a dónde habré de llegar, la vida es lo que pasa conforme hacemos planes que no se cumplen, conforme actuamos sin una conciencia clara. Me resigno, actúo como debo, no conforme a lo que deseo, a lo que me indican mis contemporáneos, sino como debo. Pero con ello me resigno, me autoengaño, soy feliz porque no tengo que responder de mis actos. Pero hasta cuando.

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