Archivos Mensuales: agosto 2016

Si de verdad…

Si de verdad fueras mi amiga te atreverías a quedar conmigo a solas, aunque fuera con mi promesa de caballero de que nada va a suceder. Hablaríamos sobre el pasado, sobre lo que fue o pudo ser, sin vergüenza, sin señalar que conversar solo lo hacen los quinceañeros, y sin hacer mención sobre el futuro, sin promesas, sin el ojalá volviéramos a ese punto, retomarlo desde ese instante, sin promesas vanas, sin provocar ni elucubrar acerca de expectativas irreales. Si de verdad fueses mi amiga no me andarías recordando ni ensalzando lo que significa “amistad” en cada momento, no te ofrecerías a ti misma como adalid y figura de la verdadera camaradería, dejarías que fluyera de manera natural, que evolucione hacia donde tiene que llegar. Si de verdad quisieses eso tratarías de comprender lo que soy y no de convertirme en lo que no soy, de que me adapte a tu mundo. Si de verdad lo que buscaras fuera mi amistad no te importaría en un momento dado que lo quisiese fuese marcharme.

Anuncios

Rocinante vuelve al camino. John Dos Passos

Dos Passos fue uno de esos escritores norteamericanos, como Hemingway y demás, que en los años veinte proclamaron París como capital del estilo, y por proximidad, como referente exótico, se interesaron por España. La nación más diferente de Europa, al menos en aquella época, de carácter singular, hecha de excesos y de contraposiciones, donde las pasiones primitivas persistían todavía sin haber sufrido de contención por el molde del industrialismo. De Dos Passos al menos se puede decir que no fue un simple turista que divagó basándose en tópicos como los toros, la fiesta, etcétera, etcétera. Hasta cierto punto sí. En su libro habla del carácter flamenco, del individualismo español. Pero investiga, acude a la península con carácter inductivo. Recopila datos de aquí y allá y sonsaca reflexiones. Observa el paisaje de este y aquel lugar; se preocupa por cómo la llanura áspera, la cordillera agreste y el sol devastador, modelan el carácter del habitante de la meseta. Dedica capítulos enteros a describir y promocionar a escritores españoles de esa época. No estoy al corriente si Dos Passos pretendió que su obra fuera leída dentro de España o, como los viajeros románticos del XIX, redactó un libro tan solo para que sus compatriotas allá en América se llevaran las manos a la cabeza y expresaran: Pues sí que España es estrambótica, extraña, conflictiva, repleta de anécdotas. En cualquier caso, el industrialismo nos alcanzó. En teoría formamos parte de algo llamando globalización. Pero leyendo a Dos Passos uno piensa si acaso seguimos siendo tan diferentes como en aquel tiempo.

Café Society. Woody Allen

Woody Allen no sabe componer escenarios humildes, no sabe dejar de ser Woody Allen. “Café Society” es una manera de denominar a la creme de la creme, a la sociedad de alto copete, glamurosa, que va a los locales de moda, se codea con las estrellas de cine, y escucha jazz a las dos de la madrugada. Uno esperaría que una película titulada “Café Society” fuera sobre los entresijos, la hipocresía y las falsedades de este tipo de comunidad. Pero no es así. Es tan solo el escenario. El guión trata sobre las pasiones humanas, eternas, inmutables, lugares comunes. Sobre amores que se perpetúan en el tiempo, no correspondidos, o precisamente correspondidos pero inconvenientes. En definitiva, sobre la tensión sexual, resuelta o sin resolver, pero que perdura en el tiempo. Como la vida misma, a todos nos ha sucedido algo como eso, sin necesidad de ser famosos, o de convivir con ricos, modelos de lencería, o futbolistas de renombre. Lo dicho. Woody Allen es perro viejo, y como tal se ha quedado en sus viejas costumbres. Sigue hablando sobre relaciones humanas, y sigue sin acercarse a la gente común de la calle, a la población que no es mitómana, excesivamente culta o melómana del jazz. Woody Allen sigue siendo Woody Allen y nunca dejará de serlo.

El buen chico

Algunas empiezan a darse cuenta ya adentradas en los treinta: lo que siempre requirieron fue a un buen chico. Alguien gentil, generoso, responsable, leal, que no engañara, que estuviera ahí, que no anduviera con artimañas y estratagemas, con la verdad de frente, tan sincero, incapaz de comprender qué era aquello del flirteo, tan tímido, que no entendía en lo que consistía el juego, dispuesto a una relación estable y duradera, a ir conociéndose poco a poco.

¿Qué sucedió con el buen chico? Sigue estando ahí en apariencia. Tiene ya de treinta para cuarenta y pretenden con él lo que no buscaron en tiempos. Relación fraguada a fuego lento, exclusiva, duradera. Pero, ¿y si el buen chico se ha cansado de ir lento? ¿Y si a base de rechazo en el pasado se le ha endurecido el corazón como una piedra? ¿Y si sucede que le da igual tener una relación que no tenerla? O que se haya vuelto un individualista, un cínico, un descreído en el amor. Pocas mujeres se mostraron dispuestas a entenderle en su momento. Ahora pretenden que las aborde con la misma forma y timidez como lo intentó. A lo mejor no es él quien debe hacer méritos, a lo mejor no es él quien tiene que esforzarse en conquistar. A fin de cuentas él es la rara avis, y solo se moverá ante un espécimen igual de extraño. 

La ansiedad

No somos ni bestias ni dioses, necesitamos por tanto de la sociedad. Aunque sea esporádico, mínimo, una vez a la semana, al mes, algo que satisfaga la ansiedad de contacto social, de alternar con el sexo que te hace tilín, la imperiosidad de compararnos con el resto, caminar más rápido, correr, probar las habilidades relacionales, la conversación, comprobar que existen otras realidades aparte de la tuya, la vanidad de que alguien te busca, se acuerda de ti.

Sigue leyendo