La posibilidad de la magia

Decía Giorgio Agamben, a través de una dudosa referencia a Walter Benjamin, que los niños se sienten frustrados de sus mayores por no ser capaces de hacer magia. A esto cabe contraponer el pensamiento de los empiristas ingleses del siglo XVIII que opinaban que los niños creen en la magia porque no son lo suficientemente adultos para distinguirla de lo real. En esta disyuntiva prefiero situarme del lado de los primeros. Los infantes son perfectamente capaces de identificar lo real, es lo que contemplan cada día, y la magia es la posibilidad irrealizada, son los límites del universo cognoscible, la frustración por no poder ir más allá. Por lo tanto, en palabras de Agamben, nada hace más feliz a un niño que la magia. La pasión por los dinosaurios, es decir, por seres tan grandes como edificios, al menos mucho mayores de los que existen en la actualidad. El interés por los animales que hablan, o dicho de otro modo, por criaturas irracionales y limitadas que acogen cualidades humanas. La búsqueda de entidades mágicas, tipo gnomos, elfos, hadas, orcos, goblins, que oponer al ser humano y demostrarle así que no es el único ser racional sobre la creación. La inmensa frustración que va a acometiendo al ser que se desplaza hacia la madurez porque todo esto aparentemente no existe.

Dicho de otro modo, el ser se llena de síntesis irrealizadas. Ayer decíamos que los bebés contraponen la experiencia que tienen del mundo con la posibilidad de que eso exista o no. La tesis es la experiencia, la antítesis la posibilidad de existir, la síntesis es su existencia.

Ahora bien, no su “no existencia”. Una síntesis difícilmente puede trabar sobre la “no existencia”. Como decíamos en entradas anteriores, los sistemas no son compatibles con la negación de algo, puesto que negar algo admite la posibilidad de ese algo. Por lo tanto, el no encontrar pruebas fehacientes sobre un hecho se trata de una síntesis incompleta. El ente que crece de este modo, cuando cavila sobre la magia, caben dos opciones, o dejarla tal como una síntesis incompleta, donde la magia fluctúa como una posibilidad latente que podría llegar a darse en el futuro, o cerrar el capítulo, en otras palabras, cerrarse a esa realidad.

Ante esto ha llegado el momento de cavilar sobre el escepticismo. Es de común creencia pensar que el escéptico es aquel que niega todo aquello que no ve. Compruébenlo en cualquier página seria de Internet (fijaros que he mencionado la palabra “seria”). Esto que he comentado es “pseudoescepticismo”, no escepticismo. El escéptico es aquella persona que no cree en algo hasta que demuestre la existencia de ese algo, pero igualmente no deja de cavilar sobre su posibilidad hasta que no demuestre su inexistencia. Porque, ¿qué significa, como hemos introducido, cerrarse a una realidad? Como cerrarse a la posibilidad de la magia. Implica eliminar esa línea del sistema propio, implicar erradicar la posibilidad de su mente, implica reducir la complejidad, en definitivas cuentas, es un postulado hacia el desaprendizaje. Una sociedad pragmática como la china, bajo el prisma de la sumisión, el sometimiento y la cerrazón hacia lo extranjero, vivió una parálisis cerebral de más de mil años. Una sociedad aparentemente convulsa y atrasada como la europea medieval, no obstante con herejías, con luchas diversas, con un individualismo ferviente que no permitió que ciertas posibilidades quedaran cerradas, produjo un salto cualitativo espectacular en apenas tres o cuatro siglos que nos ha llevado hasta nuestros días.

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