El colmo de Marx

Esta es una posibilidad que hace tiempo que se viene barajando tanto desde historiadores como seguidores de la ciencia ficción. ¿Y si la antigua Roma hubiera estado en condiciones de alcanzar la revolución industrial? Porque se ha demostrado que inmensos complejos fabriles existían, vinculados a un arroyo o un río, tal como se construyeron en la Inglaterra de mediados del siglo XVIII previa a la máquina de vapor de James Watt. ¿Y si los inventos de algunos de los grandes sabios de Alejandría que experimentaron con la fuerza del vapor no hubieran sido tildados de meras curiosidades sino que alguien los hubiera tomado en serio?

De acuerdo, supongamos, Roma desarrolló la revolución industrial. Ahora bien, la pregunta que viene al caso, ¿hubieran tenido lugar también revoluciones sociales como en la Europa del siglo XIX, con los socialistas utópicos, y más tarde con Karl Marx? Podemos hablar de la gran rebelión de los esclavos de Espartaco. Sin embargo, la figura de Espartaco fue reivindicada a partid del XIX, no antes. En tiempos fue considerado no más que un truhán y un criminal. Podemos hablar de los Gracos, con sus intentos de reforma agraria consistente en repartir la tierra entre la plebe. Pero esto sucedió en respuesta a la situación de tensión social porque los esclavos estaban quitando el trabajo a los campesinos libres, algo que más tarde se terminó solucionando con el famoso “pan y circo”.

En definitiva, un esclavo era contemplado como un esclavo,valga la redundancia, independientemente de si eras rico o pobre (pero libre). Nadie se apiadaba de un esclavo. Morían a cientos en las minas, la plebe los asaltaba y los mataba si veía que les quitaba el trabajo. Nadie movió un dedo por mejorar sus condiciones de vida. Si eran explotados hasta la extenuación, era su deber, para eso estaban. Jornadas laborales de tropecientas horas, ser tratados como animales, violados sin considerados, asesinados por simple diversión.

Cerca de dos mil años más tarde. Situación hasta cierto punto análoga. La explotación inmisericorde de la masa obrera por parte de los capitalistas, las pésimas condiciones de trabajo, el hacinamiento en la ciudad, las condiciones míseras e insalubres. De repente aparecen intelectuales que se proponen como fin mejorar esta situación. Abogan por el mutualismo, la solidaridad fraternal, por la revolución universal.

¿Qué ha cambiado? En 1848 Karl Marx redactó conjunto con Friedrich Engels “El manifiesto comunista”. En 1859 el famoso filósofo quedó deslumbrado y seducido por “El origen de las especies” de Charles Darwin. A partir de entonces fue una obsesión de Marx el compararse con Darwin. Decía: “Del mismo modo que el genial biólogo descubrió las leyes de la evolución natural, yo he conformado las leyes de la evolución histórica de las sociedades”. Nos referimos a su famoso materialismo histórico. Marx se opuso a su maestro Hegel. Para este último todo provenía del mundo de las ideas. Para Marx, al contrario, todo era materialismo puro y duro, la base de la sociedad radicaba en la economía, lo demás era secundario. Según Marx las sociedades históricamente se habían basado en la explotación, desde la época de los romanos, pasando por la Edad Media hasta el capitalismo. En cierto modo, pudiera tener razón. Las grandes sociedades organizadas que aglutinaban a millones de personas se caracterizaron por volverse estables a base de imponer una jerarquía de sumisión al orden establecido. Sin embargo, se olvidaba de la complejidad, mental, espiritual, existencial.

¿Qué diferenció al Imperio Romano (antes del año 1) de la Europa del siglo XIX? La presencia de una idea, la irrupción de una doctrina revolucionaria, el cristianismo. Cuidado, no vayan a confundir, no me refiero al catolicismo, ni a cualquier cosa que haya hecho la Iglesia y su jerarquía, sino a los fundamentos cristianos. La salvación compete a toda la humanidad y no a unos pocos. El amor como base de las relaciones, el perdón universal, el respeto a la otra persona, la no violencia. Una doctrina destinada a acoger y a confortar al humilde. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, esto es, separación entre religión y Estado, pero también el desarrollo de una conciencia personal. Da igual la economía, da igual las imposiciones del exterior, tú eres libre por dentro, lo que importa es tu conciencia, lo que importa es que sabes que eres libre. Y sobre todo el derecho a decidir por uno mismo. La famosa frase de los ricos que entrarán en el reino de los cielos. Nadie puede obligarte, eres tú quien debe decidir si quieres seguir las premisas del cristianismo, o no.

Me pregunto si los socialistas utópicos como Owen, Fourier o Blanc, o más tarde los científicos como Engels y Marx, habrían actuado de este modo de no haber estado presentes los ideales cristianos de por medio, de no haber estado la sociedad irrigada de sentimientos como la conmiseración hacia los humildes, hacia las víctimas, la cuestión de la salvación universal, la elección personal, la solidaridad, la confraternización. Porque hoy en día los derechos humanos universales están separados de la religión, pero en su origen, en pleno Renacimiento, con el derecho de gentes de Vitoria, con Erasmo, Francisco Suárez, no tuvieron otro origen que las bases cristianas. En otras palabras, ¿hablaríamos hoy de derechos humanos universales de no haber existido el cristianismo?

Es cierto, Marx era judío, y separó el marxismo y comunismo de la doctrina cristiana en cuestiones como la conciencia de clase (que muchos partidarios han malinterpretado como resentimiento de clase) o el uso justificable de la violencia para alcanzar los fines del proletariado. Sin embargo, he aquí la razón por la que el comunismo jamás será universal, al menos entre los países de cultura cristiana, porque del mismo modo que surgió de los ideales de caridad y de ayuda a los necesitados, ahí está la otra parte del cristianismo que me indica: “En mi conciencia, dentro de mi persona, soy yo, y no la clase a quien se me dice que he de pertenecer, quien decido”.

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