La ansiedad

No somos ni bestias ni dioses, necesitamos por tanto de la sociedad. Aunque sea esporádico, mínimo, una vez a la semana, al mes, algo que satisfaga la ansiedad de contacto social, de alternar con el sexo que te hace tilín, la imperiosidad de compararnos con el resto, caminar más rápido, correr, probar las habilidades relacionales, la conversación, comprobar que existen otras realidades aparte de la tuya, la vanidad de que alguien te busca, se acuerda de ti.

Pero aparte la ansiedad de observar de que la mayoría de los seres allí reunidos se mueven en torno a una regla definida, a una determinada manera de comportarse que conforma el rebaño, compararte con ellos y cerciorarte de que estadísticamente eres un ente en los extremos de la campana de Gauss. No actúas como deberías hacerlo, no sonríes tanto como tendría que ser, te aburres ante las conversaciones insustanciales. Parece que no tienes nada que decir. Al contrario, tienes mucho de lo que hablar pero poca gente que asemeje comprenderlo. Cuando llegas a casa por la noche en la cama repasas cada palabra, cada gesto mirando boca arriba al techo analizando, sopesando, tendría que haberme comportado de tal manera, ¿se habrán molestado por lo que dije? ¿Volveré a reunirme con ellos? ¿De verdad me apetece? Sabes que terminarás haciéndolo.

De repente encuentras a una persona con la que aparentemente cuajas, o que al menos se muestra más tolerante que los demás con respecto a lo que expresas. Y la ansiedad porque no se aparte. No tanto apropiártela, sino simplemente que no se aleje demasiado. Las estrategias para segregarla del grupo, para quedar a solas, por esa necesidad de contacto social, porque esa persona por sí sola podría evitarte tener que quedar con el caótico grupo, que volver a la confusa senda de la vida social. No te interesa una relación a largo plazo, al menos una relación sentimental. ¿Sexo ocasional? Quizás, eso sería perfecto. Sentirte parte de la humanidad sin realmente constituir un elemento del todo de ella.

No obstante, eso rara vez funciona. Nadie es tan misántropo como tú, muy pocas personas comprenderían la indiferencia a la hora de tener niños, la negación a compartir una vida emocional, la sensación de derrota con respecto a la humanidad, de desencanto porque en el pasado fuiste un ecologista, quisiste salvar el mundo, pero para qué, que se trate de solo eso, desesperación, miedo a la soledad, solventar y prácticamente olvidarse de las necesidades de contacto social, de que lo que queda de vida transcurra acompañada y con alguien a quien comprender y que te comprenda. Mas la esperanza de que esa persona pueda existir. Y la ansiedad de tratar de reconocerla en cada persona que te sonríe.

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