El buen chico

Algunas empiezan a darse cuenta ya adentradas en los treinta: lo que siempre requirieron fue a un buen chico. Alguien gentil, generoso, responsable, leal, que no engañara, que estuviera ahí, que no anduviera con artimañas y estratagemas, con la verdad de frente, tan sincero, incapaz de comprender qué era aquello del flirteo, tan tímido, que no entendía en lo que consistía el juego, dispuesto a una relación estable y duradera, a ir conociéndose poco a poco.

¿Qué sucedió con el buen chico? Sigue estando ahí en apariencia. Tiene ya de treinta para cuarenta y pretenden con él lo que no buscaron en tiempos. Relación fraguada a fuego lento, exclusiva, duradera. Pero, ¿y si el buen chico se ha cansado de ir lento? ¿Y si a base de rechazo en el pasado se le ha endurecido el corazón como una piedra? ¿Y si sucede que le da igual tener una relación que no tenerla? O que se haya vuelto un individualista, un cínico, un descreído en el amor. Pocas mujeres se mostraron dispuestas a entenderle en su momento. Ahora pretenden que las aborde con la misma forma y timidez como lo intentó. A lo mejor no es él quien debe hacer méritos, a lo mejor no es él quien tiene que esforzarse en conquistar. A fin de cuentas él es la rara avis, y solo se moverá ante un espécimen igual de extraño. 

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