Archivos Mensuales: septiembre 2016

Uno de los otros

Llevaba tiempo haciéndome esta pregunta, aunque el catalizador ha sido la película “Hair” de 1979 basada en el músical homónimo de 1968, un petardazo de película, pero resultón donde tiene que ser, al principio y, sobre todo, en los seis minutos finales con una conclusión que quita el hipo y destroza conciencias.

En cualquier caso. No soy rico, no vivo en la abundancia, la mayoría de mis amistades votan a este tipo de partidos, hablo con ellos a menudo de política, comparto algunos de sus puntos de vista, jamás me he codeado con los ricos, no quisiera hacerlo, consumo cultura, digiero y produzco cultura, parte de mi familia es de ese lado, algunos incluso participan activamente. Entonces, ¿por qué no soy uno de ellos, uno de los otros? ¿Porque no proclamo la revolución, trato de asaltar los cielos, destrozar el sistema y la reconstitución en otro (supuestamente) más justo? ¿Qué es lo que me falta para pasarme al extremo del brazo más cercano a mi corazón en el pecho?

¿Tan duro me resulta que parezca que piensen lo mismo, que a pesar de vestir diferente todos ellos asemejen ser calcos ideológicos? ¿Tan difícil es admitir que aparenten no ser capaces de razonar, que les justifiques porque están equivocados en tal o en cual aspecto y prosiguen erre con erre? ¿Tan inadmisible es que el soporte de sus ideas se base en hechos o en trifulcas del pasado que no tienen sentido en el presente, una llamada constante al resentimiento de lo que pudo ocurrir y no lo hizo, que parece más un culto a la muerte que la constitución de un nuevo tipo de tradición? ¿Tan contrario a tus ideas consiste que en ocasiones asemeje que el motu que los mueve es el odio ancestral y no el vive y deja vivir? ¿Tan disparatado es dejar de observar constantemente esa hipocresía, ese analizar la paja en el ojo ajeno sin observar la viga en el propio?

Aún así, a pesar de todos estos aspectos. ¿Qué es lo que me impide abrir el corazón? He nacido en el sistema, pero me ha consumido y regurgitado. En estas condiciones, ¿por qué no soy uno de los otros?

Tarde para la ira

Un noir español muy recomendable. Otro título más que demuestra que el cine negro, criminal, policíaco, carcelario… es, en los últimos tiempos, y salvo contadas excepciones, aquel que aúna mejor a crítica, público, y a gente de las diversas ideologías en España. La trama es sencilla. Un proceso, un desarrollo lineal, una serie de descubrimientos y de actos en crecimiento exponencial. Antonio de la Torre lo borda con su inexpresividad. Si los americanos tienen a Jack Nicholson para hacer de loco, nosotros a De la Torre para hallar a alguien de quien no se sabe lo que piensa, un espejo opaco. Su imagen ensangrentada y con la escopeta de caza podría llegar a ser comparable al asesino de La matanza de Texas con la motosierra y la máscara de Hockey. La gran virtud de la cinta es precisamente esa incertidumbre a causa de su inexpresividad. ¿De verdad lo va a hacer? ¿Después de lo que ha escuchado, de lo que ha oído, de lo que ha sentido? ¿Del tiempo que ha transcurrido? ¿Prescriben realmente los crímenes? ¿La existencia cotidiana puede hacer olvidarnos el mal pasado? En resumen. Tarde para la ira, tarde ya para que sea candidata a los Óscar, pero podría serlo para la siguiente edición.

Cinco escritos morales. Umberto Eco

Cinco escritos morales es una colección de cinco artículos que Umberto Eco escribió para determinados eventos como congresos y seminarios, y que después seleccionó para este libro. Umberto falleció hace relativamente poco, en febrero de 2016. Ninguno de estos escritos se emplaza en el periodo reciente de uno, dos años, siquiera un lustro, y a veces superando la década de antigüedad (y las dos décadas). Pero Eco era experto en semiótica, de lógica del lenguaje, de lógica en general, por lo que sus ideas, no se asusten, pueden llegar a ser extrañamente actuales. Capaces de atravesar las generaciones, los paradigmas, las estaciones. Como sus planteamientos sobre la guerra, sobre el fascismo, sobre la prensa y el periodismo. Como una idea llamativa que he sonsacado acerca de la inconveniencia del conflicto bélico en nuestros días, ¿por qué la guerra no es plausible en la actualidad? Eco lo explica mucho mejor que yo podría hacerlo, no voy a adelantar nada. Merece la pena adentrarse en sus páginas, una mirada lúcida y brillante del viejo y ya ausente maestro. Cinco escritos morales, como el propio nombre indica, sobre la moral, la ética, sobre lo que se llega a efectuar y lo que no debería llevarse a cabo bajo ninguna condición.

El deseo coherente

El deseo coherente no es ni más ni menos que una versión de lo que es el deseo según Gilles Deleuze. Lo difícil en la sociedad moderna es desear. No ansiar objetos, el ultimo móvil de estreno, el coche espectacular, sino lo que uno verdaderamente está dispuesto a desear. Lo difícil es distinguir ese deseo de toda la barahúnda y parafernalia de la ciénaga del consumismo. Mejor dicho, de lo que te obliga la sociedad, de lo que crees querer porque lo pide la sociedad, porque la publicidad,  o los amigos, o los parientes, o quien sea, te lo hace aparecer brillante y seductor. El deseo coherente es aquel que surge de dentro, y no inducido por las circunstancias. ¿Cómo distinguirlo? Porque invertimos esfuerzo en ello, porque a pesar de las muchas veces que nos deprimimos, que nos hartamos, que nos saturamos, que pensamos que no podemos más, volveremos a él. Nunca se deja de lado. Es aquel que llevaríamos a cabo en una isla desierta. Tenemos muchas ilusiones. La der ser escritor, científico, artista, dibujante. A veces observamos a alguien y decimos: Yo quiero ser eso, simplemente por capricho. Estudiamos carreras por prestigio, porque no se nos ocurre otra cosa mejor. Pero al final la verdad se abre paso en las entrañas de nuestro íntimo desear. Abandonamos una posición asentada por tener hijos, por alguien a quien vemos la necesidad de ayudar, por una novela que ansiamos redactar, por un proyecto que es nuestro destino acometer. Resistimos las críticas, aceptamos trabajos deleznables por ello, nos sacrificamos, acometemos tareas ingentes. Eso es el deseo coherente. Aunque cuidado, hay que distinguir deseo coherente de adicción. El origen de la adicción siempre es foráneo.

Camuflaje de adulto

La conversación más interesante que he mantenido en los últimos tiempos me dejó con un concepto agridulce y al que no he parado de darle vueltas. La sociedad actual alarga la adolescencia, hasta límites insospechados. El sistema nos quiere adolescente eternos, incapaces de madurar, individuos conectados a la matriz de la sociedad de consumo. La cuestión que me surge entonces es, ¿qué es lo tengo que hacer para ser adulto? Para que mi apariencia de persona en la treintena no se contemple como un simple camuflaje de algo que no soy, para esconder a lo mejor lo que sigo siendo: un niñato constante.

Exactamente, ¿qué me haría adulto? Pudieramos decir: sentar la cabeza, preocuparme por llegar a fin de mes, contratar una hipoteca, sufragarla, casarme, tener hijos, procurar que se crien adecuadamente, que se hagan personas de provecho. Pero, ¿y si no quiero tener hijos? ¿Y si me quedo en paro el resto de lo que me queda de existencia porque la situación económica no es la adecuada? Y la ansiedad que te entra porque cuando tenías treinta años solo habías cotizado año y medio.

A lo mejor eso es lo que significa ser adulto, preocuparse por el futuro, y no solo por el aquí y ahora. Dejar de ser punk, no solo en el sentido de enfilar crestas en el pelo, sino de abandonar la filosofía “No hay futuro, carpe diem, disfruta el día de hoy como si mañana una onda de rayos gamma de más allá de Orión nos fuera a aniquilar”. No obstante, trato de ser adulto, me agobio por la jubilación, porque no tengo pareja estable, porque me hago viejo y sigo solo. Sin embargo, estos pensamientos no surgen ahora. Estas ideas eran las que cavilaba cuando de adolescente y encerrado en el instituto, inmerso en la burbuja, cuando me enamoriscaba de esa chica y me decía “Con esa me voy a casar, y tendré quince críos, estudiaré arquitectura, y ella ingeniería, montaremos un estudio, y ganaremos un pastón”. Resulta que me hago mayor, he tenido oportunidades de conseguirlo y las rechacé. No cuajaban con mi personalidad. No eran mi cosa de adulto, sino de lo que me dejé imbuir de adolescente.

Vale, de acuerdo, cosas de aldulto. Somos adultos conforme aprendemos a empatizar con los demás, conforme nos adaptamos a la sociedad que nos rodea, conforme nos convertimos en buenos ciudadanos, toleramos con las convergencias (pero siempre que no vayan en contra de la base inamovible) y dejamos los egoísmos infantiles a un lado. Dejo de ser adulto cuando me dejo llevar por el mero capricho, cuando hipoteco mi existencia por algo que no me es imprescindible, cuando obligo a otra persona a ser quien no es o a hacer algo que no quiera, cuando hago como que le escucho pero no le escucho, porque finalmente trato de conducirle por donde he dispuesto. Muy bien, firmo. Esto podría ser un posible camino de la adultez.

Ahora bien, el ser adulto, ¿anula los deseos que tengamos? No, porque en definitiva, continúo mañana, ser adultos es dejarse guiar por el deseo coherente.

Prometeo mal encadenado. André Gide

La primera vez que supe de un escritor llamado André Gide, fue cuando me sentí atraído por el título de un libro denominado: Prometeo mal encadenado. Es decir, hace dos semanas. La primera y única obra que he leído por el momento del autor. Pero ya he aprendido bastante. Gide inspiró a Sartre y Camus. De hecho, en esta novelita de 1899 podría reconocerse una influencia directa de “El mito de Sísifo”. Ambos, Gide y Camus, se refieren a temas de la mitología griega. Pero los adaptan, los tergiversan a su conveniencia, los transforman en clásicos modernos y para la psicología moderna. El mito de Prometeo, que otorgó el conocimiento y el fuego a los hombres, y que por ello fue castigado por los dioses a ser encadenado en una roca y que un águila le devorara el hígado todos los días para que le volviera a crecer por la noche. En este caso se trata de Prometeo “mal encadenado”. Un Prometeo que acepta su castigo, e incluso se entusiasma con ello. La relación de Prometeo y su águila, de simbiosis mezclada con parasitismo. Como indica: Más que amar a los hombres, me interesa lo que los devora. Una relación extraña, tratada de manera coherente en esta obrita corta, que se lee enseguida, prácticamente se la devora, escrita en un estilo de lo absurdo, y a veces que confunde. Pero que maravilla por el concepto, por la sorprendente novedad, esa que nos indica que lo que más trasciende de nosotros mismo es aquello que en principio implica nuestra destrucción.