Estrés social

Una caminata de diez o doce kilómetros no es nada. Al día siguiente un poco las plantas de los pies doloridas, las piernas algo achacosas, pero enseguida se pasa. Una cena con quince o veinte personas y el agotamiento mental, el bajón anímico tras la tensión y el estrés, dura días y hasta semanas. El individuo que sufre de estrés social ya lo tiene comprobado. No puede coger el coche en un viaje largo tras una reunión de este estilo. El sueño le invade, el corazón no late lo suficiente raudo, está a punto de salirse de la carretera dos veces. Si al menos hubiera habido una persona en la que concentrarse. Pero no. Tiene dificultades para empatizar, debe fijarse en los detalles del comportamiento de los demás con mayor profundidad que la media para saber comportarse, porque en él no es natural. También está la cuestión de la pérdida de la individualidad, la resistencia a unirse al rebaño, la vergüenza, la cortedad, el qué dirán. Aparte el fijarse en cada detalle, su significado, si es que tiene un significado. La frustración tras la reunión es inmensa. Sabe que no tiene que marcarse objetivos, que normalmente en un grupo no se cumplen. Debe dejarse llevar. Pero lo que ocurre, lo que tiene lugar, ¿es divertido? ¿Le interesa? Sin embargo, la frustración de no ser un dios o una bestia, de necesitar de vez en cuando el contacto social, como una droga, a pesar del padecimiento el día después.

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