Camuflaje de adulto

La conversación más interesante que he mantenido en los últimos tiempos me dejó con un concepto agridulce y al que no he parado de darle vueltas. La sociedad actual alarga la adolescencia, hasta límites insospechados. El sistema nos quiere adolescente eternos, incapaces de madurar, individuos conectados a la matriz de la sociedad de consumo. La cuestión que me surge entonces es, ¿qué es lo tengo que hacer para ser adulto? Para que mi apariencia de persona en la treintena no se contemple como un simple camuflaje de algo que no soy, para esconder a lo mejor lo que sigo siendo: un niñato constante.

Exactamente, ¿qué me haría adulto? Pudieramos decir: sentar la cabeza, preocuparme por llegar a fin de mes, contratar una hipoteca, sufragarla, casarme, tener hijos, procurar que se crien adecuadamente, que se hagan personas de provecho. Pero, ¿y si no quiero tener hijos? ¿Y si me quedo en paro el resto de lo que me queda de existencia porque la situación económica no es la adecuada? Y la ansiedad que te entra porque cuando tenías treinta años solo habías cotizado año y medio.

A lo mejor eso es lo que significa ser adulto, preocuparse por el futuro, y no solo por el aquí y ahora. Dejar de ser punk, no solo en el sentido de enfilar crestas en el pelo, sino de abandonar la filosofía “No hay futuro, carpe diem, disfruta el día de hoy como si mañana una onda de rayos gamma de más allá de Orión nos fuera a aniquilar”. No obstante, trato de ser adulto, me agobio por la jubilación, porque no tengo pareja estable, porque me hago viejo y sigo solo. Sin embargo, estos pensamientos no surgen ahora. Estas ideas eran las que cavilaba cuando de adolescente y encerrado en el instituto, inmerso en la burbuja, cuando me enamoriscaba de esa chica y me decía “Con esa me voy a casar, y tendré quince críos, estudiaré arquitectura, y ella ingeniería, montaremos un estudio, y ganaremos un pastón”. Resulta que me hago mayor, he tenido oportunidades de conseguirlo y las rechacé. No cuajaban con mi personalidad. No eran mi cosa de adulto, sino de lo que me dejé imbuir de adolescente.

Vale, de acuerdo, cosas de aldulto. Somos adultos conforme aprendemos a empatizar con los demás, conforme nos adaptamos a la sociedad que nos rodea, conforme nos convertimos en buenos ciudadanos, toleramos con las convergencias (pero siempre que no vayan en contra de la base inamovible) y dejamos los egoísmos infantiles a un lado. Dejo de ser adulto cuando me dejo llevar por el mero capricho, cuando hipoteco mi existencia por algo que no me es imprescindible, cuando obligo a otra persona a ser quien no es o a hacer algo que no quiera, cuando hago como que le escucho pero no le escucho, porque finalmente trato de conducirle por donde he dispuesto. Muy bien, firmo. Esto podría ser un posible camino de la adultez.

Ahora bien, el ser adulto, ¿anula los deseos que tengamos? No, porque en definitiva, continúo mañana, ser adultos es dejarse guiar por el deseo coherente.

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