Archivos Mensuales: octubre 2016

El profesor de Religión

El profesor de Religión comenzó de ese modo: ¿Por qué existe algo y no la nada? La pregunta reverberó contra las paredes del salón de actos sobre la concurrida audiencia; nadie quería perderse la primera clase de una asignatura llamada Religión tras el proceso revolucionario, sin estar acompañada de un epíteto como “católica”, “islámica” o “luterana”. Simplemente religión a secas.

Podríamos decir: Existe algo porque nos lo dicen nuestros sentidos, porque palpamos ese algo, porque nosotros mismos somos ese algo. Pero eso no nos responde a la pregunta: ¿Por qué existe algo en vez de nada? Nuestros sentidos podrían engañarnos, el mundo que nos rodea podría ser una mentira, una invención de un geniecillo maligno que pretenda esclavizarnos. Hace tres siglos Descartes dio con una respuesta: Pienso luego existo. Puesto que puedo pensar estoy necesariamente aquí. La clave es ahora concebir de qué manera podemos estar seguros de que el resto del mundo existe. Una podría ser identificada a través de la ciencia.  La física algún día nos ofrecerá respuestas a por qué el universo existe. La segunda vía sería la metafísica. Francamente, la razón no puede ofrecernos respuesta a lo que está más allá de lo cognoscible. Y la certeza es confiar, como hizo Descartes, en la presencia de un ser superior, de un Dios bueno y omnipotente que es quien nos asegura, quien me asegura, que todas esas personas que ahora mismo me escuchan realmente están ahí. Esta ultima senda es la que propondria una persona religiosa.

¿Qué te queda?

¿Qué es lo que hace que mantengas fidelidad a esa persona? ¿Qué es lo que provoca que le sigas escribiendo cuando no te contesta, que le sigas hablando si está claro que no te comprende? En serio, ¿cómo se le llama a esa fuerza? ¿Cómo se erradica esa esperanza? La apatía te invade porque aparentemente es siempre lo mismo. Dejas de salir y de quedar con las antiguas amistades para no escuchar los mismos problemas, y las mismas vueltas de tuerca sobre situaciones que conoces de sobra y que parecen no tener solución; ya no frecuentas los mismos lugares como si atrajeran los mismos tipos de conversación de costumbre; los juegos y las actividades que antes te llenaban como que han dejado de guardar sentido. Nada te ilusiona, todo es repetitivo, periódico, reiterativo. No obstante, como última agarradera, la sustancia que le queda al mundo se condensa en ese ser, del cual puedes dudar que sepa, o al menos que conviva diariamente con la certeza de concebir, que existes. ¿Qué pasa si el deseo de estar junto a ella finalmente se desvanece? ¿Qué te queda?

Teseo. Andrè Gide

Andrè Gide de nuevo en esta novela utiliza un mito griego para defender una realidad moderna. Teseo, asesino del minotauro, violador de doncellas, y fundador de Atenas. No obstante, una persona presentada como libre. Nadie le imponía lo que debía hacer, no se atenía al entorno. Si quería asesinar al monstruo, por mucho que el padre y la madre le rogaran que no lo hiciera al ser su hijo, él seguía al frente porque así se lo decían sus entrañas. Si se le entraba raptar a su hija menor de edad, adelante que él se empeñaba. Si ya como rey del Ática quitó tierras a los ricos para repartirlas entre los ciudadanos para que todos fueran iguales, porque así todo el mundo tendría la capacidad que tuvo Teseo, como príncipe hijo de un rey, de actuar según sus entrañas, todos reyes, todos capacitados para poseer y obedecer a sus deseos, él lo llevaba a cabo a pesar de las críticas. Novela corta, fácil y rápida de leer, incómoda en algunos aspectos, como la manera como Gide trata la pederastia, no obstante que hace reflexionar, e ideal para forjarse una opinión. Dependiendo de como reacciones ante esta publicación, así será tu tendencia política en los próximos días.

Un coche

Está claro que poseer un coche cambia la vida. Más libertad de movimientos, capacidad de ir a donde quieras. Por supuesto lo que te esclaviza, los gastos, la gasolina, el aparcamiento, la preocupación constante como si fuera un hijo, por la noche cuando lo has dejado en un sitio inapropiado. Por un coche compramos la casa con garaje, nos desplazamos de los cascos históricos a las periferias con amplitud de espacios y centros comerciales con plazas de sobra. A través del coche me he aficionado a los campos abiertos, a las afueras, al territorio estepario y rural alejado de la ciudad.

A más decir, ya no soporto la ciudad, esos barrios abarrotados con calles sin una brizna de espacio libre para estacionar el vehículo. Con el coche me cambia la conciencia de las cosas. Por primera vez poseo algo que me podría matar, tan es así que a veces cuando pienso en sustituir al automóvil que ahora mismo tengo, casi lo hago como una cuestión de elegir ataúd. Al mismo tiempo  surge un concepto inusitado, el aunar muerte, o al menos riesgo y peligro, con libertad. Conduzco en mi bólido regordete y pienso: Lo aburrido que son los pueblos, pero lo grácil y elegante que se mueve mi coche por ellos. Adiós a la gran urbe, a la metrópoli. Fuera preocuparme por la gentrificación y la suburbanización. A más decir la gentrificación y la suburbanización es lo único que ahora mismo me haría regresar a la urbe. La gentrificación por la información de la que dota al casco histórico. La suburbanización por los grandes centros comerciales. Para qué quiero visitar monumentos en las ciudades. La naturaleza a partir de ahora me dotará de ellos con creces. Sin apelotonamientos, sin atascos, sin agobios, sin recorrer calles y más calles buscando aparcamientos, con el único límite de a donde me pueda llevar el coche.

El expreso de Tokio. Seicho Matsumoto

Novela negra publicada en 1957. Dicen los críticos y expertos sobre el tema que se trató de una obra cumbre renovadora en la literatura japonesa de su época. Quizás. Hoy en día pasaría por una historia sorprendentemente sencilla, bastante predecible, llena de elementos básicos, digna de un autor novel, pero no de un novelista experimentado. Da la impresión de ladrillo. Me refiero, de piedra en la base del muro sobre la que sustentan las demás, el comienzo de una experimentación, con descripciones de cómo ha de ser un inspector y el trabajo policial incipientes, una trama muy bien cimentada sobre las matemáticas y cifras de una secuencia temporal basadas en los horarios de las líneas de tren y de avión, pero psicológicamente muy simple. No encontramos aquí esas largas parrafadas sobre las motivaciones que hallamos en autores actuales, no japoneses, como Lorenzo Silva u otros. Aunque lo que siempre llama la atención al leer una obra japonesa son las diferencias culturales. La trama comienza con una supuesta pareja de enamorados que ha decidido suicidarse. El libro lo trata como algo normal, hay cientos de casos. Y eso es lo que primero choca al leer una obra como esta, ¿cómo ha de ser la sociedad japonesa, cómo de distinta, para que el suicidio de una pareja de amantes, más que como una tragedia, se contemple como algo casi cotidiano y cuyo único daño a los seres (tanto parientes como amigos a su alrededor) es la vergüenza y el escarnio?

Ética vs adaptación

“El hombre de las mil caras”, película de Alberto Rodríguez, del que ya se podría decir que es el gran renovador del cine español a base de noir y un brutalismo descarnado. El título está basado en hechos reales, algo que ya es Historia, forma parte del relato de este país, los sucesos relacionados con la intervención de Francisco Paesa en la detención de Luis Roldán, uno de los grandes engaños y polémicas que ha sufrido España en la historia reciente. Dotada de un ritmo que engancha desde el principio, en lo que podría considerarse, más que una ficción o una película de cine en sí, un documental, al estilo de Spotlight, no obstante sin la sensiblería típica estadounidense, compuesta a base de rock and roll tecnificado y machacón, música que es empleada como contraste. Esos señores tan trajeados y repeinados, en esas urdimbres tan complejas y sofisticadas, pero a la vez respondiendo a unos instintos insultantemente primarios y bajos.

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El Reino. Emmanuel Carrere

El propio autor confiesa en una de las páginas de la novela, que el primer título que se le pasó por la cabeza para esta obra fue “La investigación de Lucas”. Nos referimos a Lucas el evangelista. El Reino trata sobre los primeros cristianos, y sobre cómo, en qué contexto y condiciones, algunos de los textos del Nuevo Testamento fueron escritos. En particular los redactados por Lucas, como los Hechos de los Apóstoles, prueba fehaciente de que se relacionó con San Pablo, así como mantuvo contactos con la primera iglesia de Jerusalén.

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