La naturaleza del mutante

La gente anda quejándose del calor en los últimos días. Los profesores acá en el instituto comparten la misma broma, dirigida tanto a mujeres como a hombres en exceso quejumbrosos, de que han entrado en la menopausia. Si eso es así, simbolizo el extremo de absoluta ausencia hormonal. Me basta una ventana abierta, una leve corriente de aire. Mi piel no sufre, no se agobia, no parece percatarse del bochorno enquistado en la atmósfera. Como diría un amigo más friqui de la cuenta, encarno la naturaleza del mutante, del nuevo ser evolucionado, la reciente raza y sangre adaptada para soportar los avatares del cambio climático en ciernes. Bienaventurados los que sean como yo que protagonizarán los supervivientes de la debacle. En el futuro catástrofes medioambientales, guerras por el agua, sequías pertinaces, y personas con la piel de iridio diamantino capaces de subsistir la canícula.

Suena bien. Aunque mientras tanto he de convivir con un mundo de aires acondicionados. Sobrevivo dentro del sofoco, pero por otro lado el frío me mata. He de matizar. No tanto la baja temperatura invernal como el aire gélido artificial. En otras palabras, los climatizadores. Vivo en un mundo en extinción. Supuestamente, si mi amigo guarda razón, los que se empeñan en abanicarse con cualquier cosa mientras me miran con ojos llorosos y clamando: ¡Qué agobio!, irán feneciendo poco a poco. Aunque antes, en un último aliento de resistencia, emplearán su arma más mortífera: el puñetero mando del aire empotrado en la pared. Veinte grados, diecinueve, dieciocho. En la radio, en la prensa, en Internet y en los telediarios pugnan por promover una conciencia, sostenible y ahorradora de energía. Y ellos malgastando el último cartucho de la sociedad de consumo con su paranoia sensitiva. Como consecuencia la garganta se resiente. Lo dicho, los climatizadores son mi némesis, mi pesadilla. No basta con que tenga que forzar la voz en las clases abarrotadas de treinta, y hasta cuarenta, estudiantes. No es suficiente con que de vez en cuando me vea en la tesitura de chillarle a un alumno para que me haga caso. Para colmo soportar las ventoleras artificiales. Como esta mañana. Llegué a clase y tenían el termostato situado a quince grados. ¡A quince grados! Un frío glaciar, especialmente porque el aparato se emplazaba junto a la mesa del maestro. Tomo el mando, nada más hacerlo se encienden las protestas. Una niña, en plan reivindicacionista precoz, me espeta: Claro, como solo piensas en ti mismo y no en el grupo. Habrase visto, que una criaja de trece o catorce años me venga ya a esas edades con argumentos colectivistas. Pero por mi parte lo tengo claro, aunque suene egoísta. O por buscarle los tres pies al gato porque como a mí como profesor me entre la faringitis vírica, la enfermedad profesional del docente por excelencia, a ver quién después les imparte clase a ellos, otra razón de peso colectivista.

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