El taumaturgo en su montaña

El frío había llegado de súbito como un golpe romo. Una señal de ello eran las moscas que se apelotonaban en el cristal buscando el calor. Horas más tarde Heriberto contempló el cadáver de uno de los insectos en el suelo del rellano. Para cualquiera un punto negro, insignificante, indistinguible. Aunque a él le produjo lástima, y se le ocurrió la posibilidad de que si fuera un taumaturgo, una persona que obrara milagros y prodigios, de resucitar a la mosca. Tendría que ser sencillo, desde luego más que revivir a un ser humano, algo así como decir: Levántate, mosca, y vuela. Pero meditó que no tenía sentido, puesto que él no podría controlar a continuación el deambular del invertebrado; este volaría a su libre albedrío, saldría por la ventana, escaparía al exterior y finalmente el frío terminaría por defenestrarlo. Era ley de vida. Arribaba el invierno y las moscas morían. Como consuelo pensó que el insecto fallecía ahora pero seguramente habría dejado atrás sus huevos para que en primavera eclosionasen y sus descendientes volvieran a la carga. En el fondo ninguna información se perdía. Su carga genética se estaba perpetuando, y no se podía decir que una mosca contara con experiencia o con recuerdos. ¿O sí?

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