1898. Los últimos de Filipinas

El atrevimiento de hacer una película histórica en España. Por un lado los que piensan que este título busca desfigurar aún más la figura de la gloria pasada española. Por otro lado, los que ensalzan el buen hacer del director y de los actores. Y en tercer lugar los que dicen que si esta hubiera sido una película americana nos hubiéramos hartado de aplaudir. Y ahora yo digo, si esta hubiera sido una película americana, no me habría gastado los seis euros y veinte céntimos de ir al cine. Lo hice porque era española y el tema me interesaba.

Porque, desde luego, buena fotografía, buen montaje, pero repleta de pamplinas, de situaciones que no se sostienen y de lugares comunes. Respondiendo a aquellos que alegan que la película trata de destruir un mito, por una vez, y los que me conocen saben que en el pasado me harté de criticar por activa y por pasiva al gafapastismo español, no lo veo. Lo que contemplo es un intento de imitar al cine norteamericano con un hecho de la historia española. Porque por ejemplo, el reflejo del sinsentido de la guerra, o de resistir once meses de asedio cuando no hacía falta, eso hace años que se viene realizando en el cine yanki con títulos como “Banderas de nuestros padres” de Clint Eastwood.

Esa es mi principal crítica de “1898, los últimos de Filipinas”, yo ahí no veo una película española. Solamente señalar la música. Esa orquestación anodina y rimbombante, ese quejido africano de fondo tan repetido hasta la saciedad desde que apareciera en Gladiator hace ya más de diez años. Con lo rico que es el folclore español, que probablemente sea el más variado y colorista de Europa, resulta vergonzorso contemplar que un director español imite y reproduzca un recurso habitual de las películas americanas. O esas licencias en el rigor histórico. Porque es cierto que los soldados españoles, cuando fueron a Filipinas, lo hicieron porque no podían pagar la redención en metálico, eran muy jóvenes, apenas sabían disparar, y no habían estado nunca en una guerra. Ahora bien, no en Baler, no los últimos de Filipinas. Si eran soldados del segundo batallón de cazadores expedicionarios (y lo sé bien porque he investigado sobre el tema, mi abuelo fue soldado en el archipiélago, aunque no uno de los últimos), llegaron a las Filipinas a finales de 1896. Es decir, cuando el suceso de Baler ya llevaban casi dos años de guerra, habían entrado en batalla, habían sobrevivido a la malaria, no los habían llevado de vuelta a España, como sucedió con diez mil de sus compatriotas enfermos y heridos, a comienzos de 1898. Es decir, a aquellas alturas ya tenían alguna experiencia. Estaban sitiados. Pero no del modo como retrata la película. No se quedaron acojonados encerrados en la iglesias, asustados, amedrentados, sin atreverse siquiera a enseñar la cabeza. Si tenían que hacer incursiones las hacían, si tenían que salir a cazar, lo hacían. Lo único a lo que no se atrevían era a adentrarse doscientos kilómetros en la selva. Hay varios libros que hablan sobre el asunto.

Porque ese es otro de los grandes fallos de la cinta, no explica cómo cincuenta soldados encerrados pudieron resistir once meses de asedio. Todo fatalidad, todo penuria, todo música de desgracia, de tragedia, pamplinas y más pamplinas, rostros inmutables y serios. Francamente, si la situación hubiera sido siempre cómo el director lo expone, no hubieran durado más de dos días. Y es que estos cineastas no entienden el espíritu español, no entieden que el soldado español si en el pasado resistió tanto, y conquistó tanto, lo llevó a cabo porque era capaz de sonreír ante la adversidad. Es decir, algo que no se ve en esta obra, es que a pesar de los momentos duros, de la muerte de los compañeros, del hambre y de las enfermedades, seguramente la mayor parte del tiempo esos hombres combatían y resistían  sonriendo. Solo tengo que mencionar una anécdota de sir Walter Raleigh, que combatiendo al Imperio Español allá por el 1600, y al doblar el Cabo de Hornos, se encontró con un destacamento de soldados españoles en el punto mas al sur de América esperando a que los relevaran. Es decir, a apenas unos cientos de kilómetros de la Antártida. Y esos hombres, a pesar del aislamiento, del clima, a pesar de que seguramente los relevos no llegaran, resistían, tenían buen ánimo, se crecían ante las dificultades.

Aunque lo que sí tengo que recalcar, cosa que se señala en la cinta, es el típico y miles de veces mencionado “Si oviesse buen señor”. Los politicos de mierda que los dejaron abandonados, incapaces de prever situaciones. Las envidias. Los mandos dirigentes puestos a dedo o por nepotismo. Un país que a pesar de la hazaña que protagonizaron no les concedió ni una triste medalla. Y ahora les dedica una película como esta.

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