Sin tí y sin mí

Ni solo ni con compañía,

ni con gente ni sin ella,

ni cuando voy solo o viajo acompañado;

conducir por la llanura en otoño,

con los acantilados de nubes en la lejanía,

recorrer el desierto, la estepa, el bosque, la montaña,

y no tener a nadie

a quien decirle: Es hermoso, es bello y agreste

como tus párpados cerrados, como tu mirada;

pasar de escenario en escenario,

de escena en escena,

de cuadro en cuadro,

sin detenerse,

sin tener a alguien a quien señalarle un detalle, o que te haga fijarte en un resquicio;

y sin embargo,

cuando están a tu vera,

el ruido y el parloteo que estropea el silencio,

la individualidad que teme que la desplacen,

que la aparten a un lado,

que no permite siquiera la competencia con la silueta de una roca que despunta del terreno a la luz del atardecer;

cómo señalarle que la sustitución no es posible,

que no hay posible alternativa;

de acuerdo, estar solo;

pero tampoco permanecer por siempre solitario;

de acuerdo, la multitud, donde uno puede sentir y padecer la soledad más que si estuviera aislado;

sin tí y sin mí;

la paz interior del individuo es anodina,

la discusión con el acompañante en cambio acongojante y terrible.

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