Las tinieblas. Leonid Andréiev

“Las tinieblas” es una novela corta de Leónidas Andréiev, unos de los escritores más prolíficos de los inicios del siglo XX ruso. Dos desconocidos se encuentran en una habitación. Él, Alexéi, es un terrorista anarquista, de carácter idealista, coherente, absolutamente convencido de que actúa de manera correcta, tanto que se considera a sí mismo, a pesar de su acciones terroristas, como una persona buena, cumplidora, intachable.  Ella, Liuba, es una prostituta que el hombre contrata no por vicio, puesto que jamás ha tocado a una mujer porque piensa que le apartará del camino recto, sino como estratagema para escapar de la persecución de la policía. La elige a ella entre la variedad de la casa de lenocinio porque interpreta, por su indumentaria, que es la más pura. Pero todo lo contrario. Es zafia, pícara, engañosa, malvada, caprichosa. Las personalidades contrapuestas pronto chocan. Sin embargo, en un alarde de atracción de polos opuestos, a lo largo del desarrollo de la corta escenificación resulta que ella termina siendo atraída por el idealismo del joven, y el hombre a su vez reduce a su altivez y se sumerge en la mundanidad de la que rebosa el mundo de ella.

Contado así parece una fábula, con una parábola final como que los opuestos se atraen, o que en el fondo nadie está cotento con lo que tiene. Puede ser. Por mi parte más que por la parábola voy concentrarme en la oposición de caracteres. El idealista y la prosaica. El virginal y la experimentada. O más bien en el contraste entre lo masculino y lo femenino. Hoy en día no encontraríamos un personaje varón como Alexéi, ni uno femenino como Liuba. Pero en aquella época encarnaban el extremo de los tópicos sobre lo masculino y lo femenino que se venía perpetuando prácticamente desde los tiempos de Aristóteles. El hombre íntegro y racional, con una personalidad lineal, lo que promete es lo que hace, su palabra es sinónimo honradez y lealtad. La mujer por contra caprichosa, liviana, completamente impredecible. Sus reacciones, sus salidas de tono son desmesuradas e irracionales. Liuba es un personaje que atemoriza, el terror de los filósofos, alguien de quien no se puede esgrimir un algoritmo sobre cómo se desarrolla su comportamiento. Utilizando un concepto aparecido seis décadas más tarde, Liuba es la expresión del efecto mariposa. Una caricia, o una simple palabra, pueden desencadernar efectos demoledores, inesperados e irreparables. Las reacciones no son proporcionales a las acciones. Liuba encarna aquello que los hombres de ciencia más han temido, que es la complejidad de la mujer. Un personaje honorable como lo es Alexéi al inicio de la trama, no se vislumbra capaz de entender lo que es una mujer. Solo los canallas pueden, los libertinos, los tramposos, los que engañan, los que hacen promesas vanas que las mujeres acaban creyendo y por eso se vuelven dóciles. El final es casi peyorativo. Liuba clama a favor del idealismo inicial de Alexéi tal cual una de esas promesas que no se cumplen, mientras que el terrorista dice haberse vuelto un canalla pero en verdad continúa coherente, porque de ser así le habría dado falsas esperanzas, le habría dicho: “De acuerdo, convirtámonos los dos en anarquistas”, pero en su lugar concluye: “Ya no quiero ser alguien bueno”. En el fondo ninguno de los dos ha cambiado, su manera de ser sigue siendo la misma, son las ideas las que han cambiado como diciendo: “Las palabras son fútiles, la forma permanece”.

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