Premoniciones/Intuiciones

– Vas demasiado aprisa- se queja la mujer en el asiento del copiloto.

– Perdona, no me he dado cuenta.

– Heriberto, ¿has bebido? Te noto más precipitado al volante.

– No, no he tomado gota. Solo que… supongo que estoy un poco nervioso.

La mujer sonríe y le acaricia suavemente la rodilla. Es atractiva, en mitad de la treintena, delgada, los pechos como el trasero pequeños y redondos, el pelo liso, teñido de castaño cobrizo, cortado sobre los hombros, el rostro ovalado y los ojos almendrados. En esos momentos se dispone ataviada con vaqueros, zapatos negros con tacón ancho y una blusa gris oscuro.

– Yo también lo estoy. No te vayas a creer que hago esto todos los días.

La carretera circula entre los árboles en una noche oscura. De vez en cuando otro vehículo viene de frente en la calzada de dos carriles y Heriberto no se atreve a poner las largas. Es alto, de complexión fuerte, apuesto, y cree que no ha acudido vestido adecuadamente para la ocasión, con deportivas, pantalón corto y una simple camiseta veraniega a rayas verdes y negras. No obstante, a Águeda a su lado le parece bien y eso es suficiente. La cercana madrugada ayuda a aliviar el calor tórrido de la jornada. La noche más corta del año. Son las once PM, el sol se ha puesto pero todavía un filo de claridad se observa en el horizonte.

– Heriberto, por favor te lo pido, cálmate.

– Pero si voy normal.

– Sí, pues eso díselo a esa última curva donde casi se me salido el estómago por la garganta.

– Eso serán los tres cubatas que te has tomado.

– Venga ya, si tú has bebido más que yo.

– ¿Tanto miedo tienes a que la policía nos pare?- recrimina jocoso el hombre.

– No es solo eso.

– No voy a una velocidad desmesurada, trato de ser prudente.

– Piénsalo, no es únicamente la policía. Imagínate que por un segundo aprietas más de la cuenta el pedal del freno, el velocímetro corre…- Águeda se queda durante unos instantes en blanco, hasta que de pronto rompe a describir- Imagínate. Un tractor lento que ha apurado la luz día hasta el último suspiro y que regresa a casa. Alguien a quien le desespera el paso de tortuga, la lentitud, la parsimonia, lo adelanta y lo hace en un cambio de rasante sin visibilidad. Dos ambulancias a un lado de la carretera, un coche patrulla acaba de llegar y las luces rojas parpadean sobre el techo. El tractor se encuentra aparcado en la cuneta, su conductor está ileso pero sentado en el terraplén con la cara descompuesta por el horror. Uno de los vehículos, el que iba por su carril y con el que han chocado de frente, está completamente destrozado. Es pequeño, de color naranja butano. Un Ford Fiesta, y su ocupante todavía se encuentra dentro porque tienen que llegar los bomberos para cortar los hierros.

Águeda sigue ofreciendo detalles cuando de pronto Heriberto comienza a reducir la velocidad. En la carretera un mozo joven con un chaleco reflectante les hace señas para detenerse.

– Mira, a lo mejor puedes todavía reírte de mí y todo- comenta el hombre.- Creo que hemos topado con un control. Mi tasa va a salirse de los límites.

– O sea, que has bebido.

– No he probado gota, te lo he dicho. No captas una broma.

En cualquier caso, Heriberto se equivoca. No se trata de un control de alcoholemia sino de un accidente. A un centenar de metros las luces de una ambulancia relampaguean. Entre medias una fila de dos o tres coches detenidos. Lentamente y en turnos un guardia va permitiendo el paso de los automóviles de un carril y del otro. Cuando el Peugeot de Heriberto transcurre al lado del lugar, la pareja contempla el percal. Las dos ambulancias, el coche patrulla, un tractor detenido, un coche volcado en la cuneta, el otro arrugado como un acordeón. Se trata de un Ford Fiesta naranja.

Águeda ante la escena alza las cejas, observa a su acompañante con los ojos abiertos y alarmados, como diciéndole: “¿Es que no te das cuenta?”. Pero Heriberto no se percata. O más bien no quiere hacerlo.

– No te burles de mí, Agui- diminutivo cariñoso-. Te habrás quedado dormida, lo soñarías. Pero a mí no me has mentado nada sobre un accidente.

– ¿Cómo? Lo he hecho, con todo lujo de detalles. Si hasta he acertado en lo del Ford Fiesta.- Levanta una de sus manos en el aire, está temblando.- Dios mío, ¡podríamos haber sido nosotros! ¿No te das cuenta? Lo he predicho, hasta el último detalle.

– Menos lobos, caperucita. No me dijiste nada. Te habías quedado dormida.

– ¿Cómo que no? Ya. No me estabas atendiendo, eso fue lo que pasó. Hacías como que me escuchabas pero deambulabas despistado en tu mundo. Si te conoceré. Siempre pasa lo mismo. Me ignoras adrede cuando hablo.

– Por supuesto que te escuchaba. Solo que… Amos ya, Agui. ¿Qué quieres que piense? ¿Que tienes el don de la precognición? Soy escéptico.

– Mi marido me hizo más caso. Se le saltaban las lágrimas, se le puso la piel de gallina.

– O sea, que no es la primera vez.

– No, no es la primera vez- la voz le tiembla.

Han llegado a su destino. El coche abandona la carretera y se introduce por un camino de tierra circundado por altas encinas. Se detiene en un claro rodeado de matorral. No hay Luna y la cúpula de obsidiana del cielo nocturno de verano aparece salpicada por una miríada de estrellas. Heriberto baja las ventanillas y apaga la radio. De Águeda solo es capaz de denotar su silueta pero es más que suficiente. Le pasa el brazo derecho sobre los hombros y la atrae sobre sí. La besa en la mejilla.

– Tranquila. Ya pasó.

Paulatinamente la resistencia de la mujer se suaviza y corresponde. Águeda se quita el cinturón de seguridad, se desplaza de asiento y monta a horcajadas sobre él. Sus lenguas se unen. Las manos del chico son exploradoras. Se entremeten bajo la blusa y el sujetador, palpan el ombligo, los menudos senos. Acto seguido se dirigen a la espalda, al surco de la columna vertebral para ahondar en lugares estratégicos. Tiene resultado. Águeda interrumpe el beso y suelta un corto suspiro de placer. Aunque este acto de manera paralela tiene un efecto contraproducente. Le hace recordar un detalle doloroso en la memoria a corto plazo.

– Pensarás que estoy loca- suelta de repente.- Por lo de la predicción.

– Yo no pienso nada.

– No importa, todo el mundo lo hace.

– Te he dicho que no pienso nada.

– Pero el caso es que lo intuí, lo vi. Tal como te digo. Me vino a la mente. La imagen. Fue una intuición, una premonición, y se hizo realidad.

– Pues eso, fue una intuición. A veces ocurre. El cerebro trabaja más rápido de la cuenta, analiza los datos que le llegan y alcanza conclusiones que a priori no nos parecen razonables, pero resulta que se hacen realidad.

– Dime un ejemplo.

La petición lo coge desprevenido. Trata de recordar. Águeda sigue sentada sobre sus muslos, con su rostro a apenas unos centímetros de su nariz y le cuesta pensar. Lo único que se le ocurre es una tonta historia de cuando era adolescente e iba con sus padres y hermanos de vacaciones a un apartamento de la costa. No había espacio en las habitaciones y a Heriberto le tocaba dormir en el sofá-cama del salón. Era una planta baja, sus padres habían dejado la ventana abierta de par en par. A su lado estaba la jaula del jerbo, la mascota de su hermana. Heriberto recuerda que despertó en mitad de la noche y que al notar el aire penetrar por entre las cortinas corridas, su mente vagó por la posibilidad de que un gato entrase. Lo concibió como muy poco probable y se volvió a dormir. Pero, efectivamente, a la mañana descubrieron que un gato había entrado y se había comido al ratoncito.

– Heriberto, eso no se puede comparar a esto. Contemplé el coche, el color, la marca, todo.

– Una casualidad.

– Lo que pasa es que no me crees.

– Entiéndeme, soy escéptico. No voy a romper de un momento a otro todos mis esquemas porque hayas acertado con el modelo y el color de un vehículo.

– Lo que te pasa es que nunca has tenido este tipo de experiencias- sentencia Águeda.

– Pero me las han contado.

– Y de todas esas personas has pensado que estaban locas. Por mi sensibilidad especial yo sí he experimentado unas cuantas. Pero eso no quiere decir que las crea a pies juntillas. Siempre he tratado de ser racional. Cada vez que me han acaecido he tratado de racionalizar, de identificar un proceso, un motivo, por el cual pudieran haberme acaecido. Y solo me he rendido ante la evidencia cuando, aún habiendo meditado, reflexionado, después de descartar los razonamientos obvios, no he podido dar con una respuesta.

– Pues habrá que seguir buscando, digo yo- replica el hombre.- Habrá que ser científico.

– Ya. Si no ves algo con tus propios ojos no crees en ello.

– ¿Qué quieres que haga? Surge la coincidencia que nunca he presenciado un prodigio, un milagro, un hecho digamos sobrenatural. Puedes llamarlo casualidad, falta de ubicuidad, o que posiblemente los espíritus, el azar, o como quiera se lo llame, no se hacen presentes ante un escéptico.

>> Ahora bien, no confundas lo que argumento con pseudoescepticismo. Aquello de lo que tengo dudas es taxativamente falso. Es decir, si no creo que algo exista, no existe. Un verdadero científico no cierra puertas; un verdadero científico, si tiene dudas, las soluciona, no las erradica de un plumazo, no deja de confiar en la posibilidad de que algo pueda llegar a ser real hasta que no demuestre de manera tajante e irreprochable su falsedad. Yo puedo decir: tengo serias dudas sobre lo que dices, que tuviste una intuición paranormal acerca de un accidente; pero mis convicciones no me dejan sentenciar: eso es absolutamente falso.

– Entonces, ¿qué crees que ha sucedido?

– No lo sé. Una posibilidad es que, como dices, estés loca, que en tu cerebro algo no funcione bien del todo, y te haga oír y escuchar situaciones como si fueran reales. O que disloque tu sentido del tiempo y de la causalidad, que esa visión que tuviste no la presenciaste con anterioridad, sino con posterioridad, pero tu cerebro ahora la concuerda como algo previo.

– O sea, que sí que piensas que estoy loca.

– Bueno. Para demostrarlo tendríamos que analizarte, o…

– ¿O?

– O, sencillamente- acerca su rostro y la besa suavemente en la mejilla-, un camino mucho más arduo, indagar sobre la manera, sobre de qué modo, podría ser viable que una persona vea un acontecimiento antes de presenciarlo.

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