El vendedor de naranjas. Fernando Fernán Gómez.

Las apariencias engañan y nunca mejor dicho en El vendedor de naranjas, de Fernando Fernán Gómez. No hace falta irse a las altas esferas políticas para encontrar corrupción. En todos los niveles entre pillos anda el juego. Por ejemplo, con la realización de una película en plena etapa franquista. “El vendedor de naranjas” es una novela corta, que se lee rápida, en una tarde o en poco más. No hay grandes personajes femeninos. Casi todo son masculinos. Casi todos los engaños se producen entre hombres. No hay descripción de interiores profundos, de sentimientos notables, pero sí de ansia por la supervivencia a toda costa. Los emprendedores a menudo deben entramparse, y lo hacen a viento y marea, engañando a quien tengan que engañar. Los negocios al final surgen como asuntos deslavazados, sin que se llegue a comprender al final cómo es posible que lleguen a buen término, o a la conclusión que sea. El vendedor de naranjas es una obra que se lee rápida, cómoda y fácil. Un trocito de lectura, de pensamiento, de amargura en algunos casos, de debilidad, ingenuidad y autoengaño.

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