Gato negro, Gato blanco. Emir Kusturica

Una alegría contagiosa capaz de levantar a un muerto, o a dos. Música, danza, fiesta, jolgorio. Para mover las manos y los brazos al compás, alzarse desde la butaca del cine y danzar. Quedar enamorado de ese mundo tan distinto, de ese ajetreo, el universo de los gitanos de los Balcanes pero tratado de una manera surrealista y exagerada. Kusturica renueva una estética, la transforma, la convierte en imaginación esperpéntica. ¿Cómo no he sabido de este título hasta este momento? ¿Cómo es posible que nadie jamás me haya hablado de Gato negro, Gato Blanco hasta este fin de semana en el que encima la descubrí por casualidad? ¿Qué andaba yo haciendo en 1998? Estudiando para la selectividad, preparándome para la universidad, dejando el mundo de la infancia atrás y adentrándome en el de la carrera profesional. Quizás este haya sido el momento propicio. No entonces, ahora.  Un título como este para seguir la estela un año más, para continuar confiando en la esperanza del romanticismo un aliento al frente. Ante Gato Negro, Gato Blanco, Lalaland suena a poco.

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