Archivos Mensuales: abril 2017

Con ganas

Con ganas de emprender algo nuevo,

no me refiero a una relación,

pero bienvenida si llega,

simplemente, algo nuevo,

como cuando inicié el blog hace ya más de una década,

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Ocurrencia

Lo difícil que es encontrar a una persona de mi generación, alguien que no sea un adolescente, un ser cuyo momento de lucidez se halló en las postrimerías de los treinta, y que ahora viva de las rentas, un ente que no abogue por el culto a la juventud cuando está claro que su camino vuelva hacia la madurez, un tardotreintañero que fue original en su momento, consecuente consigo mismo, en los treinta, pero que ahora en la decadencia y en el horror a la vejez, a la muerte y al vacío, se empeñe en comportarse como un adolescente, con lo aburridos que son los adolescentes, lo sé por experiencia propia que trabajo treinta horas a la semana con ellos, donde todo signo de rebeldía es acometido por presión social, porque el resto observa, todavía no son ellos mismos, sino las personas que los demás buscan que sean, huyen de responsabilidades, son corruptos, aprovechados, no razonan, reconocen en los adultos a sus enemigos, y lo difícil que es no ser así, que es crecer y no aterrorizarse, que surjan las arrugas y retroceder atrás en huida hacia el pasado, procurar no recordar los errores, ser desenvuelto, aparentamente aleatorio, disolver la memoria que podamos tener, no tener remembranzas, una vida por definirse, volver a ser un adolescente sin preocupaciones, en el fondo la adolescencia como una suerte de vejez prematura.

Casualidad

Me criticas porque parezco enamorarme de cualquiera, porque me lanzo a la primera que parece hacerme caso, a quien la casualidad me poner por delante, sin tener un gusto definido, un modelo de persona con el que clasificarme. Si yo te hablara sobre la fuerza de la casualidad, acerca de las cientos de mujeres con las que me cruzo todos los días, a las que miro y ellas me miran, sin deseo o con él, y no sucede nada, no se entabla más allá de la luz que fluye y se desvanece. De repente una entre cien o entre mil con la que surge una conversación, por un encontronazo, por coincidir en un evento, porque nos presenta un amigo común. De esas en cuantas no surge el interés, yo me aburro o ella lo hace por mí, no cuajamos, hay poco de lo que podamos charlar, los especiales y selectivos que nos hemos vuelto, que le guste Star Wars, la literatura, los cómics, las series, que no se asuste ante un tertulia filosófica, ante una discusión sobre cine. A lo cual hay que sumar la edad, o que exista siquiera un mínimo tilín. Por si fuera poco la probabilidad de que nos encontremos en el momento propicio e idóneo para desear entablar una relación. Entonces, ¿qué haces criticándome? El destino nos ha hecho coincidir. Diría eso si creyera en el destino, pero todo es oportunidad.

El vendedor de pasados. José Eduardo Agualusa

Una lectura fragante, repleta de colorido y de sabores. Pasas las páginas y las remembranzas brotan, desde un mundo en el que nunca has vivido pero en el que podrías haberlo hecho, de aroma a fruta fresca, a jugos de los trópicos, a calor y a la humedad bajo los mangos, a canícula y a sombra providencial. Novela surtida de resplandores exuberantes, de historias que se desarrollan y extienden como las raíces de un árbol gigante, de pasados inventados pero que se vuelven reales, de recuerdos insertados porque son más intrincados y hermosos que la propia realidad. “El vendedor de pasados” no es una obra de grandes escenarios. Todo se enlaza y desenlaza en una única sala, un único salón desde donde un réptil en primera persona observa. El lenguaje es evocador con matices sutiles, con descripciones escuetas pero que de repente se enriquecen con metáforas ligeras y sugerentes, como la languidez de una mulata. Algo tiene de mágico “El vendedor de pasados” que se respira la atmósfera, que nunca antes había pensado en residir en Angola, mas de pronto es como si hubiera estado allí. Puede ser que porque todas las sombras bajo el sol tórrido protegen la misma esencia, de sencillez, de nostalgia, de acumulación de enseres y de recuerdos. La novela se enmarca en un presente no demasiado lejano, sin embargo como si estuviera describiendo un universo surgido hace cincuenta años. La calidad de esta novela se reconoce es que nos vende un presente como si fuera un pasado.

El malentendido. Albert Camus

Obra de teatro que se lee como una novela corta. De lenguaje recursivo, empalagoso a ratos, sorprendentemente decimonónico para un premio Nobel del siglo XX, con conversaciones sobrecargadas de largas intervenciones y de soliloquios.

Sobre el lenguaje, que no llama la atención, lo que merece la pena resaltar es la trama que es inquietante y repleta de angustia. Prácticamente desde el primer acto y medio se adivina cuál va a ser el guión general y cuál va a ser el final. Aún de este modo engancha. Uno dice: No puedo creer que vaya a suceder así, no puedo aceptar que se enzarce en ocurrir de ese modo, no puedo concebir que la conclusión sea la que me imagino. La obra te agarra, no te deja soltarla. De algún modo es la esperanza de equivocarte lo que te hace proseguir, leyéndola con el texto en la mano, u observándola representada en la butaca. Esa esperanza a que el argumento se desarrolle de un modo distinto no desaparece por mil veces que la leas o que asistas al teatro, pugnando, rezando, porque de repente la narración cambie, porque la tragedia no acabe siendo una tragedia. ¿Y por qué no? ¿Qué es lo que lo impide? El miedo, el terror al absurdo existencial. El pánico a que todo sea una mentira, una ficción. Los resquemores que en el yo este document despierta. Estoy bien, pero podría dejar de estarlo; vivo en un mundo cómodo, pero cabe la posibilidad de que no sea más que un engaño; tengo deseos, pero perfectamente podría transmutarlos por otros; tengo la esperanza de que mis desvelos me lleven por el sendero de la fortuna, mas ¿y si surge que me topo de bruces con una bifurcación? O con un callejón sin salida. Estoy vivo, existo. Ahora bien, eso, ¿qué significa?

Dioses, tumbas y sabios. C W Ceram

El propio autor de este libro indica en la introducción que su propósito fue escribir el equivalente de “Cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, en el campo de la arqueología. Esto es, un libro de divulgación sobre los doctos, los sabios, los aventureros, que han permitido el redescubrimiento de las civilizaciones pretéritas, escrito en un lenguaje ameno, que interese y no aburra, que no redunde en largas y farragosas listas de términos, de fechas, sino que haga hincapié en el logro, en el milagro científico, que supuso por ejemplo en su día el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, o el hallazgo de la cámara funeraria casi intacta de Tutankamón. Tras el desenterramiento de la máscara del joven faraón hubo un montón de trabajo, un sinfín de precedentes, el surgimiento de nuevas ideas, de una nueva manera de entender y de respetar el pasado no como cantera, ni de reserva de oro para fundirlo, sino como patrimonio. Este libro se escribio como homenaje a todo ese desarrollo oculto tras la parafernalia de los grandes hallazgos.

El bar. Alex de la Iglesia

Me ha gustado. Podría haberme gustado más. Mirando las críticas en los distintos medios, muchos autores recalcan como error garrafal el último cuarto de hora. Coincido en el trasunto, aunque no en las conclusiones sobre por qué ese tercio final resulta enervante. Hay quien habla de agotamiento de un tipo de cine, de la decadencia de un gran cineasta. Prefiero estar de acuerdo con aquellos que esgrimen más bien que al guión le han faltado horas, tiempo de reflexión y de desarrollo.

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