El bar. Alex de la Iglesia

Me ha gustado. Podría haberme gustado más. Mirando las críticas en los distintos medios, muchos autores recalcan como error garrafal el último cuarto de hora. Coincido en el trasunto, aunque no en las conclusiones sobre por qué ese tercio final resulta enervante. Hay quien habla de agotamiento de un tipo de cine, de la decadencia de un gran cineasta. Prefiero estar de acuerdo con aquellos que esgrimen más bien que al guión le han faltado horas, tiempo de reflexión y de desarrollo.

Tratando de desvelar lo menos posible, hay un momento en la cinta que resulta clave. Hasta entonces “El bar” era casi una obra de teatro, una serie de personajes que evolucionaban en un contexto cerrado, entre cuatro paredes. Dos personas que han salido a la calle han resultado tiroteadas, el resto no se atreve a seguirles. La atmósfera arde, resulta angustiante, asfixiante. De repente sucede una bifurcación. “El bar” pasa de ser una obra de teatro a un viaje iniciático a la inversa. Los viajes iniciáticos claman por la ascensión, este por contra por el descenso. Al guionista no se le ocurren más argumentos para seguir con la obra de teatro, y se inventa el viaje. De un submundo los personajes descienden a otro submundo, y de ese submundo a un tercero. El gran error de “El bar” es que desciende hasta que no puede descender más. Ha llegado al límite, por lo que no puede hacer otra cosa que repetirse.

“El bar” podría haber sido una gran película de cualquiera de los dos modos, como pieza de teatro o como periplo. Hay en este título un hálito de honradez en cuanto que no acude a un solo flashback, todo es presente, lo cual se agradece. Pero por el lado contrario ha faltado imaginación. “El bar” hasta cierto momento era idea tras idea, revelación tras revelación, los personajes se descubrían, la trama se iba fraguando y comprendiendo, y el espectador en la butaca atendía sin perder una palabra. Pero de repente el argumento se queda sin recursos. Se reitera, se repite sobre sí mismo, a los guionistas no se les ocurre qué más pueden introducir y retornan sobre los mismos puntos, el móvil, la alcantarilla. Si hasta ese instante la trama había sido proposición tras proposición, súbitamente se estanca, una escena demasiado larga que pretende ser el clímax pero no lo es, se contempla más bien  como síntoma de agotamiento. Hemos gastado todos los misiles, ahora lo único que resta es persecución y  gritos. “El bar” es una película que acaba devorándose a sí misma. Pero podría no haber sido así. Un poquito más de tiempo de reflexión, un desarrollo más profundo de los protagonistas, un avance hacia otros submundos, era lo único que se le pedía.

En todo caso, un título español recomendable. Una opción sugerente.

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