Los disparos del cazador. Rafael Chirbes

Rafael Chirbes es un autor de una gran capacidad de despliegue. Acepto críticas en este sentido en cuanto a que solo he echado mano de dos de sus obras, la presente que adjetivo y “Crematorio”.

Como no puedo comparar con terceras, las coincidencias entre ambos títulos son palpables y me hacen definir: Chirbes escribe desplegando. Primera persona, discurso arrollador, frase a frase, cada oración es una sentencia, declama un rasgo definitorio del personaje que discurre. Chirbes no concibe la estructura de la novela con anterioridad, sino que la forja conforme su pluma rasga el papel. Cada frase conduce a la siguiente, y es una consecuencia inmediata de la anterior. En este proceso, toda oración resulta necesaria, nada es superfluo. Chirbes es un gran empatista, un solemne definidor de caracteres. Incluso en sus contradicciones Chirbes acierta. En cierto momento la piedad y la compasión hacen mella del protagonista, recuerda a ciertos sujetos de pasado con cariño, hasta con comprensión. Pero después es duro, mezquino, destructivo. Chirbes no redacta sus obras con una estructura previa, sino con personajes previos. Sabe como quiere que estos sean, los tiene perfectamente conformados en su cabeza, y el discurso, el devenir de la novela, es ante todo despliegue.

Los disparos del cazador por lo tanto recoge un despliegue, de la personalidad y recuerdos del protagonista, que en su decadencia diserta, divaga, sobre su pasado, sobre lo que hizo y el orgullo que le hizo sentir triunfar. Los disparos del cazador como las últimas balas que le quedan, para vivir, para seguir viviendo, para soportarse a sí mismo, en su degradación las satisfacciones de haber sido un cazador de mujeres, de haberlas utilizado, un cazador de oportunidades empresariales, de haber vencido y humillado a aquellos que en su día lo despreciaron, un cazador de animales y sentir la sustancia sanguinolenta entre sus dedos. En definitiva, “Los disparos del cazador” es el despliegue de un ser mezquino. La literatura también debe referirse a lo mezquino. No únicamente a lo venerable, a lo honroso, a lo heroico, sino también a lo mezquino, a seres que se han enriquecido a base de trampa, a pisotear a quien se le ha puesto por delante, sin escrúpulos. El protagonista es tan mezquino que ni sabe analizarse a sí mismo, no es capaz de darse la vuelta, no detenta la humildad necesaria para juzgar si sus actos fueron acertados, para inquirirse sobre el por qué y el sentido de todo eso. Todo es autoafirmación, autobombo, yo, yo, yo. Poseer por poseer, humillar por humillar, destruir porque es lo que le impulsa. No pararse, no detenerse, no interrogarse: ¿fue lícito? ¿Me llevará esto a algún lugar distinto de la muerte, de la soledad y del vacío?

Una novela ciertamente interesante. Ahora bien, la descripción que he acometido puede amoldarse prácticamente con pocas divergencias a todos los personajes de “Crematorio”. ¿Se basa la literatura de Chirbes entonces en la descripción de una pasarela de egotismos?

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