Roma y los bárbaros. Terry Jones

Como cualquier libro de historia que se precie, el contenido de “Roma y los bárbaros” es muy discutible. En Internet encontrarán críticas de todo tipo, especialmente favorables, pero esto último no quiere decir nada, porque si alguien puntúa es que ha leído el manuscrito, y si lo ha hecho mayormente sucede porque ya de entrada esté de acuerdo con la opinión vertida, o haya mostrado interés porque la descripción de la contraportada le ha seducido.

Como fue mi caso. Una historia alternativa, una que habla de los romanos como asesinos de civilizaciones. Julio César arribó a la Galia, vio y aniquiló. Entró con la voluntad de aquel dispuesto a convertirse en dios, con el derecho de quien tiene el propósito de acabar divinizado en un panteón. Mató a una tercera parte de los galos, con otra se alió y a la que quedaba la esclavizó. Esquilmó tribus enteras. Líneas genéticas de herencia con miles de años de antigüedad fueron borradas de la faz de la tierra. E históricamente esto se ha justificado por gracia de una civilización superior que somete a los bárbaros.

Me seducía este punto de vista, tengo que reconocer por un cierto nacionalismo. Porque, por ejemplo, los íberos. O los lusitanos, los carpetanos, los vetones, los arévacos, etc. Me encontraba harto de historiadores que consideran que antes de Roma no hubo nada. O previamente a los fenicios, a los griegos. La civilización emergió en la Península Ibérica por aportación extranjera, los oriundos peninsulares eran unos inútiles con la mente endeble, salvajes con taparrabos.

Y si yo llegué con ánimo localista, resulta que esto es lo que he hallado aquí: una obra como “Roma y los bárbaros” no está exenta de un claro nacionalismo. Porque comienza con los celtas, y se recrea enormemente en este capítulo, especialmente con los celtas de Britania. Contadas, por no decir mínimas y hasta inexistentes, referencias a la invasión de Hispania, a los doscientos años que Roma empleó en someter a la península. Una obra que se jacta de ser concienzuda, cuyo principal argumento consiste en decir que Roma no fue ni mucho menos superior a los pueblos con los que se enfrentó; que si ganó, que si venció, fue porque se trató de la única cultura que desarrolló un ejército profesional. Y sin embargo, pocas palabras para los dos siglos de larga y cruenta guerra que sirvieron a Roma en numerosas ocasiones para dar forma a su ejército. “Roma y los bárbaros” es claramente nacionalista, y rica de ese discurso imperiofóbico tan contemporáneo. “Nosotros- los antiguos britanos- vivíamos en paz, éramos libres, teníamos una cultura refinada, nada que envidiar a la vuestra, cuando vosotros no existíais nosotros ya construiamos monumentos como Stonehenge. Pero vinisteis, os encaprichasteis de nuestro estaño, nos invadisteis, vencisteis, pero lo pagasteis caro. Nunca fuimos buenos esclavos”.

Lo dicho, lo principal de este libro es la primera parte, consistente en los enfrentamientos entre romanos y celtas. El resto, los godos, los dacios, los persas, los vándalos, los hunos, más parecen una escusa precisamente para argumentar que no estamos ante un intento nacionalista y sensacionalista. Sin embargo, y me repito, lo dicho. Si de verdad hubiera querido ser concienzudo, a Terry Jones, admirado Monty Phyton, y a su socio Alan Ereira, les hubiera faltado debatir sobre los sabinos, los samnitas, los etruscos, y en Hispania el orbe de pueblos que allí residían.

En cualquier caso, aparte de este alarde de sensiblería contemporánea (como si los distintos pueblos a lo largo de la historia no hayan pretendido extinguir a sus enemigos, solo que Roma pudo y lo consiguió), ¿merece la pena leer “Roma y los bárbaros”? Sí, desde luego. Aunque tan solo sea por la documentación alternativa. Menciono la documentación porque Roma y los bárbaros ofrece numerosos puntos de vista que no son los usuales. Por ejemplo, intenta describir a los dacios de los que tan pocos datos existen. O se extiende en detallar el largo enfrentamiento con los persas, cuestión que muchas veces ha sido obviada.

Aunque, y me repito, hay que tener cuidado. No hay que creerse todo lo que este hombre dice. Porque es muy discutible. Como cuando compara e iguala las calzadas celtas con las romanas. O las ciudades de cualquier sitio con las romanas. Cuando menosprecia la arquitectura y la ingeniería romanas, las construcciones como el coliseo, como el panteón de Agripa, las innovaciones hidráulicas. Cuando indica que los griegos podrían haber llegado, si no hubiera sido por los romanos, a la revolución industrial (sí, de acuerdo, tenían ingenios mecánicos, y estaban experimentando con la máquina de vapor, pero no controlaban la producción de metales, sus hornos apenas llegaban a calentar el hierro al rojo, cuestión que hubiera sido fundamental). O cuando incide en anacronismos notables al indicar que los partos (los antiguos persas) construían mejores cúpulas (las cúpulas bulbosas o acebolladas que realmente aparecieron mil años más tarde), y eran más duchos en matemáticas (cuando el verdadero desarrollo de las matemáticas provino de la utilización del número cero, que tuvo lugar quinientos años con posterioridad).

En resumen, libro recomendable pero al que hay que hacer caso “entre comillas”.

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