Los elementos III

Es razonable adorar al acontecimiento en vez de a la persona,

mitimizar el momento en lugar de al acompañante,

admirar la conjunción cósmica,

las circunstancias que se aunan,

mi carácter, tu carácter, mi voluntad, tu parsimonia, la tarde,

el sol ceniciento, la marisma, el aire huracanado,

tu cabello al viento, la presión atmosférica insuflando el oleaje;

las ruinas, los boquetes en el muro,

el antiguo faro derruido, la soledad del paraje;

es lícito poner un altar a los hechos y,

por lo demás, tratar de olvidarte,

divinizar el acto de aquella jornada,

y de nostalgia alimentarme,

los dioses se hayan en el recuerdo,

imponen el destino de los mortales;

si hubiera ido solo no tendría la mancha

adobada en el éxtasis de tu bagaje;

si hubiera ido solo, pero fui acompañado,

y sin ti no habría acudido,

no habría habido tarde,

no se me habría ocurrido,

ni ciclón, ni encorvados cañaverales;

porque tú estabas adoro el instante,

los hombres divinizan a los dioses por el futuro,

en cuanto a mi mitología retoma a la base,

al origen, los recuerdos son mis divinidades,

y tú no eres un recuerdo porque eres viva y cambiante;

sueños traicionados, los elementos distorsionados;

abandono, soledad, la tristeza en el estiaje;

por ello no te convierto en diosa,

no a ti, no a la persona,

solo a la luz que reflejaste.

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