La canción de Cazarrabo. Tad Williams

Con el calor mi gata acoge posiciones inverosímiles buscando el fresco. La miro, y aunque “La canción de Cazarrabo” va sobre felinos difícilmente la contemplo como uno de los personajes de esta novela de 1985. Que yo sepa nunca ha estado en una pradera, nunca ha recorrido la espesura de un bosque, o cruzado un río tempestuoso, ni ha necesitado cazar pájaros, topillos o ardillas. Mi gata, a tenor de esta obra, ha dejado de ser salvaje. Pertenece a ese rango de la raza felina domesticado por Ma’an, ha dejado de ser una cazadora, una guerrera.

Sin embargo, fantasías de que fuera una cazadora. Aunque su radio de acción se limitara al limonero del jardín. Tad Williams demostró en “La canción de Cazarrabo” que las fantasías épicas no estaban reservadas a los humanos, elfos y demás seres antropomórficos. A la maniera de Tolkien los gatos desarrollan una mitología propia, unas canciones propias, un lenguaje diferenciado con sus propios términos y entonación, unas leyendas vernáculas. Los gatos, y cualquier especie que se le ponga en el camino como las ardillas o los gruñones (los perros). Los gatos tienen dioses, con poderes mágicos. Algunos gatitos al nacer arriban a la existencia con propiedades especiales, su sino es escapar a los instintos, acoger un camino distintivo. Los gatos tienen tres nombres. Uno lo reciben cuando nacen, otro cuando son aceptados por la Comunidad, y un tercero el que les otorga la experiencia. Un gato doméstico, uno que convive habitualmente con Ma’an, con los humanos, difícilmente llegará a conocer su tercer nombre. Hace falta lanzarse a la naturaleza, correr aventuras, cazar, cazar mucho, realizar proezas, danzar por el bosque, por las orillas. Cuando los gatos se saludan se dicen “Buena danza”. Su movimiento sinuoso se comprende como un baile por la espesura.

Leo a Tad Williams y, aparte de compararle con Tolkien, lo típico y lo recurrente, lo hago con Terry Pratchett. En ese sentido del humor implícito, aunque muchos trasuntos sean trágicos y truculentos. Especialmente lo reconozco en las leyendas de los gatos, en los cantos que se transmiten los unos a los otros, en ese contexto de introducir aspectos cómicos de la vida cotidiana, en historias que tienen algo de mágico y especial. Quizás como único fallo que le veo a esta obra las vueltas, y las revueltas, que da, el número de veces que un capítulo concluye con el protagonista desmayándose, perdiendo el sentido, el número de veces que regresa al mismo sitio, del que se supone que tendría que haber escapado. Pero por lo demás una lectura amena y sorprendente para los amantes de la fantasía y la imaginación. Ah, y de los gatos.

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