Los herederos

El verano se acaba. Las vacaciones se terminan. Los hijos ya mayores vuelven al trabajo. Los padres jubilados se quedan en casa. Es la última tarde de piscina en la finca familiar. El sol que calienta la espalda, la brisa que mece las ramas de los fresnos. Ese sonido. El primogénito cierra los ojos y escucha. El día medio nublado crea una luz conmemovedora. En el horizonte nubes oscuras, a la espalda el anaranjado del atardecer. “No perdáis detalle”, comenta el padre, “que no habrá muchas ocasiones en que disfrutéis de una luz como esta”. El verde ceniciento, el marrón de la tierra rojizo y aterciopelado, el azul de la piscina como los ojos de una amante. El heredero mayor asiente. Observa y es como si todas las tardes que ha transcurrido en ese lugar, sentado en el borde, los pies en el agua, el calor contra su espalda desnuda, se condensaran aquí y ahora. No son colores lo que observa, sino el tiempo que transcurre entre sus dedos. El heredero cavila. Él ya es mayor, y es poco probable que tenga hijos. Sus hermanos que vienen detrás quizás, a ellos todavía les queda tiempo. Pero el primogenito reflexiona. Su madurez no consistirá en ver a unos niños crecer, sino en contemplar a sus padres envejecer. Su tarea vital, ahora que ha llegado a cerca de la mitad de su existencia, no será preparar el relevo para la siguiente generación, sino hacerse cargo de sus progenitores en su decadencia. Sus padres todavía son fuertes, vitales. Pero ya se les notan detalles. La mente que no es tan lúcida, los razonamientos que a veces se pierden. El primogénito observa todo lo que sus ascendientes han creado. Esa piscina mismo, los arboles en derredor, la casa pendiente arriba. Todo engendrado por empuje de sus mayores, por su esfuerzo, pensando en disfrutarlo ellos mismos y que sus hijos lo hereden. Pero el heredero lo cuestiona. En el fondo no sabe si quiere en el futuro volver a ese lugar, si prefiere viajar, trasladarse. No ha estado ahí cuando la casa se levantó, cuando los sistemas de tuberías fueron diseñados, montados y erigidos. No entiende cómo funciona. Nunca, como sus padres estaban allí, se ha preocupado por comprenderlo. Pero la herencia crea atavismos, el recuerdo y las acciones de los padres generan problemáticas en sus descendientes. Como la de cuidar de todo lo recibido, la de procurar que el agua recale en la alberca, que el pozo no se seque, que las tuberías no se taponen, que el sistema no se colapse, que los árboles no ardan y que sigan verdes. El esfuerzo de los padres denota obligaciones en los herederos. El verano se termina. Es pronto para intuir el otoño, pero acabará llegando. Los herederos lo saben, sobre todo el mayor que no puede, ni quiere, huir de responsabilidades. Su madurez no será el esplendor de su prole, sino el agua que se pone verde en el estanque, los muebles que se llenan de polvo, los edificios que se oscurecen con la lluvia.

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