Verano 1993

Exasperantemente aburrida. Esto no resta que bien dirigida, con un trabajo impecable y muy natural en las escenas con niños, hermosa en algunas fases, digamos que conmovedora. Sin embargo, qué tostón, qué monotonía, para el oído y para los sentidos. ¿Todo el rato jazz? Y los sonidos del bosque que asemejasen enlatados. Parecía que el cine español había abandonado eso, los guiones anodinos y casi minimalistas, parecía que con la crisis se habían olvidado de esa tendencia de pretender hacer arte, y que la única manera de hacer arte consistíera en contruir cine lento e infumable. Pero no. Dicen que nos estamos recuperando, algunos lo niegan, pero que se lo digan al retorno del gafapastismo. La bondad económica en este país guarda una estremecedora cercanía con la insulsez en el séptimo arte.

Verano 1993 no me dice nada. De acuerdo, el drama de una niña que ha perdido a su madre enferma de SIDA y que se adapta a una nueva vida en el campo. Aún así, no hay nada original. Todas las escenas son predecibles, son calcos de lo que hemos visto una y otra vez en cientos de series malísimas. Leo críticas y algunos ensalzan: la escena de la carnicería. ¿De verdad? ¿Es que nunca han estado en una carnicería? ¿Es que la hipocresía les sorprende? ¿En qué mundo viven? Alguien podría elucubrar: Verano 1993 tiene el valor de ser un homenaje claro a uno de los grandes títulos de nuestro cine, a “El espíritu de la colmena”, de Víctor Erice. Pero no le llega ni a la suela de los zapatos. Le falta fuerza, le falta imaginación, la pérfida imaginación de los niños que hacen realidad lo que no lo es. La película de Víctor Erice era sorprendentemente radical, la primera ocasión en la que el mundo de los monstruos atravesaba la gran pantalla para volverse carne y sustancia a través de los ojos de una niña. Frente a ello esta no lo es. Es más bien pueril. De acuerdo, la tragedia. La niña que ha perdido a su madre. Sin embargo, si no me lo dicen no lo hubiera adivinado. Porque, puedo valorar, y puedo comparar esta cinta, con mi propia experiencia de niño, y la historia de esta niña también es la mía. Me explico. Yo no perdí a mi madre. Pero me disfrazaba, jugaba a ser mayor, la vez que crei ver a una hada ahogada en al agua del cubo del pozo de mi abuelo, cuando jugaba a dios de la lluvia, cuando mentí y culparon a mis primos en mi lugar, las veces que me dedicaba a matar hormigas por diversión, las ocasiones que me escondía de los niños pesados que vivían en la casa de al lado, las ocasiones que me enfadaba por tonterías, sin venir a cuento, que me mostraba envidioso, incluso las horas que rompía a llorar sin ton ni son, sin que hubiera una razón de por medio. Entonces, ¿conmovedora? Si la historia de esa niña son las andanzas de todos los niños sin necesidad de haber perdido a su madre. Es la fuerza que le falta a este título. Porque, repito, si la película no me contara que la progenitora de la protagonista ha fallecido, ni me habría coscado.

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