Sequía

Hay quien solo sabe de naturaleza por los bichos muertos en la carretera. Hay quien observa la sequía, el calor a estas alturas del año, y se congratula con que puede ir a la playa a tomar el sol como si fuera verano.

En la habitación estamos concentrados en torno a la mesa, observando el parte meteorológico. La conversación se apaga conforme la presentadora informa que todo transcurre sin cambios. Ni una gota de lluvia, las altas presiones siguen acogotando la Península, los vientos no acuden, las temperaturas se mantienen e incluso en algunas partes suben. Mi padre toma el mando y apaga la pantalla plana, mis hermanos rumian la comida y no dicen nada. Mi madre traga saliva y se acerca al estante para mirar los libros.

Todo parece un sueño. Uno de esos de la infancia después de ver películas de miedo y obsesionarme con los monstruos de la pantalla. Una habitación cerrada, unos cuantos concentrados allí, sin atreverse a salir mientras esté la luz roja encencida, porque eso significa que la infernal criatura, que devora tanto carne como huesos, permanece allá afuera, expectante, aguardando nuestro error fatal y a que salgamos.

La sequía actua de monstruo. Nuestros padres nos han inculcado esa idea. Tenemos esa educación, somos de los que sabemos reconocer los cadáveres de bichos aplastados sobre la calzada, de los que no se alegran porque el frío no acometa cuando tiene que hacerlo. Vivimos habitualmente en la ciudad pero se nos ha pegado su origen de campesinos. Mediados de octubre y a los campos les falta agua, los humedales se mueren, las aves se marchan, y regar aunque sea las rosas y las petunias parece un despilfarro. Únicamente geranios, plantas autóctonas y resistentes. Pero incluso los recalcitrantes geranios empiezan a decaer. La sequía produce una tristeza y una inquietud que se introduce en los huesos. Si nos dedicamos a mirar por la ventana el campo al otro lado de la calzada es amarillo. Los pajarillos acuden sedientos a los restos del charco de cuando mi madre ha regado el parterre esta mañana. Hay como un terror a salir del salón, como un acuerdo no expresado sobre que tenemos que quedarnos allí, con las malas noticias de la comentarista sobre que unos días más la atmósfera no cambia. ¿Desde cuándo el buen tiempo es una mala noticia? Desde que hemos comprendido que no podemos hacer nada, que somos demasiado pequeños, que la humanidad ha hablado, ha actuado, y no ha modificado su actitud a pesar de las advertencias. Cerrar la puerta del salón para protegernos del monstruo es una tontería, es como pretender tapar el sol con un dedo. Es como un placebo, un cuento para niños. Mientras estemos todos juntos en el mismo espacio, en la misma sala, estaremos protegidos; seres queridos apoyándose mutuamente, compartiendo el sino en los tiempos aciagos. Cuando sabemos que la sequía no es que atraviese paredes pero lo queramos o no nos alcanza.

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