Razones

Una carretera de montaña con apenas anchura para dos coches. Tengo que dar la vuelta, no se me ocurre otro sitio donde hacerlo que ese. Provengo de una curva, voy hacia otra a apenas cincuenta metros. A mi espalda un precipicio considerable, tanto que me entra el pánico por el vértigo. Si un vehículo se aproxima por alguno de los lados no tendrá tiempo para parar ni espacio para esquivarme, sobre todo si es uno de esos turistas mentecatos que circulan a noventa en una carretera de cuarenta. La pendiente de la calzada es tal que al retroceder la gravedad tira de mí. Más pánico, el terror me paraliza. Pero acierto a pisar el pedal, ninguno coche viene. Consigo incorporarme, sigo vivo.

Cuando salgo del trance no se me ocurre otra cosa, a pesar de que no suelo hacerlo, de pensar en Dios o en la providencia. No concibo cómo por mis propios medios he podido escapar del dislate en donde yo mismo me he metido, y solo se me ocurre que ha debido de ser a causa de un auxilio divino, místico, trascendental. Alguien por ahí todavía quiere que siga vivo, todavía me quedan cosas por hacer, textos por escribir. Respiro, suspiro, canto.

Sin embargo, ahora, a cada palabra que redacto, a cada golpe y presión sobre el teclado, es como si se tratase de un latido menos. Es como si me aproximase a mi final, la escritura como un camino hacia el suicidio. ¿Cuándo compondré esa frase, ese texto, ese párrafo, por el que se me ha salvado, por el que se me ayudó en esa situación de sumo riesgo? ¿Será este? ¿O el que redacte mañana? ¿Cuál de mis escritos será capaz de motivar una razón por la cual los ángeles en el pasado me protegieron?

¿No debería dejar de escribir en estas circunstancias? ¿De teclear? Con cada palabra me aproximo al abismo, con cada idea e inspiración que plasmo sobre la pantalla o sobre el papel, vislumbro el túnel tenebroso. En frente de mí una pared, al otro lado la cocina. Pero persisto, no descanso, sigo aquí, pegado a donde no tendría que hacerlo, delante del computador, y es como si el muro se derritiera, de la pintura se despidieran burbujas, pompas ebullescentes, como si el azul se volviera más oscuro por el centro. La abertura se está fraguando. La cocina deja de permanecer allí. No sé lo que hay, pero desde luego no la encimera, ni el horno. ¿Es que acaso no lo veo? Tendría que detenerme, ahora mismo. Apartarme del ordenador, no proseguir. Acallar la inspiración, matar la creatividad. O sencillamente que quede constreñida a mi cabeza, dentro de mi cerebro, sin que salga, no dejar que se escabulla.

Sin embargo, si por escribir estoy vivo, y es lo que me anima a seguir respirando, porque es lo único que en estos instantes me hace feliz, que la frase última y definitoria llegue cuando tenga que hacerlo, y sin temor me adentraré en la incertidumbre del destino.

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2 pensamientos en “Razones

  1. Lidia Nechuna

    Quisiera acompañarte en esa trayectoria de estar en vida, de levantar el ánimo perdido en ese abismo que nos espera a pesar de no esperarlo ,y escuchar la última palabra de despedida una más , en el rosario de palabras vividas ,Escríbrla para eso haz nacido, repítela , y no te canses de hacerlo, tecleteala al ritmo de tu corazón.y escúchala.Angela (poeta de vida)

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    1. mercuriano Autor de la entrada

      Gracias. He de confesar que esta entrada la escribí meses después de ocurrirme lo que describo con el coche. Pero como si fuera cada día

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