Sumisión. Michel Houellebecq

Echo de menos al Houellebecq de las primeras novelas, de “Las partículas elementales”. Sumisión es el primer libro de este autor que leo completo desde hace mucho tiempo. Si se revisan las sinopsis por Internet y los artículos publicados al respecto, suele plantearse esta obra como una crítica hacia el Islam. Mas la estrategia es sumamente inteligente. En ningún momento de su extensión se hace una sola referencia en contra de la doctrina islámica. Al contrario. Todo está a favor de la imposición del Islam, de la conversión de Europa del catolicismo a la religión musulmana. Incluso es conveniente.

La crítica, si existe, nace del lector. Si aceptamos que su objetivo es señalar el peligro de la adopción por parte de Occidente de las estructuras arábigas, Sumisión no es una novela para todo tipo de lectores. Supongo que el que se enfrente a ella debe poseer una seria de mínimas convicciones, de tener clara conciencia de cuál es el estilo de vida que está dispuesto a defender, del modelo de sociedad a buscar, a favor de la libre competencia, de las políticas sociales, del empoderamiento de la mujer, de la libertad de expresión, del laicismo, etc. Y, sobre todo, un lector que considere que el personaje que cuenta la historia en primera persona es un protagonista lamentable, un hombre destruido, amoral, dispuesto a todo con tal de no suicidarse, de dar sentido a su mísera existencia.

Como he dicho, en la novela no hay ni un solo apunte negativo sobre la religión musulmana. De hecho, si alguien pretende aprender un poco de doctrina coránica a través de este texto, no lo va a conseguir porque la descripción de aspectos religiosos es somera y mínima. Ni siquiera se remite a aspectos que un estudiante de la ESO conoce como la Peregrinación a la Meca o el Zakat. Por contra, los argumentos son ante todo económicos e historiográficos. Cuando me refiero a historiográfico, discurro sobre las estructuras mentales que los historiadores, sobre todo desde la escuela de Annales, emplean para describir los periodos largos. En el fondo, como el propio autor postula en una entrevista, Sumisión no es una crítica tanto al Islam como a la decadencia de Occidente. Una decadencia que se confirma por el abandono de aquello que supuso su identidad, la religión cristiana. Una sociedad no puede sobrevivir sin fe. Las civilizaciones, como argumentaba Toynbee, fenecen porque se suicidan a sí mismas. El laicismo francés está matando a la sociedad francesa, la está despojando de sus valores, de su religión, de aquello que hace que un francés, o que un europeo, se pueda llamar a sí mismo francés o europeo. Una nación no puede sobrevivir sin fe, y si resulta que ya no se puede ser católico porque está mal visto, el Islam es el nuevo poder dominante.

Disculpen si al leer piensan que estoy adelantando la novela. No estoy haciendo otra cosa que discurrir sobre la sinopsis. Porque, quizás mi mayor crítica sobre esta obra, es que las ideas principales ya están incluidas en la sinopsis, que si su extensión es de doscientas páginas, ciento setenta versan sobre el proceso de decadencia moral, erótica, y existencial del protagonista. Sobre como ya no se le levanta, o se le levanta pero no es capaz de percibir placer, que todo le sabe a poco, que pretende suicidarse pero la vida es lo único que posee y le aferra el miedo a la muerte. Ciento setenta páginas de pura autocompasión. Aunque, si se cavila sobre el asunto, es logico. Uno tiene que odiar al protagonista de Sumisión, para entender el sentido de “Sumisión”.

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