Cosas de pueblo pequeño

En el cuarto la luz del día que se apaga entra por las persianas. No es de noche pero el urbanita ya está en cama. Puesto que es otoño el que atardezca no supone siquiera que sea una hora vespertina, apenas dan las dieciocho horas en el reloj digital del despertador sobre la mesilla de noche. Si estuviera enfermo habría explicación. No obstante, el pecho no está congestionado, no presenta fiebre alta. Es solo tristeza la que hay en sus ojos mientras observa el techo de la habitación.

Y pensar que él mismo ha elegido ir a aquel lugar, detentar ese destino, apostar por ese puesto de trabajo. Las ensoñaciones que tenía, de residir en un entorno rural, de recuperar los paisajes perdidos, de gozar de paz y tranquilidad, ser un ermitaño, de qué manera se han desvanecido. Cosas de pueblo pequeño. Los círculos son cerrados, es difícil trabar amistades. Prácticamente su entorno de relaciones se reduce a su trabajo. Como persona minoritaria que es, resulta muy difícil cuajar con alguien, con otro ser. Uno entre cien, entre quinientos, ente mil, entre diez mil. La probabilidad de una persona afín en su trabajo es nefasta.

El miedo al aislamiento le acogota. Si no está a gusto con las personas a su alrededor, ¿con quién va a estarlo? El temor a no ir a donde los demás dicen aunque no le guste por el temor a lo que van a opinar, por el horror a que lo rechacen y lo aparten. Eso pasa con los pueblos pequeños, con los círculos cerrados. Los pensamientos que se mueven por entornos constreñidos, aunque estúpidos, se agrandan hasta convertirse en obsesiones. Podría pensar en otra cosa, pero cómo hacerlo si es que no encuentra más estímulos. Está acostado, mirando al techo. Quiere tranquilizarse pero las imágenes pasan una y otra vez. La angustia de ver a los demás reírse, hincharse a gusto, y él no poder participar. La desesperación de contemplar a una chica que le atrae, y que un abismo de indiferencia se interponga.

Sabe que tiene un problema, y ha de resolverlo. Se levanta con una manta sobre los hombros aunque realmente no hace frío. Acude a la ventana, contempla el panorama. Aquello es lo único por lo que merece la pena estar allí, por lo que todavía no ha decidido tomar el coche y sencillamente escapar. Quizás es eso lo que debe ejecutar, limitarse al panorama. A fin de cuentas, sus ensoñaciones eran de ser un ermitaño. ¿Y qué hacen los ermitaños? Limitarse a los pocos seres que soporta y que le soportan. Si alguno aparece en ese círculo escueto, bienvenido. Pero aguantar a personas sin empatía, adiós y muy buenas.

Debe cambiar su planteamiento. No está en un pueblo pequeño para hacer amistades. Está aquí para trabajar, para caminar, para observar, para subir al castillo cada tarde, para dedicarse a excursiones, para analizar el paisaje. Para círculos cerrados no tiene tiempo, y no debe tenerlo.

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