Los restos del día. Kazuo Ishiguro

De todo se puede realizar un análisis, incluso del más aburrido de los personajes soporíferos, y sacar de ello una novela, y una gran novela por cierto. Kazuo Ishiguro es el último premio Nobel de literatura galardonado. De origen japonés, pero afincado en el Reino Unido desde niño. No se reconoce en sus páginas el choque cultural. Al contrario, la simbiosis es notable. La incapacidad manifiesta de lidiar con los sentimientos y las emociones casa muy bien con el espíritu flemático británico.

Hablaba Ortega y Gasset, caracterizando el carácter del gentleman británico, acerca del juego. Mientras la mayoría de los países consideraban el juego como un mero divertimento, entretenimiento, los ingleses por contra afrontaban el juego con seriedad, como un aspecto más de la vida cotidiana por el cual un caballero o una dama había de reconocerse y había de mostrar su dignidad ante sus semejantes. En otras palabras, nadie como los ingleses para haber dotado de reglas estrictas a cualquier de los juegos, o de los deportes, o incluso a los actos más anodinos de la existencia cotidiana, y respetarlas a conciencia. Y como de un juego de rol se tratase el personaje de un mayordomo. Como un papel de teatro a perpetuidad. Se sabe cómo ha de ser un mayordomo, cuál es la imagen que debe ofrecer, la función y los modales que ha de representar. Y eso es llevado hasta las últimas consecuencias. Cuando la vida se confunde con el desarrollo del personaje.

El protagonista de Ishiguro es aburrido hasta la médula. Pero como si de un estudio antropológico se tratase el interés guía la lectura hasta las últimas páginas. Cuando se considera que la vida solo es vida cuando se es fiel a la profesión que se ha decidido ejercer. Y la reproducción y el lenguaje es veraz, creíble y coherente con esta afirmación. Si hasta llega a desesperar, si hasta te llevas las manos a la cabeza de la parsimonia, de la falta de humanidad aparente, cuando le dices y le gritas al ser que emerge de los renglones: “Por favor, rebélate”. Pero por eso, y no por otra razón, es por lo que surge la admiración. Ahí lo tienes, a una persona con principios.

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