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Acerca de mercuriano

Aspirante a escritor maldito

Verano 1993

Exasperantemente aburrida. Esto no resta que bien dirigida, con un trabajo impecable y muy natural en las escenas con niños, hermosa en algunas fases, digamos que conmovedora. Sin embargo, qué tostón, qué monotonía, para el oído y para los sentidos. ¿Todo el rato jazz? Y los sonidos del bosque que asemejasen enlatados. Parecía que el cine español había abandonado eso, los guiones anodinos y casi minimalistas, parecía que con la crisis se habían olvidado de esa tendencia de pretender hacer arte, y que la única manera de hacer arte consistíera en contruir cine lento e infumable. Pero no. Dicen que nos estamos recuperando, algunos lo niegan, pero que se lo digan al retorno del gafapastismo. La bondad económica en este país guarda una estremecedora cercanía con la insulsez en el séptimo arte.

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Cavernas, pirámides, imperios. David Solar

David Solar, autor en Historia 16, y en otros muchos medios, escribe su propio libro de historia de la humanidad, y lo hace de momento circunscribiéndose a la prehistoria y edad antigua, sin introducirse en la edad media. Es decir, al pasado más lejano, aquel donde la arqueología se vuelve cada vez más escasa y somera, y es necesario echar mano de las fuentes escritas, aún cuando son ahistóricas en muchos casos, increíbles, faltas de rigor, y posiblemente redactadas por alguien con una visión sesgada del mundo, influida y deformada por sus propias creencias y por su pertenencia a una civilización en concreto en detrimento de las demás. No obstante, algo de verdad habrán de tener.

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El rincón de los monstruos

Esa esquina del dormitorio sin personalidad alguna, en la pared opuesta a la ventana, en el punto más alejado de la entrada. Ese lugar al que solo llegas rodeando la cama, que resulta tan anodino que solo merece colocar allí aquel mueble o complemento que absolutamente carece de importancia. La mesilla de noche gemela a donde situas el despertador que colocas ahí para no descuadrar, el perchero, la lámpara de pie, ese arcón que te han regalado y que no sabes donde poner.

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31 de agosto nocturno

Treinta y uno de agosto de dos mil diecisiete. Jueves. Pero no un jueves cualquiera. La mitad de la población regresa de las vacaciones, y acuden con las costumbres intactas de sus lugares de veraneo. El calor impide dejar las ventanas cerradas, prácticamente todo el verano ha sido así, pero nunca tan urgente como esta madrugada. La adolescente del tercero que conversa por teléfono de una a dos, los vecinos de enfrente con sus luces potentes y la película en alto volumen, las discusiones, los padres con los hijos, los hijos con los padres, ser testigo de las primeras peleas de un par de parejas enamoradas; aparte por alguna razón las alarmas de un sinfín de vehículos que estallan, de manera intermitente, y si fuera poco también la del centro cívico de manera constante hasta las cuatro; y a añadir a la coctelera el ruido de fondo, el de los coches y las motos circulando, que ha doblado su intensidad. La mitad de la población ha regresado y parece que lo ha hecho para darse un garbeo por la ciudad, a pie, en tren, en metro, en vehículo a motor, o en sus propias casas. Se mueven como noctámbulos, coleccionando cucarachas o ratas en la acera, rompiendo el silencio con los tubos de escape de las motocicletas, o cavando zanjas de tanto recorrer el pasillo de sus moradas. La mitad de la población ha vuelto y sufre de insomnio, a fuerza de costumbre de levantarse tarde, y de paso provoca el insomnio en más de uno que no se ha ido. La mitad de la población ha regresado y ojalá que no lo hubiera hecho, que se hubiera quedado en esos lares, donde quiera que estuviera, dispersa, esparcida. Podrían haber fundado una nueva ciudad, o un sinnúmero de pequeñas aldehuelas. En el fondo luchar contra la contaminación acústica es muy sencillo. Basta con cambiar de aires, para siempre, y no regresar. No regreséis, malditos. Cread pueblos en la costa o en la montaña, y dejadnos en paz.

Los herederos

El verano se acaba. Las vacaciones se terminan. Los hijos ya mayores vuelven al trabajo. Los padres jubilados se quedan en casa. Es la última tarde de piscina en la finca familiar. El sol que calienta la espalda, la brisa que mece las ramas de los fresnos. Ese sonido. El primogénito cierra los ojos y escucha. El día medio nublado crea una luz conmemovedora. En el horizonte nubes oscuras, a la espalda el anaranjado del atardecer. “No perdáis detalle”, comenta el padre, “que no habrá muchas ocasiones en que disfrutéis de una luz como esta”. El verde ceniciento, el marrón de la tierra rojizo y aterciopelado, el azul de la piscina como los ojos de una amante. El heredero mayor asiente. Observa y es como si todas las tardes que ha transcurrido en ese lugar, sentado en el borde, los pies en el agua, el calor contra su espalda desnuda, se condensaran aquí y ahora. No son colores lo que observa, sino el tiempo que transcurre entre sus dedos. El heredero cavila. Él ya es mayor, y es poco probable que tenga hijos. Sus hermanos que vienen detrás quizás, a ellos todavía les queda tiempo. Pero el primogenito reflexiona. Su madurez no consistirá en ver a unos niños crecer, sino en contemplar a sus padres envejecer. Su tarea vital, ahora que ha llegado a cerca de la mitad de su existencia, no será preparar el relevo para la siguiente generación, sino hacerse cargo de sus progenitores en su decadencia. Sus padres todavía son fuertes, vitales. Pero ya se les notan detalles. La mente que no es tan lúcida, los razonamientos que a veces se pierden. El primogénito observa todo lo que sus ascendientes han creado. Esa piscina mismo, los arboles en derredor, la casa pendiente arriba. Todo engendrado por empuje de sus mayores, por su esfuerzo, pensando en disfrutarlo ellos mismos y que sus hijos lo hereden. Pero el heredero lo cuestiona. En el fondo no sabe si quiere en el futuro volver a ese lugar, si prefiere viajar, trasladarse. No ha estado ahí cuando la casa se levantó, cuando los sistemas de tuberías fueron diseñados, montados y erigidos. No entiende cómo funciona. Nunca, como sus padres estaban allí, se ha preocupado por comprenderlo. Pero la herencia crea atavismos, el recuerdo y las acciones de los padres generan problemáticas en sus descendientes. Como la de cuidar de todo lo recibido, la de procurar que el agua recale en la alberca, que el pozo no se seque, que las tuberías no se taponen, que el sistema no se colapse, que los árboles no ardan y que sigan verdes. El esfuerzo de los padres denota obligaciones en los herederos. El verano se termina. Es pronto para intuir el otoño, pero acabará llegando. Los herederos lo saben, sobre todo el mayor que no puede, ni quiere, huir de responsabilidades. Su madurez no será el esplendor de su prole, sino el agua que se pone verde en el estanque, los muebles que se llenan de polvo, los edificios que se oscurecen con la lluvia.

Abracadabra. Pablo Berger

Me hubiera gustado verla con un extranjero al lado, para comprobar su opinión. Porque la impresión que a mí me dio y que permanece una vez sales del cine es de película flojita. Personajes poligoneros, casposos, con una estética hortera a más no poder, y lo que no es poligonero resulta anticuado, pero no anticuado en el sentido de retro, sino vetusto en el contexto de que alguna mano de pintura le falta, salones y dormitorios que son el horror de un decorador, anclados en el tiempo en las memorias del mal gusto aburguesado, castizo y rancio.

No obstante, después recapacitas y dices: Pero cómo señalas que es flojita si Abracadabra es un montón de películas en una, una mezcla de géneros atrevida, arriesgada, original y que no chirría. Si lo tiene todo: drama social, intriga, cine negro, terror, comedia romántica, de malentendidos, fantasía, asesinatos, especulación pseudocientífica, espiritismo paranormal, y la aventura heróica de una mujer que busca su camino en el mundo. ¿Es posible que sean los prejuicios los que me hacen pensar que le falta algo? Ese rechazo al mundo catalogado como choni o cani, que todo resulte tan hortera, tan culturalmente degradado. O la presencia del omnipresente José Mota, que aunque hace un buen papel, el hecho de que estemos tan sobresaturados de su imagen, así como el tipo de humor al que lo tenemos asociado, provoca que la trama quede devaluada. En otras palabras, los prejuicios que mismamente y por otro lado me harían rechazar las proyecciones de “Cine de barrio”.

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