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La ciudad perdida de Z

El cine se ha dejado inspirar por los hechos reales y ha creado mitos de ficción. La pregunta es, ahora que parece que la imaginación se ha agotado, si los personajes reales que inspiraron dichos mitos alcanzarán la misma sonoridad transportados al celuloide. Indiana Jones y Percy Fawcett. El segundo es un personaje histórico. Se enfrentó a la selva, a los mosquitos, a las serpientes, se las vio con tribus indígenas que a menudo recelaban de los recién llegados, tuvo que enfrentarse al hambre, a la enfermedad, a la locura. No obstante, no resulta tan espectacular como Indiana Jones. A fin de cuentas, se trató de un personaje real. Cuando los personajes reales mueren no suenan las campanas celestiales, no acuden los ángeles divinos a acogerlo, su cuerpo se vuelve frío, y punto. Que una serpiente venenosa y letal se te deslice por entre las piernas puede llegar a ser un momento crucial y definitivo en tu existencia; que una tribu de indígenas con sus primitivas costumbres te acoja es un milagro que pocos han vivido. Aún de este modo, no resulta tan impresionante como un hechicero que arranca el corazón a sus víctimas aún vivas con las manos. La falta de ideas de la industria del cine rescata a los personajes legendarios. Pero las leyendas a menudo se forjan no tanto en la realidad como en la imaginación de las gentes, en las narraciones posteriores. “La Ciudad perdida de Z” es una película entretenida, que mantiene el pulso, aunque, hay que avisar, de un ritmo lento como corresponde a una peripecia real, que refleja el hambre, el tedio, el silencio y la desesperación del desierto verde, todo es igual, todo es cansinamente verde y monótono, con unos pocos momentos de brío y acción trepidante, y ninguna víctima de manos del protagonista. No es Indiana Jones, y menos mal que no es Indiana Jones.

El viajante

La película ganadora a los Óscar de este año. Antes de ver la cinta, al revisar la sinopsis, se puede pensar mal por el galardón concedido, porque es políticamente correcto, porque por un lado es una película iraní y a saber si el jurado de la Academia se lo ha otorgado por ir en contra de Donald Trump, y en segundo lugar porque los protagonistas son actores en la representación de “El viajante” de Arthur Miller. Esto es, una obra de teatro norteamericana.

Entonces vas a verla y sí, está bien realizada, Asghar Farhadi mantiene el pulso narrativo, es muy dura, produce extrañeza, un choque cultural, huele a censura porque muchas emociones, muchos actos de consuelo de los que cabría esperar no se realizan, a saber si porque había un puño censor tachando frases y acciones del guión aquí y allá, te conmiseras sobre la situación de la mujer en el mundo islámico (y eso que Irán, aparentemente, es de los países más progresistas), te escandalizas y apenas por la prepotencia de los hombres (aún los más cultos y adelantados). Sin embargo, termina la grabación, sales del cine, y dices: “De acuerdo, pero eso no quita que se haga pesada a ratos y que “Todo sobre mi madre” fuera mejor”. O mismamente este año, la filmación vintage y decimonónica de “Frantz”. Película extranjera, europea, más interesante y removedora que “El viajante”.

Gato negro, Gato blanco. Emir Kusturica

Una alegría contagiosa capaz de levantar a un muerto, o a dos. Música, danza, fiesta, jolgorio. Para mover las manos y los brazos al compás, alzarse desde la butaca del cine y danzar. Quedar enamorado de ese mundo tan distinto, de ese ajetreo, el universo de los gitanos de los Balcanes pero tratado de una manera surrealista y exagerada. Kusturica renueva una estética, la transforma, la convierte en imaginación esperpéntica. ¿Cómo no he sabido de este título hasta este momento? ¿Cómo es posible que nadie jamás me haya hablado de Gato negro, Gato Blanco hasta este fin de semana en el que encima la descubrí por casualidad? ¿Qué andaba yo haciendo en 1998? Estudiando para la selectividad, preparándome para la universidad, dejando el mundo de la infancia atrás y adentrándome en el de la carrera profesional. Quizás este haya sido el momento propicio. No entonces, ahora.  Un título como este para seguir la estela un año más, para continuar confiando en la esperanza del romanticismo un aliento al frente. Ante Gato Negro, Gato Blanco, Lalaland suena a poco.

Toni Erdmann

Propongo una lista: metraje escesivamente largo, más allá de las dos horas y media; una historia basada en la extraña relación entre un padre y una hija; incomprensión y separación entre generaciones; hastío existencial; momentos en los que la trama se sale de un discurso lineal, volviéndose extravagante o tediosa; el humor observado como un elemento caótico, que rompe las reglas del decoro; la franqueza criminal y sin sentimientos del capitalismo neoliberal; instantes perversos y morbosos que hacen levantar el estómago; momentos en los que el velo se desprende, los mitos son disueltos y destrozados; incomodidad ante la crudeza de algunas actuaciones; y un clímax absurdo, surrealista, desternillante y agradable. Estos son los elementos de una película que los críticos europeos han tildado como la mejor del año en el viejo continente. En cuanto al público en general, si han seguido leyendo la lista hasta el final, Toni Erdmann es su película.

La tortuga roja

Mucha gente irá a ver este título al cine pensando que se trata de un titulo japonés, producido por Estudio Ghibli. Incluso algún crítico despistado dirá de ella: “Nada tan hermoso como un poema japonés”. Pero la cuestión es que no es una pelicula japonesa. “La tortuga roja” es un título muy distinto a casi todo lo que hemos visto de Ghibli hasta ahora. Si bien no puedo hablar de “El cuento de la princesa Siguya” porque es una de las pocas obras del sello nipón que no he contemplado, “La tortuga roja” se inspira más bien en películas francesas como las de Michel Ocelot (Kirikou, o Azur&Asmar) que en cualquier otra dirigida y realizada por el estudio Ghibli anteriormente. Sin embargo, no desmerece, e incluso a mi parecer ya era hora que los dibujos animados gozaran de un cambio de aires como este. La textura. El silencio. La falta de diálogos. La maestría impresionista con que se retrata la vivacidad de la luz solar y la oscuridad de la noche. No recuerdo haber contemplado una cinta ilustrada tan hermosa como esta. Lo único que le falta es, a mi parecer, algo de lo rocambolesco e imaginativo del mejor Miyazaki. Pero claro, si me he enamorado del minimalismo pictórico de esta cinta, también he de hacerlo de la simplicidad elemental del argumento.

Silencio. Shusaku Endo

A los diecinueve años cayó en mis manos casi por casualidad una novela titulada “El samurái”, de un escritor japonés llamado Shusaku Endo. La novela trataba sobre la expedición de japoneses que al mando de Hasekura Tsunenaga recorrieron medio mundo para recalar en la Sevilla y en la Roma del siglo XVII. Habiendo leído novelas mejores, no obstante, sucedió que cada vez que me preguntaban por algún libro o título favorito, si tenía poco tiempo para responder, contestaba: El samurái.

Hubiera preferido que Martin Scorsese hiciese una version de “El samurái”. Años más tarde leí Silencio, y el impacto fue menor. Porque ya había recibido el mensaje, ya me había calado. Yo, que me había separado de las enseñanzas de la Iglesia, sin embargo en las reminiscencias de cristianismo que me quedaban, recopilaba ejemplos diversos, desde las más variopintas fuentes, como la fe de unos samuráis, incapaces de comprender por qué imperios tan poderosos rezaban a un dios debilucho clavado en una cruz, pero que en su sufrimiento reconocieron el mensaje de un Cristo que les acompañaba en la adversidad. Ese es, en definitiva, el mensaje principal del autor, un hombre que a menudo fue golpeado por la condición de minoritario. Católico en Japón, japonés en Francia, con una salud menguada por la tuberculosis. Como una parábola que capté en la película CRAZY. Un hombre que caminaba por el desierto acompañado de Cristo, al final de su vida mira hacia atrás y contempla dos líneas de huellas sobre la arena, a excepción de en algunos tramos donde solo observa una. Consternado mira a Jesús y le pregunta: ¿Por qué en los momentos que más sufría me abandonaste? A lo que Jesús responde: No te dejé. Si ves una sola línea de huellas allí donde más padeciste es porque te llevaba sobre mis hombros.

Silencio es una novela dura, más árida desde luego que aquella con la que he comenzado. Sin embargo, reconozco más personal, que atraviesa un camino aciago que una persona habrá un momento que tendrá que recorrer.

La película de Martin Scorsese responde a esta aridez. Scorsese se despoja de su pasado. Renuncia a la música, a los grandes escenarios, a las composiciones con centenares de personajes, a la grandilocuencia, para centrarse en el viaje de uno mismo. Se desnuda en definitivas cuentas. Es un tipo de cine al que no nos tiene acostumbrados, al que nadie ya nos tiene acostumbrados, sin la música que separa una escena de otra, centrándose en el ser que se retuerce. La contradicción. La fotografía es inmensamente bella, los parajes sobrecogedores, las construcciones de un cuidado exquisito, y la pregunta es cómo en esos escenarios es posible el sufrimiento. Y por qué Dios no habla, aunque sea con un hilo musical. Silencio no es un entretenimiento cualquiera. No puede ser entendida como un entretenimiento cualquiera.

Paterson. Jim Jarmusch

Parece una película de Jim Jarmusch, instalado en la lentitud cotidiana, en el respirar por sistema, en la grandilocuencia de lo anodino. Caminamos, dedicamos tiempo a conversaciones triviales, de vez en cuando nos topamos con lo esperpéntico, con la nota disgresora. Porque lo esperpéntico como detalle diferente también forma parte del hábito de la existencia diaria. Uno que pensaba que este discurso era propio y original de Jarmusch, el director de culto independiente por excelencia. Pero ya existía antes, desde los años cincuenta, en la obra de un poeta que francamente en España no conocemos, y que no suele salir en las películas norteamericanas como William Carlos Williams. Paterson es ante todo un homenaje a este autor, a través de la localidad donde habitó, desde un tipo de poesía inspirada en lo que redactó, desde los lugares que le conmovieron y conformaron su ciclo vital. Paterson pertenece a un tipo de cine que no gustará al gran público, muy lento, sin argumentos que den la vuelta, sin explosiones ni dramatizaciones. Sin embargo, dentro de lo lento convence. Te hace recordar: tú que dices que ante todo lo que te gusta es la prosa, existe también la poesía, y no aquella pretenciosa que reivindica fantasías y castillos en el aire, sino anclada en lo verosímil, en lo que ocurre cada día, en la habitual evolución de un mundo desarrollado y confortable. Jim Jarmusch se disfraza de William Carlos Williams, y lo hace tan bien, es tan convincente, que resulta una película que no es de Jim Jarmusch pero que parece de Jim Jarmusch.