Archivo de la categoría: Cine

Loveless

Fui a ver esta película al Festival de Cine Europeo de Sevilla, por invitación, sin haber leído la sinopsis, ni siquiera haberme informado de su nacionalidad. La sorpresa fue grata, y a la vez desconcertante. En esa vertiente del cine europeo último, tal cual Toni Erdman, el director no tiene remilgos en plasmar los actos íntimos de los protagonistas, carnales, escatológicos, de impacto nervioso. No obstante, lejos del trasfondo cómico del título que menciono, los resultados son trágicos.

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Blade Runner 2049

Más de dos horas y media de metraje, el desarrollo demasiado lento en algunas escenas, varios giros de guión que no se comprenden. Y sin embargo, te quedas con ganas de más. El culto ha evolucionado, se ha vuelto silencioso y minimalista, deja de ser recargado, deja de basarse en la acumulación de residuos por doquier, el menos es mas, y el resultado es apabullante, sobrecogedor. Perdón por adelantarlo, pero en esta ocasión no hay frase del final, y sin embargo no hace falta frase del final. Las esperanzas que uno tiene, los miedos que a uno le acogotan, se encuentran ahí. Todo lo que sabías se queda en nada, esa es la esencia del ser humano, y la de decidir, y de tomar una decisión difícil y fatal cuando llega el instante. Creo que no me hace falta escribir más.

La ciudad de los mil planetas

Para alguien que lleva opinando durante años que el cómic francés, al menos el de ciencia ficción, es mucho más imaginativo, interesante y creativo que el americano, sobresaturado de tanto superhéroe, Valerian supone un soplo de aire fresco. O la amas o la odias, es lo que dicen las críticas. Por mi parte ni lo uno ni lo otro. Como he dicho en alguna otra ocasión: me gusta, me podria haber gustado más. Su principal baza es el escenario, la ciudad de los mil planetas.  Los personajes, ni fu ni fa. La historia, ahora hablaré de ella. El escenario. Un lugar donde prácticamente casi todas las civilizaciones de la galaxia, conviven tras entrar en contacto y forman parte de una experiencia colectiva común. La manera de tratar la diversidad de Luc Besson sobrepasa en calidad, en texturas, en credibilidad, en variedad, en imaginación, a todo lo que hayamos visto de Star Wars. Valerian supera a la Guerra de las Galaxias en ese sentido. La ciudad de los mil planetas sobrepasa, y en mucho, tanto que uno llega a odiar todavía más a George Lucas y a la segunda trilogía (la digital, la que según el desarrollo narrativo es la primera), a la imaginería de Coruscant. Uno llega a creerse más lo que ve en ese universo francés que en la fantasmagoria estadounidense.

Sin embargo, su fallo es la historia. Ahí todavía la primera trilogía de Star Wars (la de los ochenta) se lleva el galardón. El argumento de Valerian es desesperantemente buenista. Tienen una ciudad de los mil planetas, donde cada especie es, si cabe, más corrupta y malvada que la anterior, y la trama concluye en un alarde de pureza y de brillantez moral que provoca dentera. Con unos personajes tan perfectos, una raza que da tanto asco de lo brillante, infantil, ingenua, inocente, radiante y perfecta que es, que es lo que hasta cierto punto estropea la película. un poco más de cine negro, un poco más de contrabandistas y de bandidos. Menos edulcoramiento, menos hablar de amor y de poesía barata así por la cara, por favor.

En cualquier caso, Valerian mejor que cualquier refrito de superhéroes yankis que se pueda contemplar este verano

Dunkerque. Christopher Nolan

Tiempo perdido, eso es lo que se puede argumentar de Dunkerque, una pérdida de tiempo.

Christopher Nolan, inventor de mundos, uno de los pocos que ha sido capaz de ofrecer en la última década algo que no esté manido o repetido hasta la saciedad, desarrollador de lenguajes y de mundos inexplorados. Con Origen creó una nueva mitología contemporánea. Con Interstellar, ya, sí, larga y aburrida como ella sola. Pero la exploración espacial realista, los agujeros negros, los colores primarios, los tempanos de hielo, todo. O Memento. O la renovación del cómic de superhéroes que desafortunadamente no ha calado en el resto del universo cinematográfico. Ese Joker a la altura de Frank Miller.

Y de repente a Nolan le da por hacer una película bélica. Lo dicho, dos años perdidos de la vida de un gran creador. Tiempo perdido. La primera vez que vi el trailer de la cinta me eché las manos a la cabeza. No puede ser. Acudo a las salas y me repito e insisto: No puede ser. Esa sensiblería bélica de fondo, esa glorificación de la valentía y de la entrega, justificado porque supuestamente se lucha contra el mal, contra un enemigo que es el demonio mismo. Con “La delgada línea roja” el cine bélico tendría que haberse extinguido. Muy buena fotografía, excelente desarrollo de la trama. Y sin embargo, nada nuevo bajo el sol. La enervante musica de fondo, como el sonido del motor de un submarino. Hora y media en esa tesitura resulta insoportable. O lo predecible de la trama, en los primeros minutos de cada línea argumental ya se adivina de qué manera va a concluir. Así como falta de medios. Esas líneas raquíticas de soldados, ¿dónde se vislumbra ahí los cuatrocientos mil militares embolsados? ¿O las cuarenta mil víctimas de la conflagración? Y, ¿tres aviones spitfire? ¿Una película bélica con solo tres aviones contra todo el potencial nazi? Ves una fotografía real de la batalla, una en blanco y negro, borrosa, con el granulado y el paso del tiempo que se nota, y Dunkirk, de Christopher Nolan, se queda en pañales. Un espectáculo de autor. La prensa la proclama como la gran película de Nolan, se ve que a los críticos no les gusta la ciencia ficción ni los superhéroes, su quehacer sobra de engreimiento y peca de falta de imaginación; porque ese es el punto álgido de este título, la reputación del director, porque por lo demás un espectáculo fallido.

La ciudad perdida de Z

El cine se ha dejado inspirar por los hechos reales y ha creado mitos de ficción. La pregunta es, ahora que parece que la imaginación se ha agotado, si los personajes reales que inspiraron dichos mitos alcanzarán la misma sonoridad transportados al celuloide. Indiana Jones y Percy Fawcett. El segundo es un personaje histórico. Se enfrentó a la selva, a los mosquitos, a las serpientes, se las vio con tribus indígenas que a menudo recelaban de los recién llegados, tuvo que enfrentarse al hambre, a la enfermedad, a la locura. No obstante, no resulta tan espectacular como Indiana Jones. A fin de cuentas, se trató de un personaje real. Cuando los personajes reales mueren no suenan las campanas celestiales, no acuden los ángeles divinos a acogerlo, su cuerpo se vuelve frío, y punto. Que una serpiente venenosa y letal se te deslice por entre las piernas puede llegar a ser un momento crucial y definitivo en tu existencia; que una tribu de indígenas con sus primitivas costumbres te acoja es un milagro que pocos han vivido. Aún de este modo, no resulta tan impresionante como un hechicero que arranca el corazón a sus víctimas aún vivas con las manos. La falta de ideas de la industria del cine rescata a los personajes legendarios. Pero las leyendas a menudo se forjan no tanto en la realidad como en la imaginación de las gentes, en las narraciones posteriores. “La Ciudad perdida de Z” es una película entretenida, que mantiene el pulso, aunque, hay que avisar, de un ritmo lento como corresponde a una peripecia real, que refleja el hambre, el tedio, el silencio y la desesperación del desierto verde, todo es igual, todo es cansinamente verde y monótono, con unos pocos momentos de brío y acción trepidante, y ninguna víctima de manos del protagonista. No es Indiana Jones, y menos mal que no es Indiana Jones.

El viajante

La película ganadora a los Óscar de este año. Antes de ver la cinta, al revisar la sinopsis, se puede pensar mal por el galardón concedido, porque es políticamente correcto, porque por un lado es una película iraní y a saber si el jurado de la Academia se lo ha otorgado por ir en contra de Donald Trump, y en segundo lugar porque los protagonistas son actores en la representación de “El viajante” de Arthur Miller. Esto es, una obra de teatro norteamericana.

Entonces vas a verla y sí, está bien realizada, Asghar Farhadi mantiene el pulso narrativo, es muy dura, produce extrañeza, un choque cultural, huele a censura porque muchas emociones, muchos actos de consuelo de los que cabría esperar no se realizan, a saber si porque había un puño censor tachando frases y acciones del guión aquí y allá, te conmiseras sobre la situación de la mujer en el mundo islámico (y eso que Irán, aparentemente, es de los países más progresistas), te escandalizas y apenas por la prepotencia de los hombres (aún los más cultos y adelantados). Sin embargo, termina la grabación, sales del cine, y dices: “De acuerdo, pero eso no quita que se haga pesada a ratos y que “Todo sobre mi madre” fuera mejor”. O mismamente este año, la filmación vintage y decimonónica de “Frantz”. Película extranjera, europea, más interesante y removedora que “El viajante”.

Gato negro, Gato blanco. Emir Kusturica

Una alegría contagiosa capaz de levantar a un muerto, o a dos. Música, danza, fiesta, jolgorio. Para mover las manos y los brazos al compás, alzarse desde la butaca del cine y danzar. Quedar enamorado de ese mundo tan distinto, de ese ajetreo, el universo de los gitanos de los Balcanes pero tratado de una manera surrealista y exagerada. Kusturica renueva una estética, la transforma, la convierte en imaginación esperpéntica. ¿Cómo no he sabido de este título hasta este momento? ¿Cómo es posible que nadie jamás me haya hablado de Gato negro, Gato Blanco hasta este fin de semana en el que encima la descubrí por casualidad? ¿Qué andaba yo haciendo en 1998? Estudiando para la selectividad, preparándome para la universidad, dejando el mundo de la infancia atrás y adentrándome en el de la carrera profesional. Quizás este haya sido el momento propicio. No entonces, ahora.  Un título como este para seguir la estela un año más, para continuar confiando en la esperanza del romanticismo un aliento al frente. Ante Gato Negro, Gato Blanco, Lalaland suena a poco.