Archivo de la categoría: Primera persona

No soy ese arquitecto

Últimamente no me entran las ficciones, las tramas novelescas no me satisfacen, los guiones manidos, las reflexiones largas para fardar y para aparentar pero que en el fondo no dicen otra cosa que lo mismo. Una legión de escritores que tratan los mismos temas, con diferentes palabras, y lo difícil que es innovar. En estos momentos lo que me entran son libros de matemáticas o de divulgación cuántica. Ni siquiera de arquitectura.

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Gente que padece

Gente que padece porque, como ha pasado la crisis, deberían estar bien, deberían ocurrirle las cosas que ansiaban y que concebían no sucedían porque transcurrían malos momentos. Pero no, es coyuntural.

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Cosas de pueblo pequeño

En el cuarto la luz del día que se apaga entra por las persianas. No es de noche pero el urbanita ya está en cama. Puesto que es otoño el que atardezca no supone siquiera que sea una hora vespertina, apenas dan las dieciocho horas en el reloj digital del despertador sobre la mesilla de noche. Si estuviera enfermo habría explicación. No obstante, el pecho no está congestionado, no presenta fiebre alta. Es solo tristeza la que hay en sus ojos mientras observa el techo de la habitación.

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Razones

Una carretera de montaña con apenas anchura para dos coches. Tengo que dar la vuelta, no se me ocurre otro sitio donde hacerlo que ese. Provengo de una curva, voy hacia otra a apenas cincuenta metros. A mi espalda un precipicio considerable, tanto que me entra el pánico por el vértigo. Si un vehículo se aproxima por alguno de los lados no tendrá tiempo para parar ni espacio para esquivarme, sobre todo si es uno de esos turistas mentecatos que circulan a noventa en una carretera de cuarenta. La pendiente de la calzada es tal que al retroceder la gravedad tira de mí. Más pánico, el terror me paraliza. Pero acierto a pisar el pedal, ninguno coche viene. Consigo incorporarme, sigo vivo.

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Mi casa, mi monasterio

En cama a las siete de la tarde, enfermo o resfriado, podría ser. Pero no, por contra acosado por otro tipo de malestar; agotado por la presión, por el estrés social. En parte es culpa mía porque en su época quise acercarme, pretendí abrirme, y ahora tengo que lidiar con la imagen que en su momento creé. Resulta que la gente se molesta si me aparto, si no correspondo a esa naturaleza aparente cuando no es la mía, me lanzan indirectas si no voy a su casa, son capciosos, piensan que estoy molesto con ellos. Estoy molesto con ellos. Un palabra más adecuada sería decepcionado. No obstante, sigo diciendo, es culpa mía, porque me hice ilusiones, nuevamente como sucede año tras año me generé expectativas, me abandoné a la esperanza. Forjé grupos, desarrollé sociedades, cuando odio los grupos, cuando soy en exceso sensible a los ruidos, a los comentarios, a la cháchara sin fin alguno, a los gestos, a cualquier clase de gesto. Parece que no me entero, que ando despistado, pero no, me entero, y si me vislumbran con aire despistado y ausente es porque ya ando saturado, o trato de apartarme. Odio los grupos. Si me acerco a los grupos es porque espero encontrar a una persona, a una sola, a la que mirar a los ojos. Sin embargo, todavía recuerdo a esa gentil criatura que cuando le susurré como quien no quiere la cosa: “Estoy aquí para conocerte”, me respondió: “Me caes genial, y seguro que este año entre todos formamos un grupo muy apañado”. La gente adora los grupos, yo si voy es para conocer a una persona. El resultado es la saturación. No quiero visitaros, no quiero ir a vuestra casa. Si lo hago es porque, aunque aborrezco los grupos, temo el ostracismo. Ando allí casi por obligación. No deseo convivir. Quiero estar en mi casa, mi paz, mi tranquilidad, mi monasterio, mi reflexión, mi refugio.

Irrepetible

El caos del otoño trae situaciones irrepetibles.

Si me preguntan: ¿qué hiciste ayer? Contestaré:

Preparé dos temas, no fui de cervecitas, no tramé cháchara insustancial, no revelé detalles de mi vida personal, no frecuenté ambientes perversos, no conocí al amor de mi vida, no conversé con chavalas ufanas;

pero preparé dos temas, y contemplé un atardecer.

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