Archivo de la categoría: Primera persona

Cosas de pueblo pequeño

En el cuarto la luz del día que se apaga entra por las persianas. No es de noche pero el urbanita ya está en cama. Puesto que es otoño el que atardezca no supone siquiera que sea una hora vespertina, apenas dan las dieciocho horas en el reloj digital del despertador sobre la mesilla de noche. Si estuviera enfermo habría explicación. No obstante, el pecho no está congestionado, no presenta fiebre alta. Es solo tristeza la que hay en sus ojos mientras observa el techo de la habitación.

Sigue leyendo

Anuncios

Razones

Una carretera de montaña con apenas anchura para dos coches. Tengo que dar la vuelta, no se me ocurre otro sitio donde hacerlo que ese. Provengo de una curva, voy hacia otra a apenas cincuenta metros. A mi espalda un precipicio considerable, tanto que me entra el pánico por el vértigo. Si un vehículo se aproxima por alguno de los lados no tendrá tiempo para parar ni espacio para esquivarme, sobre todo si es uno de esos turistas mentecatos que circulan a noventa en una carretera de cuarenta. La pendiente de la calzada es tal que al retroceder la gravedad tira de mí. Más pánico, el terror me paraliza. Pero acierto a pisar el pedal, ninguno coche viene. Consigo incorporarme, sigo vivo.

Sigue leyendo

Mi casa, mi monasterio

En cama a las siete de la tarde, enfermo o resfriado, podría ser. Pero no, por contra acosado por otro tipo de malestar; agotado por la presión, por el estrés social. En parte es culpa mía porque en su época quise acercarme, pretendí abrirme, y ahora tengo que lidiar con la imagen que en su momento creé. Resulta que la gente se molesta si me aparto, si no correspondo a esa naturaleza aparente cuando no es la mía, me lanzan indirectas si no voy a su casa, son capciosos, piensan que estoy molesto con ellos. Estoy molesto con ellos. Un palabra más adecuada sería decepcionado. No obstante, sigo diciendo, es culpa mía, porque me hice ilusiones, nuevamente como sucede año tras año me generé expectativas, me abandoné a la esperanza. Forjé grupos, desarrollé sociedades, cuando odio los grupos, cuando soy en exceso sensible a los ruidos, a los comentarios, a la cháchara sin fin alguno, a los gestos, a cualquier clase de gesto. Parece que no me entero, que ando despistado, pero no, me entero, y si me vislumbran con aire despistado y ausente es porque ya ando saturado, o trato de apartarme. Odio los grupos. Si me acerco a los grupos es porque espero encontrar a una persona, a una sola, a la que mirar a los ojos. Sin embargo, todavía recuerdo a esa gentil criatura que cuando le susurré como quien no quiere la cosa: “Estoy aquí para conocerte”, me respondió: “Me caes genial, y seguro que este año entre todos formamos un grupo muy apañado”. La gente adora los grupos, yo si voy es para conocer a una persona. El resultado es la saturación. No quiero visitaros, no quiero ir a vuestra casa. Si lo hago es porque, aunque aborrezco los grupos, temo el ostracismo. Ando allí casi por obligación. No deseo convivir. Quiero estar en mi casa, mi paz, mi tranquilidad, mi monasterio, mi reflexión, mi refugio.

Irrepetible

El caos del otoño trae situaciones irrepetibles.

Si me preguntan: ¿qué hiciste ayer? Contestaré:

Preparé dos temas, no fui de cervecitas, no tramé cháchara insustancial, no revelé detalles de mi vida personal, no frecuenté ambientes perversos, no conocí al amor de mi vida, no conversé con chavalas ufanas;

pero preparé dos temas, y contemplé un atardecer.

Sigue leyendo

Casi preferiría II

Si me vas a ofrecer tu cariño, que sea hasta las últimas consecuencias, no me dejes con medias tintas. Que no sea un hacer la pelota para que te solucione el problema del ordenador, o para que te aconseje en la difícil tesitura que te aguarda, eso ya lo hago gratis. Si me vas a ofrecer tu comprensión, que sea siempre y a cada momento, y no ahora me acerco y ahora me retiro porque probablemente pienses que empiezo a pensar que quieres más de mí. Ese miedo que tienes. ¿Tan anodina es tu vida que te es tan difícil entender cuando se te desea? Casi preferiría que me tratases como a una mierda, como a una máquina que simplemente funciona, una computadora que se limita a dar respuestas, antes que darme esperanzas. Casi todo el mundo lo hace, ¿por qué no tú? Ojalá fueras aunque fuera la mitad de inteligente para comprender que si de repente me quedo en silencio no es porque me haya cansado, o haya renunciado, sino que ojalá del mismo modo que he insistido y te he buscado, tú empezaras a buscarme y a insistirme.

Pesado metomentodo

Déjame en paz, ¿quieres? Pesado metomentodo, que cada vez que te veo te encuentro descansando y fumando. Déjame en paz con mi vida y mi filosofía. Entiende que soy tímido, que me estresan los grupos, que me enojan aquellos que están cada vez que me ven haciéndome preguntas, que me dispongo trabajador y organizado por sistema. Entiéndeme que hallo aburrido e insulso ir de cervecitas, y que de ir solo voy con quien me apetece. ¿Por qué tienes que comentar cada vez que digo o que propongo algo? ¿A qué viene ese clasificarme como lo haces? Vete con tu intensidad y tu aburrimiento a otra parte. Si me gusta hacer planes de antemano, ¿por qué tienes que meterte? No me gusta el caos, pero adoro el caos. Solo creo en la teoría del caos, y el caos hay que analizarlo, que comprenderlo, aunque la conclusión sea que es imposible comprenderlo. Permíteme residir con mis contradicciones en paz. No conviertas mi misantropía en ocasiones en una tragedia. Me gusta estar solo como tú te vanaglorias de estar casi siempre acompañado. Pues, ¿quién te lo impide? Tienes gente de sobra. Y conmigo estarás si así yo lo decido.