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El último día

Después de mucho tiempo, vuelvo a sonreír. Adiós tensiones, adiós a tener que disimular, por el qué dirán, mi último día en el instituto. Adiós a las preguntas a destiempo, a las críticas a la cara o, peor que estas, a aquellas que no se expresan, aquellas veladas, las conformadas por mi inconformismo, por mi perfeccionismo, la carga que yo mismo me echo a mis espaldas, los malos resultados con los estudiantes, la gente que me mira como si me conociera, aquellos que no se atreven a mirarme a los ojos, lo que no he conseguido, lo que he hecho o he dejado de hacer. No, hoy es el último día, borrón y cuenta nueva. Nadie me conocerá a dónde vaya, nadie sabrá de mi pasado, nadie me comprenderá, pero espero encontrarme con gente más tolerante. El año pasado tenía una sensación agridulce al irme. Este año sonrío. Un día como este me informa, me da a entender, que el día más feliz de mi vida quizás el de mi muerte, porque habiéndolo dejado todo atrás, todos los sufrimientos, todas mis penas, los remordimientos, las cosas por hacer, no me importará irme a dormir y no volver a despertar.

La mente de continuo

Diez horas seguidos juntos, con la cabeza carburando, el cerebro funcionando, ese sistema complejo mutando de continuo, esas neuronas elucubrando, no confío en alguien que después de diez horas permanezca igual, albergue los mismos pensamientos, ideas y actitud que diez horas antes, no puedo mirar sin sospechar a alguien que sea capaz de sonreír durante diez horas seguidas, hipocresía implicada, falsedad, inciertas intenciones, o simplemente que no hay mente, no hay pensamiento, simplemente máquina, estoy rodeado de robots, soy la única persona normal en la habitación.

Casualidad

Me criticas porque parezco enamorarme de cualquiera, porque me lanzo a la primera que parece hacerme caso, a quien la casualidad me poner por delante, sin tener un gusto definido, un modelo de persona con el que clasificarme. Si yo te hablara sobre la fuerza de la casualidad, acerca de las cientos de mujeres con las que me cruzo todos los días, a las que miro y ellas me miran, sin deseo o con él, y no sucede nada, no se entabla más allá de la luz que fluye y se desvanece. De repente una entre cien o entre mil con la que surge una conversación, por un encontronazo, por coincidir en un evento, porque nos presenta un amigo común. De esas en cuantas no surge el interés, yo me aburro o ella lo hace por mí, no cuajamos, hay poco de lo que podamos charlar, los especiales y selectivos que nos hemos vuelto, que le guste Star Wars, la literatura, los cómics, las series, que no se asuste ante un tertulia filosófica, ante una discusión sobre cine. A lo cual hay que sumar la edad, o que exista siquiera un mínimo tilín. Por si fuera poco la probabilidad de que nos encontremos en el momento propicio e idóneo para desear entablar una relación. Entonces, ¿qué haces criticándome? El destino nos ha hecho coincidir. Diría eso si creyera en el destino, pero todo es oportunidad.

Cualquier otra cosa

Me preguntó una alumna el viernes si le recomendaba estudiar arquitectura. Lo hizo justo en la hora después que un compañero me comentara el rumor de que la Junta de Andalucía está planteando la posibilidad de cambiar el sistema de oposición de tal manera que solo aquel que ha estudiado historia pueda enseñar historia. Es decir, que yo como arquitecto, a pesar de que llevo más de un año enseñando la asignatura, no podría presentarme el año que viene. A pesar de que es tan solo un rumor el cuerpo se me puso a temblar, tanto que estuve a punto de decirle a la niña en cuestión: “Estudia cualquier otra cosa”. Porque desde luego los arquitectos ya no pintamos nada. Resulta que está en proyecto una ley que permitiría a los ingenieros firmar edificios, de tal modo que los arquitectos quedaríamos como una especie de diseñadores caros. Por otro lado, si nos metemos en el campo de la docencia la consideración social es que solo podemos impartir matemáticas y dibujo, a pesar de toda la historia del arte que damos, y del urbanismo que es la base de la geografía urbana. O que personalmente me he especializado en esos campos precisamente, con una tesis doctoral a mis espaldas. Pero no, un arquitecto solo puede diseñar edificios. Y si no lo hace, ¿qué le queda? Meterse a político o terrorista. Seguro que le tienen en mayor estima.

Silencio. Shusaku Endo

A los diecinueve años cayó en mis manos casi por casualidad una novela titulada “El samurái”, de un escritor japonés llamado Shusaku Endo. La novela trataba sobre la expedición de japoneses que al mando de Hasekura Tsunenaga recorrieron medio mundo para recalar en la Sevilla y en la Roma del siglo XVII. Habiendo leído novelas mejores, no obstante, sucedió que cada vez que me preguntaban por algún libro o título favorito, si tenía poco tiempo para responder, contestaba: El samurái.

Hubiera preferido que Martin Scorsese hiciese una version de “El samurái”. Años más tarde leí Silencio, y el impacto fue menor. Porque ya había recibido el mensaje, ya me había calado. Yo, que me había separado de las enseñanzas de la Iglesia, sin embargo en las reminiscencias de cristianismo que me quedaban, recopilaba ejemplos diversos, desde las más variopintas fuentes, como la fe de unos samuráis, incapaces de comprender por qué imperios tan poderosos rezaban a un dios debilucho clavado en una cruz, pero que en su sufrimiento reconocieron el mensaje de un Cristo que les acompañaba en la adversidad. Ese es, en definitiva, el mensaje principal del autor, un hombre que a menudo fue golpeado por la condición de minoritario. Católico en Japón, japonés en Francia, con una salud menguada por la tuberculosis. Como una parábola que capté en la película CRAZY. Un hombre que caminaba por el desierto acompañado de Cristo, al final de su vida mira hacia atrás y contempla dos líneas de huellas sobre la arena, a excepción de en algunos tramos donde solo observa una. Consternado mira a Jesús y le pregunta: ¿Por qué en los momentos que más sufría me abandonaste? A lo que Jesús responde: No te dejé. Si ves una sola línea de huellas allí donde más padeciste es porque te llevaba sobre mis hombros.

Silencio es una novela dura, más árida desde luego que aquella con la que he comenzado. Sin embargo, reconozco más personal, que atraviesa un camino aciago que una persona habrá un momento que tendrá que recorrer.

La película de Martin Scorsese responde a esta aridez. Scorsese se despoja de su pasado. Renuncia a la música, a los grandes escenarios, a las composiciones con centenares de personajes, a la grandilocuencia, para centrarse en el viaje de uno mismo. Se desnuda en definitivas cuentas. Es un tipo de cine al que no nos tiene acostumbrados, al que nadie ya nos tiene acostumbrados, sin la música que separa una escena de otra, centrándose en el ser que se retuerce. La contradicción. La fotografía es inmensamente bella, los parajes sobrecogedores, las construcciones de un cuidado exquisito, y la pregunta es cómo en esos escenarios es posible el sufrimiento. Y por qué Dios no habla, aunque sea con un hilo musical. Silencio no es un entretenimiento cualquiera. No puede ser entendida como un entretenimiento cualquiera.