Archivo de la categoría: Prosa

El Oeste

El argumento de “El Oeste” se resume en la siguiente frase: “El relato de las peripecias de la tripulación del Hathórica, el primer barco fenicio que viajó a través del Mediterráneo hasta las costas de la Península Ibérica, y de lo que les aconteció allí”.

Se ha intentado que los topónimos se correspondan a los términos que se empleaban en la época. Así Gubla es la ciudad fenicia de Byblos; Kemet es Egipto y los Kemettuay los egipcios; Ilión, o Ilios, es Troya; Caftor, Kitim, Tanaya, el Iteru, Sardinia, Shikala, la isla Corcávina, los montes Haemus, o la isla de Ostra son, respectivamente, Creta, Chipre, la Grecia continental, el río Nilo, Cerdeña, Sicilia, Gran Bretaña, los Balcánes y Lampedusa. Aparte, el Promontorio Sacro es el Cabo de San Vicente, las Columnas del Océano el estrecho de Gibraltar, La punta de Sur se reconoce como Tarifa, Antigua es Antequera, el río Patos el Guadiana, el Baites el Guadalquivir, el Iberus el río Tinto y el Gran Promontorio el Cabo de Roca. El resto de nombres pienso que son fáciles de adivinar por el contexto.

Al final del libro se recogen dos apéndices. El primero referido a los tripulantes del Hathórica. El segundo respecto a las personas que se encontraron en su destino, especialmente mujeres.

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Disfruta la tormenta II

Segunda semana de tiempo anticiclónico,

aburrido y soporífero,

aburrido y dañino,

con las ganas de que haya un tormentón,

lluvias torrenciales, tiempo encapotado. Las temperaturas bajan.

Mi única compañera ha sido una mosca incapaz de salir al exterior,

que se pegaba a mi cuerpo, que se adhería a mi calor

como quisiera que lo hiciera una amante.

Llegaba a casa y nada más abrir la puerta la veía revoloteando,

me iba y se quedaba junto al marco, observándome, tal cual un perro o un gato.

El sol día tras día, cielo despejado tras cielo despejado y azul, me acaban enajenando.

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Cosas de pueblo pequeño

En el cuarto la luz del día que se apaga entra por las persianas. No es de noche pero el urbanita ya está en cama. Puesto que es otoño el que atardezca no supone siquiera que sea una hora vespertina, apenas dan las dieciocho horas en el reloj digital del despertador sobre la mesilla de noche. Si estuviera enfermo habría explicación. No obstante, el pecho no está congestionado, no presenta fiebre alta. Es solo tristeza la que hay en sus ojos mientras observa el techo de la habitación.

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Razones

Una carretera de montaña con apenas anchura para dos coches. Tengo que dar la vuelta, no se me ocurre otro sitio donde hacerlo que ese. Provengo de una curva, voy hacia otra a apenas cincuenta metros. A mi espalda un precipicio considerable, tanto que me entra el pánico por el vértigo. Si un vehículo se aproxima por alguno de los lados no tendrá tiempo para parar ni espacio para esquivarme, sobre todo si es uno de esos turistas mentecatos que circulan a noventa en una carretera de cuarenta. La pendiente de la calzada es tal que al retroceder la gravedad tira de mí. Más pánico, el terror me paraliza. Pero acierto a pisar el pedal, ninguno coche viene. Consigo incorporarme, sigo vivo.

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Exhaustivo

Me pregunto si algún pueblo antiguo ideó un dios de las cuentas, de los datos pormenorizados y fehacientes, una deidad que vigilara la labor de escribas en la antigua Mesopotamia y Egipto cuando se encargaban de registrar las cantidades, como el grano en los silos, las ánforas de aceite en los almacenes,  las mercancías que parten y llegan con las caravanas. Esta deidad posee una libreta, y en dicha libreta sabe y apunta sin género de duda los resultados de todas las operaciones, los números tal como deben salir al final del cómputo; una divinidad de las cantidades correctas. De este modo, contabiliza hasta el último grano de trigo, hasta la última res del establo, y si acaso se encontrara con un oficial vago o corrupto que redactara datos falsos que no se correspondieran con lo que tiene apuntado, que se quedara con parte del tesoro, o simplemente por despite incluye errores fatales en los registros, se encarga de castigarlo. Al infierno irás por no acometer tu trabajo de manera exhaustiva, veraz y precisa. El dios de las cuentas que en su versión moderna serviría de acicate a los profesores para realizar bien su trabajo. Como en esas ocasiones en las que no se tienen ganas de corregir incontables exámenes, y se acometen errores de bulto como puntuar por el aspecto, por la presentación, por la caligrafía, o por lo bien que a uno le caiga tal niño o niña. Sin embargo, ahí está el dios de la cuentas, que sabe de manera precisa la calificación que se merece cada alumno o alumna. Ten cuidado si te desvías de su criterio, si se te va la mano con el bolígrafo rojo. El dios de las cuentas te vigila, desde el altar en la sala de profesores. Es él quien insufla en las mentes de los padres la necesidad de ir a protestar, es él quien abre la caja de Pandora de las quejas y reclamaciones. Dedícale una vara de sándalo, enciéndele dos cirios blancos en su templo, y repasa una, dos, y cinco veces las notas de los exámenes. Porque, ya sabes, pobre mortal que te desvías de la norma, el dios de las cuentas es concienzudo, exhaustivo, y en los remordimientos te perseguirá.

Sequía

Hay quien solo sabe de naturaleza por los bichos muertos en la carretera. Hay quien observa la sequía, el calor a estas alturas del año, y se congratula con que puede ir a la playa a tomar el sol como si fuera verano.

En la habitación estamos concentrados en torno a la mesa, observando el parte meteorológico. La conversación se apaga conforme la presentadora informa que todo transcurre sin cambios. Ni una gota de lluvia, las altas presiones siguen acogotando la Península, los vientos no acuden, las temperaturas se mantienen e incluso en algunas partes suben. Mi padre toma el mando y apaga la pantalla plana, mis hermanos rumian la comida y no dicen nada. Mi madre traga saliva y se acerca al estante para mirar los libros.

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El rincón de los monstruos

Esa esquina del dormitorio sin personalidad alguna, en la pared opuesta a la ventana, en el punto más alejado de la entrada. Ese lugar al que solo llegas rodeando la cama, que resulta tan anodino que solo merece colocar allí aquel mueble o complemento que absolutamente carece de importancia. La mesilla de noche gemela a donde situas el despertador que colocas ahí para no descuadrar, el perchero, la lámpara de pie, ese arcón que te han regalado y que no sabes donde poner.

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