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Evolucionad, evolucionad, malditos

Empieza a hacer calor, hasta yo me doy cuenta. Las cerraduras que no abren bien a causa de la dilatación, las moscas que ya no vuelan, las arañas que se agolpan en el cuarto de baño, tener que dejar abierto el grifo cinco minutos para que el agua llegue templada, los pájaros deshidratados en las cunetas. Da pena y agobio contemplar el mundo en esta tesitura. Como mis compañeros en la sala de profesores que a veces sin aviso previo se levantan en su sitios clamando: “Esto no puede ser. ¡Esto no puede ser!”, agitando los brazos como buscando atraer el fresquito tal cual peces boqueando.

Aún así me niego a poner el aire acondicionado. Me parece el invento del maligno, algo creado para terminar provocando el efecto contrario. Como en mi edificio, mis vecinos ponen el aire acondicionado supuestamente para dormir, pero el bloque se termina convirtiendo en una discoteca. El ruido grave del aparato del segundo, sumado al murmullo agudo del tercero, la plétora de sonidos en el patio, las tuberías que traquetean, el goteo del agua de condensación. ¿De verdad pretendéis conciliar el sueño? Para colmo, un aparato climatizador, un artilugio que mete aire frío en una habitación a costa de echar para afuera el aire caliente. En el patio las distintas emanaciones se condensan, la atmósfera se vuelve turbia, se electrifica, se siente que casi pudiera estallar una tormenta.

Admitidlo, el cambio climático ha comenzado y esto es solo el principio, solo puede ir a peor, así que u os acostumbraís, o perecéis en el intento, u os cargáis el mundo a base de miniclimas en los patios de vecinos. Do the evolution, baby. Evolucionad, evolucionad, malditos.

Personaje

De momento prefiero pensarte como personaje literario, sin acercarme a ti, sin entrar en contacto en el mismo espacio y lugar, sin conversar aunque sea de manera epistolar; convertirte en personaje de cuentos o hasta de una novela, aunque suene cobarde, no enfrentarme con el ser de carne y hueso. Sólo adelanto lo irremediable. Si al final acabamos conociéndonos y cohabitando, igualmente te convertirás en personaje literario, casi una cláusula de contrato, espero que no te moleste que te diseccione, que trate de meterme en tu cabeza, que te invente trasuntos y un pasado probablemente más trágico; vivirás mil vidas conmigo, hollarás planetas y  mundos, y al final no sabremos si acabé conociéndote o si te inventé. Pero lo que sí es seguro es que terminaré adorándote, al menos como personaje literario.

La mente de continuo

Diez horas seguidos juntos, con la cabeza carburando, el cerebro funcionando, ese sistema complejo mutando de continuo, esas neuronas elucubrando, no confío en alguien que después de diez horas permanezca igual, albergue los mismos pensamientos, ideas y actitud que diez horas antes, no puedo mirar sin sospechar a alguien que sea capaz de sonreír durante diez horas seguidas, hipocresía implicada, falsedad, inciertas intenciones, o simplemente que no hay mente, no hay pensamiento, simplemente máquina, estoy rodeado de robots, soy la única persona normal en la habitación.

Ocurrencia

Lo difícil que es encontrar a una persona de mi generación, alguien que no sea un adolescente, un ser cuyo momento de lucidez se halló en las postrimerías de los treinta, y que ahora viva de las rentas, un ente que no abogue por el culto a la juventud cuando está claro que su camino vuelva hacia la madurez, un tardotreintañero que fue original en su momento, consecuente consigo mismo, en los treinta, pero que ahora en la decadencia y en el horror a la vejez, a la muerte y al vacío, se empeñe en comportarse como un adolescente, con lo aburridos que son los adolescentes, lo sé por experiencia propia que trabajo treinta horas a la semana con ellos, donde todo signo de rebeldía es acometido por presión social, porque el resto observa, todavía no son ellos mismos, sino las personas que los demás buscan que sean, huyen de responsabilidades, son corruptos, aprovechados, no razonan, reconocen en los adultos a sus enemigos, y lo difícil que es no ser así, que es crecer y no aterrorizarse, que surjan las arrugas y retroceder atrás en huida hacia el pasado, procurar no recordar los errores, ser desenvuelto, aparentamente aleatorio, disolver la memoria que podamos tener, no tener remembranzas, una vida por definirse, volver a ser un adolescente sin preocupaciones, en el fondo la adolescencia como una suerte de vejez prematura.

Casualidad

Me criticas porque parezco enamorarme de cualquiera, porque me lanzo a la primera que parece hacerme caso, a quien la casualidad me poner por delante, sin tener un gusto definido, un modelo de persona con el que clasificarme. Si yo te hablara sobre la fuerza de la casualidad, acerca de las cientos de mujeres con las que me cruzo todos los días, a las que miro y ellas me miran, sin deseo o con él, y no sucede nada, no se entabla más allá de la luz que fluye y se desvanece. De repente una entre cien o entre mil con la que surge una conversación, por un encontronazo, por coincidir en un evento, porque nos presenta un amigo común. De esas en cuantas no surge el interés, yo me aburro o ella lo hace por mí, no cuajamos, hay poco de lo que podamos charlar, los especiales y selectivos que nos hemos vuelto, que le guste Star Wars, la literatura, los cómics, las series, que no se asuste ante un tertulia filosófica, ante una discusión sobre cine. A lo cual hay que sumar la edad, o que exista siquiera un mínimo tilín. Por si fuera poco la probabilidad de que nos encontremos en el momento propicio e idóneo para desear entablar una relación. Entonces, ¿qué haces criticándome? El destino nos ha hecho coincidir. Diría eso si creyera en el destino, pero todo es oportunidad.

Buena memoria

Puedo viajar y viajo. Lo hago por placer, no por necesidad. En esto me distingo por ejemplo de mis abuelos y de otros antepasados que no alcanzaron a residir en esta época de conformismo y comodidad. Si me he desplazado no ha sido forzado por las circunstancias, ni como emigrante en pos de mejorar mis condiciones, para poder alimentar a mi familia, para sobrevivir.  No me he visto en la tesitura de ser perseguido o vilipendiado. Tampoco nadie me ha exiliado, me ha expulsado de mi casa. Simplemente tengo un coche y he decidido moverme por sistema. Y curiosamente, yo que puedo viajar, he elegido como destino los parajes de los que mi ancestros tanto hubieran gustado escapar. El medio rural, la campiña, aquello lejos de lo urbano, el territorio despoblado y exento de estímulos. Lo exótico no me incita, no llama mi atención. He visto demasiadas revistas y documentales, y simplemente no me emocionan. Quizás se trate de esa sensación tan ampliamente compartida por tantos de mis coetáneos, de que me falta realidad. Lo exótico y lo novedoso no me emociona. Me ata el recuerdo, las remembranzas atávicas. La granja de mis abuelos, los gatos en el patio, los aperos de labranza en el doblado, las cochiqueras, los perros atados en la entrada, el huerto, el pozo, las encinas. El paisaje me ata.  Hay quien dice que es porque tengo muy buena memoria. Los seres con memoria encuentran la belleza en lo que han vivido, los individuos con mala han de buscarla en lo nuevo. No sé si será cierto, pero como Camilo José Cela no me hace falta viajar al extranjero. Me basta con lo que tengo alrededor.

Premoniciones/Intuiciones

– Vas demasiado aprisa- se queja la mujer en el asiento del copiloto.

– Perdona, no me he dado cuenta.

– Heriberto, ¿has bebido? Te noto más precipitado al volante.

– No, no he tomado gota. Solo que… supongo que estoy un poco nervioso.

La mujer sonríe y le acaricia suavemente la rodilla. Es atractiva, en mitad de la treintena, delgada, los pechos como el trasero pequeños y redondos, el pelo liso, teñido de castaño cobrizo, cortado sobre los hombros, el rostro ovalado y los ojos almendrados. En esos momentos se dispone ataviada con vaqueros, zapatos negros con tacón ancho y una blusa gris oscuro.

– Yo también lo estoy. No te vayas a creer que hago esto todos los días.

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