Turista de masas

El turista viaja a los iconos de su infancia para deprimirse. Lo que en su época fue auténtico, con muebles avejentados, las cajoneras clasificadoras de cuando no había ordenadores, los camareros cumpliendo su función de acuerdo a las costumbres del lugar, los edificios a los que se dejaba envejecer por la lluvia y el paso del tiempo, ahora ha pasado a ser no más que un parque de atracciones, con los antiguos establecimientos cerrados, los letreros de las tiendas comunes a cualquier parte del mundo refulgiendo, la turba que lo ocupa todo, cola tras cola, los precios por las nubes, si quieres hacer una foto no tendrás más remedio que hacérsela a la masa, la fotografía de un monumento, cuando crees que no va a pasar nadie, de repente la sorpresa y se convierte en el retrato de un guiri anglosajón desconocido que se ha metido en la plaza.

Sigue leyendo

Anuncios

La canción de Cazarrabo. Tad Williams

Con el calor mi gata acoge posiciones inverosímiles buscando el fresco. La miro, y aunque “La canción de Cazarrabo” va sobre felinos difícilmente la contemplo como uno de los personajes de esta novela de 1985. Que yo sepa nunca ha estado en una pradera, nunca ha recorrido la espesura de un bosque, o cruzado un río tempestuoso, ni ha necesitado cazar pájaros, topillos o ardillas. Mi gata, a tenor de esta obra, ha dejado de ser salvaje. Pertenece a ese rango de la raza felina domesticado por Ma’an, ha dejado de ser una cazadora, una guerrera.

Sigue leyendo

La ciudad de los mil planetas

Para alguien que lleva opinando durante años que el cómic francés, al menos el de ciencia ficción, es mucho más imaginativo, interesante y creativo que el americano, sobresaturado de tanto superhéroe, Valerian supone un soplo de aire fresco. O la amas o la odias, es lo que dicen las críticas. Por mi parte ni lo uno ni lo otro. Como he dicho en alguna otra ocasión: me gusta, me podria haber gustado más. Su principal baza es el escenario, la ciudad de los mil planetas.  Los personajes, ni fu ni fa. La historia, ahora hablaré de ella. El escenario. Un lugar donde prácticamente casi todas las civilizaciones de la galaxia, conviven tras entrar en contacto y forman parte de una experiencia colectiva común. La manera de tratar la diversidad de Luc Besson sobrepasa en calidad, en texturas, en credibilidad, en variedad, en imaginación, a todo lo que hayamos visto de Star Wars. Valerian supera a la Guerra de las Galaxias en ese sentido. La ciudad de los mil planetas sobrepasa, y en mucho, tanto que uno llega a odiar todavía más a George Lucas y a la segunda trilogía (la digital, la que según el desarrollo narrativo es la primera), a la imaginería de Coruscant. Uno llega a creerse más lo que ve en ese universo francés que en la fantasmagoria estadounidense.

Sin embargo, su fallo es la historia. Ahí todavía la primera trilogía de Star Wars (la de los ochenta) se lleva el galardón. El argumento de Valerian es desesperantemente buenista. Tienen una ciudad de los mil planetas, donde cada especie es, si cabe, más corrupta y malvada que la anterior, y la trama concluye en un alarde de pureza y de brillantez moral que provoca dentera. Con unos personajes tan perfectos, una raza que da tanto asco de lo brillante, infantil, ingenua, inocente, radiante y perfecta que es, que es lo que hasta cierto punto estropea la película. un poco más de cine negro, un poco más de contrabandistas y de bandidos. Menos edulcoramiento, menos hablar de amor y de poesía barata así por la cara, por favor.

En cualquier caso, Valerian mejor que cualquier refrito de superhéroes yankis que se pueda contemplar este verano

Elling. Invarg Ambjorsen

De ampliar fronteras va este escrito. “Elling, Hermanos de Sangre”, el primer volumen de una tetralogía acerca de uno de los personajes más famosos, entrañables y carismáticos de la literatura noruega, un verdadero fenómeno en su país, casi a la altura de lo que el buen soldado Svejk supone para la República Checa. Y sin embargo, por mi persona supe de esta novela casi por casualidad. Nadie me había hablado antes. Leí un poco por encima la sinopsis y me atreví. Pues eso, de ampliar fronteras va la cosa, de conocer otras culturas.

Elling es un chico con una gran imaginación que casi pudiera tildarse de paranoico, enfermizo e hipocondríaco. Tiene un compañero, Kjell Bjarne, con el que convive siendo ambos receptores de una paga del Estado y de un piso tutelado. Sendas líneas vitales albergan sus similitudes, una infancia aislados del mundo, sobreprotegido el uno, maltratado y abandonado el otro. Ahora deben enfrentarse a la vida, a las novedades, al exterior, a las calles de una gran urbe, a los celos, al amor.

Se supone que es una comedia. A mí no me ha parecido tal, quizás por lo que me toca, y por el panorama por el que muevo día a día. Puedo considerar que es una comedia del mismo modo que “Los renglones torcidos de Dios” me lo llega a ser. En todo caso, una lectura amable, amena, entretenida. Dos amigos con ansiedad social dispuestos a ampliar su círculo, a traspasar las fronteras de lo que han sido hasta el momento sus vivencias cotidianas. Aprendizaje a base de ensayo y error, con fallos memorables, el mundo que no satisface la lógica, ni tampoco se corresponde a la imagen de lo que uno ha contemplado en el cine y en la televisión. Una crítica de lo que van viendo y van encontrando, a veces descarnada, otras irónica, en ocasiones absurda y desmesurada. Amistades a base de encontronazos, funestos algunos, afortunados otros, la cara amable y estresante de la convivencia en sociedad. El trasunto es cómico. Aunque, repito, puedo reconocer tantos comportamientos de Elling y su camarada Kjell Bjarne en personas de mi entorno que no me lo tomo como comedia, sino casi como análisis empírico.

Ballena II

Es sencillo comprender lo que sucede, el autor se harta de palabras vanas, de que nadie lo lea, ya no por falta de calidad, o de interés, es simplemente sobresaturación, televisión, radio, satélite, Internet, pura inercia, no ser conocido provoca el aislamiento, si hasta su familia cabecea con solo tomar el manuscrito, o en los juegos de rol, preparar partidas para no tener jugadores, excusas, excusas, falta de tiempo, el nombre sumido en la ignorancia, ni un triste fallecimiento podrá sacarlo del olvido, el autor ya no encuentra ánimos, puede argumentar, lo hago por afición, por propio gusto, por Mor de ser creativo, mas se vuelve más sencillo imaginar y no dejar por escrito, elucubrar y no componer, no organizar, porque para qué, tumbarse en la cama, tal cual ballena varada, y dejar que las grasas de la molicie se extiendan, se tornen pliegues de piel alrededor de la cabeza, el cerebro se aplana, se vuelve sabana en vez de hemisferios, el pensamiento alisado, horizontalizado, llanura inerte y no valle, páramo en lugar de cordillera, es menos fatigoso abandonarse a la asfixia que batallar, resoplar que levantarse, si al menos hubiera pequeñas victorias, éxitos esporádicos, eso es lo que le falta al autor, una esperanza limitada, pero no son tiempos proclives ni para el autoengaño.

Dunkerque. Christopher Nolan

Tiempo perdido, eso es lo que se puede argumentar de Dunkerque, una pérdida de tiempo.

Christopher Nolan, inventor de mundos, uno de los pocos que ha sido capaz de ofrecer en la última década algo que no esté manido o repetido hasta la saciedad, desarrollador de lenguajes y de mundos inexplorados. Con Origen creó una nueva mitología contemporánea. Con Interstellar, ya, sí, larga y aburrida como ella sola. Pero la exploración espacial realista, los agujeros negros, los colores primarios, los tempanos de hielo, todo. O Memento. O la renovación del cómic de superhéroes que desafortunadamente no ha calado en el resto del universo cinematográfico. Ese Joker a la altura de Frank Miller.

Y de repente a Nolan le da por hacer una película bélica. Lo dicho, dos años perdidos de la vida de un gran creador. Tiempo perdido. La primera vez que vi el trailer de la cinta me eché las manos a la cabeza. No puede ser. Acudo a las salas y me repito e insisto: No puede ser. Esa sensiblería bélica de fondo, esa glorificación de la valentía y de la entrega, justificado porque supuestamente se lucha contra el mal, contra un enemigo que es el demonio mismo. Con “La delgada línea roja” el cine bélico tendría que haberse extinguido. Muy buena fotografía, excelente desarrollo de la trama. Y sin embargo, nada nuevo bajo el sol. La enervante musica de fondo, como el sonido del motor de un submarino. Hora y media en esa tesitura resulta insoportable. O lo predecible de la trama, en los primeros minutos de cada línea argumental ya se adivina de qué manera va a concluir. Así como falta de medios. Esas líneas raquíticas de soldados, ¿dónde se vislumbra ahí los cuatrocientos mil militares embolsados? ¿O las cuarenta mil víctimas de la conflagración? Y, ¿tres aviones spitfire? ¿Una película bélica con solo tres aviones contra todo el potencial nazi? Ves una fotografía real de la batalla, una en blanco y negro, borrosa, con el granulado y el paso del tiempo que se nota, y Dunkirk, de Christopher Nolan, se queda en pañales. Un espectáculo de autor. La prensa la proclama como la gran película de Nolan, se ve que a los críticos no les gusta la ciencia ficción ni los superhéroes, su quehacer sobra de engreimiento y peca de falta de imaginación; porque ese es el punto álgido de este título, la reputación del director, porque por lo demás un espectáculo fallido.