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Peugeot 1007. ¿Un clásico del siglo XXI?

En su día llegué a odiarlo. Los problemas que me proporcionaba siendo un inexperto conductor. Está catalogado como uno de los mayores fiascos en el sector de la automovilística del siglo XXI, un desastre para Peugeot casi como lo ha supuesto la emisión de gases para Volkswagen. Pero tras nueve años de tenerlo en dique seco en un garaje y después de rehabilitarlo, y de arreglar ciertos problemas que en tiempos tenía, me doy cuenta que el Peugeot 1007, con su pequeño tamaño, con sus puertas correderas antes automáticas que ahora he reconvertido en manuales, con su gran altura y amplio espacio para el conductor, que podría tratarse de uno de esos formatos descatalogados, como en su día fue el Mini, o el 600, o el 4L, que pueden llegar a revalorizarse con el tiempo. Voy por la calle y no dejo de verlos, no se hallan en completo desuso. Son originales, reconocibles, llaman la atención, singulares. Algunos analistas indican que ojalá desaparezca en diez años, que fue un concepto mal pensado. Pero el otro día conduciendo me imagine comprándome un coche nuevo, cavilando en otro modelo, y no fui capaz de pensar que otro vehículo que pueda resultar tan cómodo, tan versátil, y tan adaptado a mis necesidades específicas como este. De tal modo que concluí, ¿por qué no? El formato es el idóneo, por lo que cuando se le estropee el motor, cambiaré el motor, cuando sea el embrague pues mandaré arreglar el embrague, cuando los sillones enmohezcan, la solución será tunear el interior. En definitivas cuentas, cada vez que reflexiono me cuesta desembarazarme más de mi clásico del siglo XXI.

Nocturnidad

A veces uno se cansa de conducir a solas, sin nadie con el que compartir gastos, con el que poder conversar, cantar, producir verdaderos silencios. Especialmente en la carretera de noche, con la multitud de coches viniendo de frente, con los locos que se atreven a adelantar en plena nocturnidad, sin poder poner las largas, con tu universo limitado a la distancia corta, con la incertidumbre de saber cómo será la siguiente curva. Es extraño, pero es de las pocas veces que estando en la carretera me siento solo, como si me faltara algo. Por ejemplo, el paisaje. Es la rara certeza y desazón de que paisaje y convivencia con los demás no cuajan, o una u otra, cuando disfrutas de una olvídate de la otra, inmiscibles, incompatibles, o esa circunstancia que dicen de los hombres que no podemos hacer dos cosas a la vez. Por contra las mujeres. Posiblemente por esto, en su día cuando compartía el Cabo de Gata con esa otra persona, era siempre ella la que delante del barranco, en la cala, en la playa de piedrecitas, ante la marea que bajaba y subía suave, se inclinaba para darme un beso o para acariciarme la nuca o el brazo.

Quizás por eso me perturba tanto conducir de noche, porque recuerdo, añoro, la intranquilidad me retrotrae tu memoria.