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El Oeste

El argumento de “El Oeste” se resume en la siguiente frase: “El relato de las peripecias de la tripulación del Hathórica, el primer barco fenicio que viajó a través del Mediterráneo hasta las costas de la Península Ibérica, y de lo que les aconteció allí”.

Se ha intentado que los topónimos se correspondan a los términos que se empleaban en la época. Así Gubla es la ciudad fenicia de Byblos; Kemet es Egipto y los Kemettuay los egipcios; Ilión, o Ilios, es Troya; Caftor, Kitim, Tanaya, el Iteru, Sardinia, Shikala, la isla Corcávina, los montes Haemus, o la isla de Ostra son, respectivamente, Creta, Chipre, la Grecia continental, el río Nilo, Cerdeña, Sicilia, Gran Bretaña, los Balcánes y Lampedusa. Aparte, el Promontorio Sacro es el Cabo de San Vicente, las Columnas del Océano el estrecho de Gibraltar, La punta de Sur se reconoce como Tarifa, Antigua es Antequera, el río Patos el Guadiana, el Baites el Guadalquivir, el Iberus el río Tinto y el Gran Promontorio el Cabo de Roca. El resto de nombres pienso que son fáciles de adivinar por el contexto.

Al final del libro se recogen dos apéndices. El primero referido a los tripulantes del Hathórica. El segundo respecto a las personas que se encontraron en su destino, especialmente mujeres.

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Un clavo

Tienes derecho a aferrarte a un clavo ardiendo,

tienes derecho a no avergonzarte a la hora de buscar compañía,

a pedir auxilio cuando las lágrimas te acogotan,

a clamar por salvar la distancia cuando te ves solitario sobre el precipicio;

si los demás se alejan, por cobardía,

simplemente porque no les interesa,

o por el miedo a sustraerse a su propio desarraigo,

es otra circunstancia;

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Mi casa, mi monasterio

En cama a las siete de la tarde, enfermo o resfriado, podría ser. Pero no, por contra acosado por otro tipo de malestar; agotado por la presión, por el estrés social. En parte es culpa mía porque en su época quise acercarme, pretendí abrirme, y ahora tengo que lidiar con la imagen que en su momento creé. Resulta que la gente se molesta si me aparto, si no correspondo a esa naturaleza aparente cuando no es la mía, me lanzan indirectas si no voy a su casa, son capciosos, piensan que estoy molesto con ellos. Estoy molesto con ellos. Un palabra más adecuada sería decepcionado. No obstante, sigo diciendo, es culpa mía, porque me hice ilusiones, nuevamente como sucede año tras año me generé expectativas, me abandoné a la esperanza. Forjé grupos, desarrollé sociedades, cuando odio los grupos, cuando soy en exceso sensible a los ruidos, a los comentarios, a la cháchara sin fin alguno, a los gestos, a cualquier clase de gesto. Parece que no me entero, que ando despistado, pero no, me entero, y si me vislumbran con aire despistado y ausente es porque ya ando saturado, o trato de apartarme. Odio los grupos. Si me acerco a los grupos es porque espero encontrar a una persona, a una sola, a la que mirar a los ojos. Sin embargo, todavía recuerdo a esa gentil criatura que cuando le susurré como quien no quiere la cosa: “Estoy aquí para conocerte”, me respondió: “Me caes genial, y seguro que este año entre todos formamos un grupo muy apañado”. La gente adora los grupos, yo si voy es para conocer a una persona. El resultado es la saturación. No quiero visitaros, no quiero ir a vuestra casa. Si lo hago es porque, aunque aborrezco los grupos, temo el ostracismo. Ando allí casi por obligación. No deseo convivir. Quiero estar en mi casa, mi paz, mi tranquilidad, mi monasterio, mi reflexión, mi refugio.

Sequía

Hay quien solo sabe de naturaleza por los bichos muertos en la carretera. Hay quien observa la sequía, el calor a estas alturas del año, y se congratula con que puede ir a la playa a tomar el sol como si fuera verano.

En la habitación estamos concentrados en torno a la mesa, observando el parte meteorológico. La conversación se apaga conforme la presentadora informa que todo transcurre sin cambios. Ni una gota de lluvia, las altas presiones siguen acogotando la Península, los vientos no acuden, las temperaturas se mantienen e incluso en algunas partes suben. Mi padre toma el mando y apaga la pantalla plana, mis hermanos rumian la comida y no dicen nada. Mi madre traga saliva y se acerca al estante para mirar los libros.

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