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Ballena

Un motivo para levantarme de la cama, 

tan sencillo y 

tan difícil 

como eso, 

algo que desaliente el desaliento, 

que engañe al desengaño, 

que hilvane hilo al nihilismo; 

seguiré respirando por inercia, 

mirando al techo por reparo, 

la mente en blanco por sistema, 

en mi habitación repleta de recuerdos,

pero a quien lo ha visto todo, 

¿que le queda?

Asfixiándose tal cual ballena varada.

Bestiario tropical. Alfredo Iriarte

Compendio de barrabasadas e iniquidades. Anecdotario terrorífico y catastrófico. La democracia, si por algo es un sistema más justo que otros, es porque nos defiende de las consecuencias de la locura que una sola persona pueda contener. Cuanto esto último sucede, cuando un único ser con sus rarezas, obsesiones y desvaríos, logra deformar y conformar el Estado a su semejanza, por mucho que haya podido ser elegido democráticamente y que diga actuar en aras del pueblo, es cuando nos alejamos del gobierno del pueblo y nos acercamos a una dictadura. O simplemente a algo que no es democracia. El sistema debe controlar las decisiones del gobernante, confirmar que estas no se alejan demasiado de la lógica, de la tendencia hacia el bien común. Y evitar que de repente surja un Leónidas, un Maximiliano, un Anastasio, que se enriquezca a costa del país, asesine a troche y moche, y configure una situación donde sus perversiones personales (sexuales, sádicas, carniceras) sea contempladas como la norma. Bestiario Tropical puede ser considerado un anecdotario de los peores dictadores de América Latina. Mejor dicho, no los peores, sino los más dementes y degenerados. Da pábulo al horror de concebir que solamente una personalidad semejante pueda volver a gobernar.

El malentendido. Albert Camus

Obra de teatro que se lee como una novela corta. De lenguaje recursivo, empalagoso a ratos, sorprendentemente decimonónico para un premio Nobel del siglo XX, con conversaciones sobrecargadas de largas intervenciones y de soliloquios.

Sobre el lenguaje, que no llama la atención, lo que merece la pena resaltar es la trama que es inquietante y repleta de angustia. Prácticamente desde el primer acto y medio se adivina cuál va a ser el guión general y cuál va a ser el final. Aún de este modo engancha. Uno dice: No puedo creer que vaya a suceder así, no puedo aceptar que se enzarce en ocurrir de ese modo, no puedo concebir que la conclusión sea la que me imagino. La obra te agarra, no te deja soltarla. De algún modo es la esperanza de equivocarte lo que te hace proseguir, leyéndola con el texto en la mano, u observándola representada en la butaca. Esa esperanza a que el argumento se desarrolle de un modo distinto no desaparece por mil veces que la leas o que asistas al teatro, pugnando, rezando, porque de repente la narración cambie, porque la tragedia no acabe siendo una tragedia. ¿Y por qué no? ¿Qué es lo que lo impide? El miedo, el terror al absurdo existencial. El pánico a que todo sea una mentira, una ficción. Los resquemores que en el yo este document despierta. Estoy bien, pero podría dejar de estarlo; vivo en un mundo cómodo, pero cabe la posibilidad de que no sea más que un engaño; tengo deseos, pero perfectamente podría transmutarlos por otros; tengo la esperanza de que mis desvelos me lleven por el sendero de la fortuna, mas ¿y si surge que me topo de bruces con una bifurcación? O con un callejón sin salida. Estoy vivo, existo. Ahora bien, eso, ¿qué significa?