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Casualidad

Me criticas porque parezco enamorarme de cualquiera, porque me lanzo a la primera que parece hacerme caso, a quien la casualidad me poner por delante, sin tener un gusto definido, un modelo de persona con el que clasificarme. Si yo te hablara sobre la fuerza de la casualidad, acerca de las cientos de mujeres con las que me cruzo todos los días, a las que miro y ellas me miran, sin deseo o con él, y no sucede nada, no se entabla más allá de la luz que fluye y se desvanece. De repente una entre cien o entre mil con la que surge una conversación, por un encontronazo, por coincidir en un evento, porque nos presenta un amigo común. De esas en cuantas no surge el interés, yo me aburro o ella lo hace por mí, no cuajamos, hay poco de lo que podamos charlar, los especiales y selectivos que nos hemos vuelto, que le guste Star Wars, la literatura, los cómics, las series, que no se asuste ante un tertulia filosófica, ante una discusión sobre cine. A lo cual hay que sumar la edad, o que exista siquiera un mínimo tilín. Por si fuera poco la probabilidad de que nos encontremos en el momento propicio e idóneo para desear entablar una relación. Entonces, ¿qué haces criticándome? El destino nos ha hecho coincidir. Diría eso si creyera en el destino, pero todo es oportunidad.

El vendedor de pasados. José Eduardo Agualusa

Una lectura fragante, repleta de colorido y de sabores. Pasas las páginas y las remembranzas brotan, desde un mundo en el que nunca has vivido pero en el que podrías haberlo hecho, de aroma a fruta fresca, a jugos de los trópicos, a calor y a la humedad bajo los mangos, a canícula y a sombra providencial. Novela surtida de resplandores exuberantes, de historias que se desarrollan y extienden como las raíces de un árbol gigante, de pasados inventados pero que se vuelven reales, de recuerdos insertados porque son más intrincados y hermosos que la propia realidad. “El vendedor de pasados” no es una obra de grandes escenarios. Todo se enlaza y desenlaza en una única sala, un único salón desde donde un réptil en primera persona observa. El lenguaje es evocador con matices sutiles, con descripciones escuetas pero que de repente se enriquecen con metáforas ligeras y sugerentes, como la languidez de una mulata. Algo tiene de mágico “El vendedor de pasados” que se respira la atmósfera, que nunca antes había pensado en residir en Angola, mas de pronto es como si hubiera estado allí. Puede ser que porque todas las sombras bajo el sol tórrido protegen la misma esencia, de sencillez, de nostalgia, de acumulación de enseres y de recuerdos. La novela se enmarca en un presente no demasiado lejano, sin embargo como si estuviera describiendo un universo surgido hace cincuenta años. La calidad de esta novela se reconoce es que nos vende un presente como si fuera un pasado.