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Bestiario tropical. Alfredo Iriarte

Compendio de barrabasadas e iniquidades. Anecdotario terrorífico y catastrófico. La democracia, si por algo es un sistema más justo que otros, es porque nos defiende de las consecuencias de la locura que una sola persona pueda contener. Cuanto esto último sucede, cuando un único ser con sus rarezas, obsesiones y desvaríos, logra deformar y conformar el Estado a su semejanza, por mucho que haya podido ser elegido democráticamente y que diga actuar en aras del pueblo, es cuando nos alejamos del gobierno del pueblo y nos acercamos a una dictadura. O simplemente a algo que no es democracia. El sistema debe controlar las decisiones del gobernante, confirmar que estas no se alejan demasiado de la lógica, de la tendencia hacia el bien común. Y evitar que de repente surja un Leónidas, un Maximiliano, un Anastasio, que se enriquezca a costa del país, asesine a troche y moche, y configure una situación donde sus perversiones personales (sexuales, sádicas, carniceras) sea contempladas como la norma. Bestiario Tropical puede ser considerado un anecdotario de los peores dictadores de América Latina. Mejor dicho, no los peores, sino los más dementes y degenerados. Da pábulo al horror de concebir que solamente una personalidad semejante pueda volver a gobernar.

Los disparos del cazador. Rafael Chirbes

Rafael Chirbes es un autor de una gran capacidad de despliegue. Acepto críticas en este sentido en cuanto a que solo he echado mano de dos de sus obras, la presente que adjetivo y “Crematorio”.

Como no puedo comparar con terceras, las coincidencias entre ambos títulos son palpables y me hacen definir: Chirbes escribe desplegando. Primera persona, discurso arrollador, frase a frase, cada oración es una sentencia, declama un rasgo definitorio del personaje que discurre. Chirbes no concibe la estructura de la novela con anterioridad, sino que la forja conforme su pluma rasga el papel. Cada frase conduce a la siguiente, y es una consecuencia inmediata de la anterior. En este proceso, toda oración resulta necesaria, nada es superfluo. Chirbes es un gran empatista, un solemne definidor de caracteres. Incluso en sus contradicciones Chirbes acierta. En cierto momento la piedad y la compasión hacen mella del protagonista, recuerda a ciertos sujetos de pasado con cariño, hasta con comprensión. Pero después es duro, mezquino, destructivo. Chirbes no redacta sus obras con una estructura previa, sino con personajes previos. Sabe como quiere que estos sean, los tiene perfectamente conformados en su cabeza, y el discurso, el devenir de la novela, es ante todo despliegue.

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El bar. Alex de la Iglesia

Me ha gustado. Podría haberme gustado más. Mirando las críticas en los distintos medios, muchos autores recalcan como error garrafal el último cuarto de hora. Coincido en el trasunto, aunque no en las conclusiones sobre por qué ese tercio final resulta enervante. Hay quien habla de agotamiento de un tipo de cine, de la decadencia de un gran cineasta. Prefiero estar de acuerdo con aquellos que esgrimen más bien que al guión le han faltado horas, tiempo de reflexión y de desarrollo.

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Gottland. Mariusz Szczygiel

Novela de no ficción, el género sin duda que ha estallado y que ante todo ha despuntado en el siglo XXI. Difícilmente recuerdo novelas de no ficción anteriores al 2000, o al menos a los noventa. Las hubo. Ahí estaban Bukowski o Miller. Sin embargo, no con la crudeza de estas últimas sagas, no necesariamente autobiográficas, o donde la autobiografía no fuera el hilo conductor. Gottland es la obra de un escritor polaco de nombre impronunciable y que incluso cuesta deletrear y redactar, sobre un país que no es el suyo, la República Checa, pero que podría ser el suyo. Podría ser el de todos. Gottland es la novela de no ficción, un relato de historia narrativa, sobre un conjunto de personajes como representantes de un país durante el siglo XX. Gottland nace con el capitalismo de una fábrica de zapatos, se codea con el nazismo hitleriano de la 2º Guerra Mundial, y adquiere su madurez y trasfondo principal en la fase comunista. Gottland no es un libro de historia, sino de bocetos biográficos. El resto, los huecos entre vivencia y vivencia, hay que irlos rellenando. Con imaginación. ¿Qué consejo ofrecer sobre esto? ¿Cómo lucubrar lo que ocurrió entre personaje y personaje? ¿De qué manera enlazar la bitácora del zapatero Bata con quien construyó el monumento a Stalin más grande del mundo en Praga? Es fácil, no confíes en la humanidad como un lugar donde alguien pueda ser feliz, no vayas con esperanza y buenas intenciones, sino con ánimo rebelde y contestatario. Piensa mal, en las millones de maneras como un ser humano puede convertir a otro en esclavo, y acertarás.

El viajante

La película ganadora a los Óscar de este año. Antes de ver la cinta, al revisar la sinopsis, se puede pensar mal por el galardón concedido, porque es políticamente correcto, porque por un lado es una película iraní y a saber si el jurado de la Academia se lo ha otorgado por ir en contra de Donald Trump, y en segundo lugar porque los protagonistas son actores en la representación de “El viajante” de Arthur Miller. Esto es, una obra de teatro norteamericana.

Entonces vas a verla y sí, está bien realizada, Asghar Farhadi mantiene el pulso narrativo, es muy dura, produce extrañeza, un choque cultural, huele a censura porque muchas emociones, muchos actos de consuelo de los que cabría esperar no se realizan, a saber si porque había un puño censor tachando frases y acciones del guión aquí y allá, te conmiseras sobre la situación de la mujer en el mundo islámico (y eso que Irán, aparentemente, es de los países más progresistas), te escandalizas y apenas por la prepotencia de los hombres (aún los más cultos y adelantados). Sin embargo, termina la grabación, sales del cine, y dices: “De acuerdo, pero eso no quita que se haga pesada a ratos y que “Todo sobre mi madre” fuera mejor”. O mismamente este año, la filmación vintage y decimonónica de “Frantz”. Película extranjera, europea, más interesante y removedora que “El viajante”.

El gato que venía del cielo. Takashi Hiraide

Una pareja que huye de la especulación inmobiliaria hacia un suburbio ajardinado, relacionada con el mundo del arte y de la cultura. Han cumplido una edad en la que ya no quieren tener hijos, están aburridos, los días pasan, hasta que de un momento a otro el gato de los vecinos, un animal del que no son dueños, ni del que se consideran dueños, aparece en el jardín, y eso cambia su mundo. La relación con el felino los vuelve más humanos, más amables, nunca han conocido un animal como ese. Su presencia da sentido a la existencia cotidiana.

La literatura japonesa a veces produce extrañeza. Alguien podría decir que se trata del choque cultural. No creo que sea solamente cultura. Las reacciones de los personajes, en este caso una historia autobiográfica, o son nimias e inapreciables, o son desproporcionadas. No hay término medio. Las reacciones de los personajes de las novelas japonesas difícilmente otorgan la apariencia de lo que pudiéramos cavilar como razonable. No quiero pensar que se trate de algo cultural, porque eso sería como decir que la cultura japonesa es una cultura de inadaptados emocionales. Porque la trama y los comportamientos parecen ser los de niños que están aprendiendo a vivir, agrupaciones de seres con Asperger que poco a poco van entendiendo qué es eso de la sociedad humana.

Pero por eso mismo una novela como esta emociona más e interesa más. El amor que se puede sentir hacia un animal, un animal que no es como un perro, indvidual, independente, pero único e irrepetible, la perla que descansa en las entrañas de un pequeño ser. Pocas veces como en esta novela he leído lo que verdaderamente significa estar con un gato, la relación con un felino, un ser por otro lado tan especial que acaba salvándote. Lo sé porque lo he vivido. En su momento una gata me salvó. Es por esto que a pesar de la extrañeza y de la incomprensión en algunos tramos no puedo dejar de recomendar “El gato que venía de cielo”.

Forma y complejidad 10

Un tercer tipo de transducción es aquel que se define a través de los “rastros”. Su denominación es transducción “de impronta” en cuanto que la información que se refiere a la forma, en este caso, no es un modelo de la forma, una transcripción de su naturaleza, o algo que permite reproducirla. Sino una consecuencia de la impronta que dicha forma ejerce como resultado de sus relaciones sobre el entorno o sobre otras entidades. En otras palabras, una huella es un rastro que un ser deja al relacionarse. Un perfume, un aroma, es otro tipo de rastro. Igualmente un texto dejado en una pared. Incluso la luz que rebota en un objeto y es captada por el ojo.

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