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Piloto de guerra. Antoine de Saint Exupery

Novela narrada en primera persona, dos años antes del fallecimiento del autor durante una misión aérea, a un año de la publicación de su gran obra y por la que será recordado por los tiempos venideros, “El principito”. Mil novecientos cuarenta, el ejército francés es derrotado y embolsado en Dunquerque, las tropas alemanas avanzan hacia París, y los habitates de las localidades de la frontera belga abandonan sus casas y marchan en desbandada al sur. El ejército francés ha sido derrotado, del Estado Mayor prácticamente quedan los restos, pero los pilotos de la brigada de reconocimiento siguen volando y planeando sobre las zonas en conflicto para tomar fotografías y generar informes. ¿Para quién?, esa es la gran pregunta. A la velocidad con la que avanzan los alemanes, cuando las fotos lleguen a dónde tienen que llegar, o no habrá nadie para examinarlas o ya será demasiado tarde. Dos de cada tres misiones no regresan. El esfuerzo asemeja inútil. Pero aún así los aparatos despegan. De la novela cabe distinguir dos partes, separadas en algunos puntos y entrelazadas en otros. Una primera que relata los hechos, la misión, y una segunda que expone los argumentos por los cuales Antoine de Saint Exupery se debate: “Parece absurdo volar y exponerse a una muerte casi segura en estas condiciones, pero no lo es”. Esto es, una exposición de los ideales del autor, una elucubración sobre por qué, a pesar de los obstáculos, del contexto, de la futilidad, él saldrá una y otra vez al aire. La defensa del honor, de la honradez, de sus principios, de su preocupación por el ser humano, con una frase por la cual la libertad en una sociedad se vislumbra cuando la masa no prepondera ni aplasta al individuo.

Los disparos del cazador. Rafael Chirbes

Rafael Chirbes es un autor de una gran capacidad de despliegue. Acepto críticas en este sentido en cuanto a que solo he echado mano de dos de sus obras, la presente que adjetivo y “Crematorio”.

Como no puedo comparar con terceras, las coincidencias entre ambos títulos son palpables y me hacen definir: Chirbes escribe desplegando. Primera persona, discurso arrollador, frase a frase, cada oración es una sentencia, declama un rasgo definitorio del personaje que discurre. Chirbes no concibe la estructura de la novela con anterioridad, sino que la forja conforme su pluma rasga el papel. Cada frase conduce a la siguiente, y es una consecuencia inmediata de la anterior. En este proceso, toda oración resulta necesaria, nada es superfluo. Chirbes es un gran empatista, un solemne definidor de caracteres. Incluso en sus contradicciones Chirbes acierta. En cierto momento la piedad y la compasión hacen mella del protagonista, recuerda a ciertos sujetos de pasado con cariño, hasta con comprensión. Pero después es duro, mezquino, destructivo. Chirbes no redacta sus obras con una estructura previa, sino con personajes previos. Sabe como quiere que estos sean, los tiene perfectamente conformados en su cabeza, y el discurso, el devenir de la novela, es ante todo despliegue.

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Ocurrencia

Lo difícil que es encontrar a una persona de mi generación, alguien que no sea un adolescente, un ser cuyo momento de lucidez se halló en las postrimerías de los treinta, y que ahora viva de las rentas, un ente que no abogue por el culto a la juventud cuando está claro que su camino vuelva hacia la madurez, un tardotreintañero que fue original en su momento, consecuente consigo mismo, en los treinta, pero que ahora en la decadencia y en el horror a la vejez, a la muerte y al vacío, se empeñe en comportarse como un adolescente, con lo aburridos que son los adolescentes, lo sé por experiencia propia que trabajo treinta horas a la semana con ellos, donde todo signo de rebeldía es acometido por presión social, porque el resto observa, todavía no son ellos mismos, sino las personas que los demás buscan que sean, huyen de responsabilidades, son corruptos, aprovechados, no razonan, reconocen en los adultos a sus enemigos, y lo difícil que es no ser así, que es crecer y no aterrorizarse, que surjan las arrugas y retroceder atrás en huida hacia el pasado, procurar no recordar los errores, ser desenvuelto, aparentamente aleatorio, disolver la memoria que podamos tener, no tener remembranzas, una vida por definirse, volver a ser un adolescente sin preocupaciones, en el fondo la adolescencia como una suerte de vejez prematura.

El bar. Alex de la Iglesia

Me ha gustado. Podría haberme gustado más. Mirando las críticas en los distintos medios, muchos autores recalcan como error garrafal el último cuarto de hora. Coincido en el trasunto, aunque no en las conclusiones sobre por qué ese tercio final resulta enervante. Hay quien habla de agotamiento de un tipo de cine, de la decadencia de un gran cineasta. Prefiero estar de acuerdo con aquellos que esgrimen más bien que al guión le han faltado horas, tiempo de reflexión y de desarrollo.

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El final de la historia. Lydia Davis

Decía Lydia Davis, una famosa escritora de cuentos y relatos cortos, que de pasarse a la novela, su referente sería Sebald. Pues bien, compuso una novela titulada “El final de la historia” y hasta cierto punto su referente e inspiración ha sido W. G. Sebald. Novelista ya fallecido, uno de los autores más conocidos de la última década del siglo XX, con obras como Austerlitz o Los anillos de Saturno. La trama de sus escritos es marcadamente autobiográfica, o al menos el tono con el que escribe hace suponer que esté hablando de su propia biografía, en primera persona, interponiéndose como un protagonista de lo que observa. Sebald no organizaba sus textos en torno a capítulos, no rompía el discurso con una numeración o unos títulos. Sus descripciones se desarrollaban una detrás de otra sin guiones ni espacios en blanco. Era casi rapsódico. Se ponía a debatir tan pronto de la impresión que le habían producido los clientes de un hotel, como pasaba a describir acerca de la historia de un antiguo soldado que en su día habitó en ese hotel, como hacía alarde de erudición parlando de historia del arte informando sobre el arquitecto y los decoradores que construyeron ese edificio u otro de las cercanías. Y todo eso sin separaciones, de corrido, acompañando de fotografías. Saltaba de tiempo en tiempo, de época en época, sin un orden preciso. Únicamente guiándose por lo que requiriera la narración. El resultado era la constitución de una lectura minoritaria, prácticamente sin trama, sin un propósito, por el simple placer de la lectura. Como leer los pensamientos de un viajero, como imaginarse lo que puede estar discurriendo una persona sumida en sus sueños que dormita en el asiento de al lado en el tren. La función de la obra de Sebald era, más que narrar una historia, reconocerse en aquello que se describe.

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El viajante

La película ganadora a los Óscar de este año. Antes de ver la cinta, al revisar la sinopsis, se puede pensar mal por el galardón concedido, porque es políticamente correcto, porque por un lado es una película iraní y a saber si el jurado de la Academia se lo ha otorgado por ir en contra de Donald Trump, y en segundo lugar porque los protagonistas son actores en la representación de “El viajante” de Arthur Miller. Esto es, una obra de teatro norteamericana.

Entonces vas a verla y sí, está bien realizada, Asghar Farhadi mantiene el pulso narrativo, es muy dura, produce extrañeza, un choque cultural, huele a censura porque muchas emociones, muchos actos de consuelo de los que cabría esperar no se realizan, a saber si porque había un puño censor tachando frases y acciones del guión aquí y allá, te conmiseras sobre la situación de la mujer en el mundo islámico (y eso que Irán, aparentemente, es de los países más progresistas), te escandalizas y apenas por la prepotencia de los hombres (aún los más cultos y adelantados). Sin embargo, termina la grabación, sales del cine, y dices: “De acuerdo, pero eso no quita que se haga pesada a ratos y que “Todo sobre mi madre” fuera mejor”. O mismamente este año, la filmación vintage y decimonónica de “Frantz”. Película extranjera, europea, más interesante y removedora que “El viajante”.

El vendedor de naranjas. Fernando Fernán Gómez.

Las apariencias engañan y nunca mejor dicho en El vendedor de naranjas, de Fernando Fernán Gómez. No hace falta irse a las altas esferas políticas para encontrar corrupción. En todos los niveles entre pillos anda el juego. Por ejemplo, con la realización de una película en plena etapa franquista. “El vendedor de naranjas” es una novela corta, que se lee rápida, en una tarde o en poco más. No hay grandes personajes femeninos. Casi todo son masculinos. Casi todos los engaños se producen entre hombres. No hay descripción de interiores profundos, de sentimientos notables, pero sí de ansia por la supervivencia a toda costa. Los emprendedores a menudo deben entramparse, y lo hacen a viento y marea, engañando a quien tengan que engañar. Los negocios al final surgen como asuntos deslavazados, sin que se llegue a comprender al final cómo es posible que lleguen a buen término, o a la conclusión que sea. El vendedor de naranjas es una obra que se lee rápida, cómoda y fácil. Un trocito de lectura, de pensamiento, de amargura en algunos casos, de debilidad, ingenuidad y autoengaño.