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Evolucionad, evolucionad, malditos

Empieza a hacer calor, hasta yo me doy cuenta. Las cerraduras que no abren bien a causa de la dilatación, las moscas que ya no vuelan, las arañas que se agolpan en el cuarto de baño, tener que dejar abierto el grifo cinco minutos para que el agua llegue templada, los pájaros deshidratados en las cunetas. Da pena y agobio contemplar el mundo en esta tesitura. Como mis compañeros en la sala de profesores que a veces sin aviso previo se levantan en su sitios clamando: “Esto no puede ser. ¡Esto no puede ser!”, agitando los brazos como buscando atraer el fresquito tal cual peces boqueando.

Aún así me niego a poner el aire acondicionado. Me parece el invento del maligno, algo creado para terminar provocando el efecto contrario. Como en mi edificio, mis vecinos ponen el aire acondicionado supuestamente para dormir, pero el bloque se termina convirtiendo en una discoteca. El ruido grave del aparato del segundo, sumado al murmullo agudo del tercero, la plétora de sonidos en el patio, las tuberías que traquetean, el goteo del agua de condensación. ¿De verdad pretendéis conciliar el sueño? Para colmo, un aparato climatizador, un artilugio que mete aire frío en una habitación a costa de echar para afuera el aire caliente. En el patio las distintas emanaciones se condensan, la atmósfera se vuelve turbia, se electrifica, se siente que casi pudiera estallar una tormenta.

Admitidlo, el cambio climático ha comenzado y esto es solo el principio, solo puede ir a peor, así que u os acostumbraís, o perecéis en el intento, u os cargáis el mundo a base de miniclimas en los patios de vecinos. Do the evolution, baby. Evolucionad, evolucionad, malditos.

La ciudad perdida de Z

El cine se ha dejado inspirar por los hechos reales y ha creado mitos de ficción. La pregunta es, ahora que parece que la imaginación se ha agotado, si los personajes reales que inspiraron dichos mitos alcanzarán la misma sonoridad transportados al celuloide. Indiana Jones y Percy Fawcett. El segundo es un personaje histórico. Se enfrentó a la selva, a los mosquitos, a las serpientes, se las vio con tribus indígenas que a menudo recelaban de los recién llegados, tuvo que enfrentarse al hambre, a la enfermedad, a la locura. No obstante, no resulta tan espectacular como Indiana Jones. A fin de cuentas, se trató de un personaje real. Cuando los personajes reales mueren no suenan las campanas celestiales, no acuden los ángeles divinos a acogerlo, su cuerpo se vuelve frío, y punto. Que una serpiente venenosa y letal se te deslice por entre las piernas puede llegar a ser un momento crucial y definitivo en tu existencia; que una tribu de indígenas con sus primitivas costumbres te acoja es un milagro que pocos han vivido. Aún de este modo, no resulta tan impresionante como un hechicero que arranca el corazón a sus víctimas aún vivas con las manos. La falta de ideas de la industria del cine rescata a los personajes legendarios. Pero las leyendas a menudo se forjan no tanto en la realidad como en la imaginación de las gentes, en las narraciones posteriores. “La Ciudad perdida de Z” es una película entretenida, que mantiene el pulso, aunque, hay que avisar, de un ritmo lento como corresponde a una peripecia real, que refleja el hambre, el tedio, el silencio y la desesperación del desierto verde, todo es igual, todo es cansinamente verde y monótono, con unos pocos momentos de brío y acción trepidante, y ninguna víctima de manos del protagonista. No es Indiana Jones, y menos mal que no es Indiana Jones.

El gato que venía del cielo. Takashi Hiraide

Una pareja que huye de la especulación inmobiliaria hacia un suburbio ajardinado, relacionada con el mundo del arte y de la cultura. Han cumplido una edad en la que ya no quieren tener hijos, están aburridos, los días pasan, hasta que de un momento a otro el gato de los vecinos, un animal del que no son dueños, ni del que se consideran dueños, aparece en el jardín, y eso cambia su mundo. La relación con el felino los vuelve más humanos, más amables, nunca han conocido un animal como ese. Su presencia da sentido a la existencia cotidiana.

La literatura japonesa a veces produce extrañeza. Alguien podría decir que se trata del choque cultural. No creo que sea solamente cultura. Las reacciones de los personajes, en este caso una historia autobiográfica, o son nimias e inapreciables, o son desproporcionadas. No hay término medio. Las reacciones de los personajes de las novelas japonesas difícilmente otorgan la apariencia de lo que pudiéramos cavilar como razonable. No quiero pensar que se trate de algo cultural, porque eso sería como decir que la cultura japonesa es una cultura de inadaptados emocionales. Porque la trama y los comportamientos parecen ser los de niños que están aprendiendo a vivir, agrupaciones de seres con Asperger que poco a poco van entendiendo qué es eso de la sociedad humana.

Pero por eso mismo una novela como esta emociona más e interesa más. El amor que se puede sentir hacia un animal, un animal que no es como un perro, indvidual, independente, pero único e irrepetible, la perla que descansa en las entrañas de un pequeño ser. Pocas veces como en esta novela he leído lo que verdaderamente significa estar con un gato, la relación con un felino, un ser por otro lado tan especial que acaba salvándote. Lo sé porque lo he vivido. En su momento una gata me salvó. Es por esto que a pesar de la extrañeza y de la incomprensión en algunos tramos no puedo dejar de recomendar “El gato que venía de cielo”.

Los siete hijos de Simenon. Ramón Díaz Eterovic

Segundo libro del detective Heredia que leo tras “Muchos gatos para un solo crimen”. Los detectives no son superhéroes sino seres de carne y hueso. En Heredia hay mucho de Humphrey Bogart. Detective noir típico, con éxito entre las mujeres (a excepción de las que él desea), con un pasado atípico que lo ha marcado, invadido frecuentemente por la amargura, un investigador culto con frases para cada ocasión, capaz de pronunciar discursos grandilocuentes sobre lo vacuo, efímero y egocéntrico de la condición humana, con un cierto descreimiento y desesperanza en la bondad de la sociedad, sin embargo cuestiones que no le impiden cumplir con su cometido incorruptible y llegar al fondo del asunto. La narración del caso se confunde con demasiados otros trasfondos que como es común solo empiezan a resolverse hacia el tramo final. Si acaso un detalle que diferencia y distingue a este detective Heredia de otros es que posee un gato blanco, Simenon, con el que imagina que conversa y comparte datos del trasunto. Viva Simenon. Adoramos a Simenon. Como dijo Jacques Cocteau: “Prefiero los gatos a los perros porque no hay gatos policías”.

Forma y complejidad 07

La sucesión es la siguiente: de un objeto se compone un mensaje, de un mensaje surge una forma, y así continuamente. Cabe hablar de cómo la forma se traduce a un mensaje. Y viceversa, cómo la información puede ser descodificada para que se origine una forma.

El término traducción no es el adecuado. Procede del latín traductio, -onis, que significa llevar de un lugar para otro. Aceptar el término traducción sería definir forma e información como completamente diferentes. Pero como hemos visto no es así. Replicar que sí lo es sería ofrecer un argumento semejante al de la Idea platónica con las sombras en la caverna. La información es lo inmanente, lo eterno, lo que perdura y hace que la materia y la energía en el universo reproduzcan siempre las mismas ideas y la misma forma; y la forma lo voluble, lo cambiante, lo que se relaciona, tergiversa y degenera.

Pero la información se refiere a la forma, no al revés. La información no puede ser inmanente por ello. En vez de traducción, cabe hablar de “transducción”, del latín transductio, -tionis. Su sentido es el de transmisión (ducere, llevar) de algo a través (trans-) de un determinado medio que actúa sobre el objeto, provocando en él ciertas transformaciones. Al llevar a cabo el proceso de descodificación del mensaje para formar una entidad, este deviene modificado, alterado. El mensaje no es inmanente, sino que posee una forma. Por ello, transducción es el término adecuado.

Forma y complejidad 05

Llegados a este punto cabe introducir un nuevo concepto, la “información”. Lo que hasta ahora hemos denominado mensaje es en definitiva una expresión de lo que vamos a llamar “información”. Una noción que, tal como lo hace el mensaje, entra dentro del concepto más amplio “forma”.

Aunque existen divergencias, características propias, singularidades, que permiten discernir y diferenciar aún dentro de la forma entre forma e información.

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