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Dioses de los ochenta

Dioses de los ochenta,

no hacía falta que fuerais buenos actores,

ni que tuvierais interpretaciones redondas,

solo vuestro rostro que llenaba la pantalla.

Dioses de los ochenta,no eran necesarios los guiones sin resquicios,

ni los efectos especiales sin trampa ni cartón,

solo la imaginación, únicamente el delirio de vuestras ocurrencias.

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Premoniciones/Intuiciones

– Vas demasiado aprisa- se queja la mujer en el asiento del copiloto.

– Perdona, no me he dado cuenta.

– Heriberto, ¿has bebido? Te noto más precipitado al volante.

– No, no he tomado gota. Solo que… supongo que estoy un poco nervioso.

La mujer sonríe y le acaricia suavemente la rodilla. Es atractiva, en mitad de la treintena, delgada, los pechos como el trasero pequeños y redondos, el pelo liso, teñido de castaño cobrizo, cortado sobre los hombros, el rostro ovalado y los ojos almendrados. En esos momentos se dispone ataviada con vaqueros, zapatos negros con tacón ancho y una blusa gris oscuro.

– Yo también lo estoy. No te vayas a creer que hago esto todos los días.

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El monasterio encantado. Robert van Gulik

En el siglo VII China no había sufrido las decadencias cíclicas de Occidente. Su existencia devenía ininterrumpida. La civilización se perpetuaba, había leyes, había funcionarios, había jueces que acudían para investigar y resolver los crímenes y misterios. Uno de ellos, el juez Di, fue un personaje real famoso por sus dotes detectivescas. Se conservan pocas historias del mismo, pero eso no ha sido óbice para que Robert van Gulik se haya inspirado en el carácter para componer un compendio de novela negra surtido e interesante. Una noche lluviosa, una parada forzosa para pasar la madrugada y la tempestad en un monasterio taoísta en la ladera de una montaña, tres crímenes sin resolver, y sombras funestas por los rincones. Lo que sorprende es la actualidad de la historia narrada, el grado de civilización que alcanzó China en el VII, descrito en el libro, que no deja de hacer rememorar detalles del tiempo presente. La sorprendente humanidad que sobrepasa las barreras culturales y del género.

El azogue. China Mieville

El azogue es la capa metálica que se aplica tras el vidrio en los espejos. Es decir, allí donde nace el reflejo. China Mieville es un escritor de ciencia ficción británico que para algunos empieza a ser de culto. En esta novela de no demasiada extensión imagina una invasión por parte de las criaturas del azogue, de un tipo de seres que han vivido aprisionados y torturados en el reflejo de los espejos, condenados a ser nuestros imitadores, hasta que se han hartado y han atravesado el cristal para hacer escabechina de nuestros cuerpos. La idea no es original de Mieville sino sonsacada de un cuento de Borges. Aunque el autor la modifica y la hace propia bajo su manera particular de componer historias. Hay dos obsesiones, digamos, que son comunes en la obra de China Mieville. Por un lado el escenario, casi siempre una ciudad. No obstante, no solo una ciudad, sino una urbe detallada hasta el más mínimo aspecto. Ya sean polis inventadas o reales, lo urbano adquiere materia, barro, podredumbre, suciedad…, en la obra de Mieville. El escenario casi se puede tocar, es tan importante como la trama o más. En segundo lugar, la consistencia de sus universos, basados en una lógica que en principio puede resultar extravagante o inverosímil pero de firmeza aplastante y de la que surgen consecuencias coherentes cada vez más inesperadas. Y aunando ambas características, dichas lógicas se aplican principalmente sobre lo urbano. Esto es, sus escenarios no son únicamente escenarios, sino entornos vivos que evolucionan de manera lógica e irremediable sometiendo a los personajes a pesadumbres y avatares que desde luego no es posible encontrar en ningún otro autor. Como en “El azogue”. Aunque, todo hay que reconocerlo, no es su obra más conseguida. Mejor probar con “La estación de la calle Perdido”.

Un perro negro

Uno de esos hechos fortuitos a los que se da más importancia de la debida. Voy a cruzar la calle por un paso de peatones. Es de noche, con las farolas, las luces de los bares, y el trasiego de los autocares. La avenida tiene cuatro carriles y una mediana en el centro. Es decir, es ancha. Pero ya casi antes de disponerme a cruzar el paso de cebra, desde el otro lado un perro negro se me pone a ladrar. El dueño le reprende, pero la criatura no puede contenerse. El hombre tiene a otro chucho consigo, el cual se mantiene impertérrito, no acompaña a su colega, es el perro negro el único que me azuza. Trato de no ponerme nervioso, hago como que me da igual. Al arribar al otro lado el animal hace ademán de abalanzarse hacia mí. El cuidador le reprime, le riñe, no mucho, pero al hacerlo el perro es como si se encogiera sobre sí mismo. Como no le dejan ladrar, gime, se revuelve. Se nota que está asustado, no se calma, no es capaz de controlar los nervios que le acogotan ante mi presencia.

Nada más. Me voy y ahí se acaba todo. En principio otro perro de los muchos que hay en el mundo que a diario la toman con alguien. Para una persona racional punto y final. Y me tengo por ente racional. Pero como el verdadero escepticismo es no negar ni afirmar de primeras, sino hasta que se tengan pruebas, mi mente comienza a elucubrar en todas las posibles opciones, incluidas remitirme a lo que opinarían algunas de las personas que son importantes en mi vida, como ese amigo harto fantasioso que sin importarle una miaja mi cordura o mi sensatez, diría: “Eso es que la muerte te acompaña”. Oh, que gracioso, una sombra tenebrosa vaga a mi lado, se comporta como mi doppelganger, y como es invisible se esconde, pero los perros la huelen, la siente, y la temen. Aunque no todos los cánidos, únicamente ese. Porque todos los demás están tranquilos y a su plim.

Sin embargo, da qué pensar. Es una opción, no está comprobada. Muerte, o no muerte, sea el espíritu de la guadaña, o cualquier otro, me tienta a cavilar que da igual lo que haga, lo malo o lo peligroso que sea. Imagina que en tres años estás muerto. Si lo supieras de antemano, si estuvieras al corriente de cual va a ser tu final, ¿no harías locuras? ¿No irías a donde tuvieras que ir ni te acostarías con quien quisieras acostarte? ¿A qué vienen tantas precauciones? El perro negro lo indica, el futuro no importa, si la muerte te tiene por compañera que en la hora del juicio se encuentre con un cadáver exquisito. En el fondo el perro negro no temía a la parca sino a la incertidumbre que me acompaña. La infinidad de posibles caminos que se abren ante mí.

Virulencia compartida

Tras clamar a Dios en vano, las contadas ocasiones de las que me acuerdo de él, sobre la enfermedad que me consume, tras un mes de recuperación y recaídas ocasionales, llevando a rastras el dolor de garganta, uno concluye: Dios es un virus. Supongo que no soy el primero al que se le ocurre la idea. Pero que ahora que surge y razono sobre ella, muchas condiciones se cumplen. Es casi invisible, se halla en todas partes, se sitúa sobre la vida y la muerte, existe a pesar de la evolución, e influye activamente en la evolución, las últimas teorías sobre ADN que los virus transportan y que inoculan en sus víctimas. Pensándolo bien los demonios y los espíritus benignos son cepas molestas e incordiantes, los ángeles exterminadores actúan sobre el mundo en forma de epidemias de gripe, los iluminados son alumbrados a causa del delirio de la enfermedad, los castigos divinos se formulan a través de seres incurables y casi invencibles que se transmiten por medio de la promiscuidad. Dios es un virus y comprende mi debilidad, mi ansiedad, que no me pongo nervioso porque la faringitis y otitis no remita, que en el fondo me da igual, sino porque quiero ver a mi reina dionisíaca y dudo si podré estar en condiciones de estar con ella. Pienso en sacrificarme, en cancelar la cita. ¿Cómo voy a exponerla al contagio? Tomo medicamentos, me encierro en casa, trato de evadirme del frío, los calefactores a toda potencia, abrigado con decenas de mantas encima. Llega el momento y la fiebre parece haber remitido. Me apresto a ir y descubro que ella está casi tan enferma como yo, asi como no le importa mi estado, lo comprende, es fruto de la fatalidad. Pero mi reina dionisíaca, esto que tenemos no es solo fruto de la pasión física, de la cohabitación emocional. Mi reina dionisíaca, no creas pero esto es lo más romántico que se me ocurre, no solo somos dos partículas elementales que eventualmente se unen, que discuten, que disputan, sino que en nuestro contacto y en nuestro contagio, estamos compartiendo a Dios. Mi reina dionisíaca, me encanta la cara que pones cuando practicamos religión.